5 #2
Salí del baño desnudo mientras veía el reloj: ya eran casi las diez y yo no me había vestido.
El cuerpo me temblaba con tanta fuerza que mis dientes parecían maracas.
Pensar en vestirme me pareció una tarea imposible.
Me sentía como habitando una pesadilla en la que mi cuerpo no cooperaba con instrucciones sencillas para salvarme la vida.
Traté de decirme que tenía que mover los pies, que debía ponerme el pantalón y salir, pero solo conseguí reptar hasta la cama de nuevo y ocultarme bajo las sábanas, donde estuve los días siguientes,
hasta que vinieron a buscarme del hotel porque ya tenía mi fecha de regreso a Madrid y porque probablemente pensaron que había muerto.
Lo último que recuerdo con certeza de esa semana es que eran las diez de la mañana y que yo estaba inmóvil, mirando a la puerta de la habitación como si me separara de ella una tormenta feroz, como si la puerta fuera un destino al que no podía llegar sin franquear imposibles obstáculos.
Traté de que mi cuerpo fuera más pequeño, de reducirme en posición fetal hasta ser diminuto; entonces la habitación me pareció inabarcable y sentí en esa pequeñez una enorme soledad que lo cubría todo.
Después el clonazepam, los cigarrillos y la tristeza decoraron el lugar.
Cuando se hizo de noche de nuevo y me desperté de un sueño liviano, vi las luces de la ciudad titilando y un atisbo de esperanza se asomó en mi cabeza.
Quizá no era tan grave. Quizá podría corregir todo y llamar a mi sobrina.
O llamar a Pablo, o escribirle y decirle que algo terrible había pasado.
Inventar una excusa que no lo preocupara; algo laboral, pedirle que me diera el contacto de Lisa y arreglarlo.
Sí, eso era lo que tenía que hacer, pero cuando me puse de pie un terror me congeló los músculos.
Ya era demasiado tarde. «El daño está hecho», me dije.
«No hay nada que hacer. Ya no puedo volver atrás. Nunca van a perdonarme, o van a hacerme demasiadas preguntas y voy a terminar confesando mi crueldad, mi temor, lo cobarde e insignificante que soy. Es mejor no decir nada, rescindir todo contacto para siempre y que la vida pase de nuevo».
No soy ajeno a este ritual de dolorosa indiferencia.
Cuando me resigné ante mi imposibilidad de reparar los daños, cuando me rendí ante mi incapacidad de volver y decirle a mi sobrina que sí la quería y a mi hermano que lo extrañaba, rompí en un llanto profundo y quejoso, desprovisto de cualquier elegancia o sutileza.
«Soy un imbécil, soy un hijueputa, soy un cabrón, soy un cobarde, soy un marica», me repetí hasta que las palabras perdieron sentido.
«Soy todo lo que dicen que soy. Soy una bestia sin corazón. No, una bestia no, algo peor, soy un insecto sin alma, sin determinación, sin columna. Soy una babosa. Una triste y solitaria babosa y solo sé sentir pena por mí mismo. No soy capaz de morirme siquiera».
Lloré tendido en el tapete del hotel. Lloré porque mi papá nunca me quiso, lloré porque nunca pude quererlo.
Lloré porque el nombre en una sala de exposiciones es algo pero es tanto menos de lo que soñé que sería mi grandeza, y lloré porque les di toda la belleza del mundo y ellos no supieron comprenderla.
Lloré por la soledad, por los años en el seminario, por el padre Francisco, cuyo nombre cargo a cuestas, por Luciano y su brutalidad y por la dulzura de Pablo.
Lloré por el niño que fui y ya no era. Lloré porque era un hombre viejo y cobarde, lloré por el pequeño pájaro que había iluminado mi corazón unas horas antes y que ya no volvería.
Cuando llegué a mi piso en Madrid me tomó algunos días reponerme. Sentía el cuerpo adormecido y lívido, pero mi casa me pareció el único lugar en el que podía respirar sin esa angustia que me asfixiaba.
Unas semanas después me llegó un correo de Pablo: «Juan Francisco, ¿usted está bien de la cabeza?»
. La pregunta inaugural se sintió como un puñetazo en el estómago, apenas anticipatorio de lo que vendría después.
«Una cosa es que haga todas sus escenitas de “artista” (las comillas son textuales) con nosotros, que se haya perdido el entierro de la tía Chela y que nos defenestre cada vez que tiene oportunidad diciendo que usted no tiene una familia. Yo eso hasta puedo entenderlo.
He pasado toda mi vida tratando de ser comprensivo con su sensibilidad, porque entiendo que tiene una y que es especial, porque usted siempre ha sido especial. ¡Pero otra muy diferente es que haya dejado plantada a mi hija, a su sobrina Lisa!
¿Por qué ella tiene que pagar por lo que usted siente por nosotros? ¿Por qué no puede ser una persona normal y decente con su sobrina? ¿Qué culpa tiene ella, que lo admira y que fue a verlo a su inauguración? Me duele profundamente saber que usted no ha cambiado, ni ha reflexionado,
ni se ha tratado lo que le pasa en su interior. Me duele más que no haya intentado repararlo con la siguiente generación. Quizá tiene usted razón y yo he sido un estúpido y un obstinado al tratar de contradecirlo. Debe ser verdad que, como dice, no tiene familia. Porque ya no la tiene.
O al menos nos perdió a mi hija y a mí. Pablo».
Sin el «Su hermano», con el que solía firmar solo para molestarme.
Esa no fue la última vez que hablé con Pablo, pero sí la última vez que supe algo de mi sobrina.
Un taxi se detiene al frente de la casa.
Yo alcanzo a pararme de la escalerita del zaguán y no sé cómo saludar a Lisa después de todo lo que pasó.
Pero ella, que tiene los ojos miel de Pablo y esa compasión tan suya, tan resuelta a perdonarnos a todos con tal de que podamos amarnos, no deja ni que yo me incomode antes de darme un abrazo apretado y largo.
Su pelo espeso me cae sobre el cuello y su cuerpo tibio me hace sentir a salvo, como si yo fuera la joven huérfana y ella el hombre de setenta que conoce el duelo y consuela.
Cuando le digo que lo siento mucho por la muerte de su papá, tratando de mantener la compostura de un hombre de mi edad, me quiebro en un llanto pueril que en lugar de espantarla la enternece.
Lloro como cuando era un niño y tenía que irme de esta casa a cualquier otro lugar, lejos de mi hermano, que ahora está muerto.