CAPÍTULO 45
La noche había caído por completo sobre el Alentejo cuando Tomás y Mariana regresaron a la pensión.
El silencio del pueblo, roto solo por el rumor del viento entre los olivos, los envolvía como un manto que no necesitaba palabras.
Habían caminado despacio desde la entrada de la finca, sin prisa, sabiendo que lo que habían perdido no era más que una sombra comparado con lo que habían ganado.
Mariana encendió la luz de la cocina, y el resplandor cálido iluminó las paredes encaladas y la mesa de madera donde tantas conversaciones habían tenido lugar.
Tomás se sentó en la misma silla de siempre, sintiendo que su cuerpo, después de la carrera y la tensión del día, comenzaba a rendirse.
Mariana preparó dos tazas de té sin preguntar, y cuando se sentó frente a él, el silencio entre ellos era tan profundo como el que habían compartido en el santuario.
— ¿Crees que volveremos a verlos? — preguntó Mariana, con una voz que apenas era un susurro. — El Sello y la Mano, digo.
Tomás negó lentamente con la cabeza.
— No lo sé. Sofía los tiene, y no creo que vaya a devolverlos voluntariamente. Pero... — Hizo una pausa, como si sopesara sus propias palabras. — Quizá sea mejor así. Quizá el Sello y la Mano nunca estuvieron destinados a ser encontrados y usados por una sola persona. Quizá su propósito era otro.
— ¿Cuál?
Tomás la miró, y en sus ojos, ella vio la misma certeza que había visto en el muro de piedra, bajo el cielo naranja del atardecer.
— Quizá su propósito era llevarme hasta aquí. Hasta ti. Hasta esta tierra. Todo lo demás —el Sello, la Mano, los documentos, la historia de los constructores— era solo el camino. No el destino.
Mariana sonrió, y por un momento, el peso de todo lo que habían perdido se aligeró, como si el calor del té y la luz de la lámpara pudieran disolver cualquier sombra.
— Eres un romántico, Tomás Gouveia.
— Tal vez. O tal vez solo he aprendido a ver lo que realmente importa.
Se quedaron en silencio, bebiendo el té lentamente, sintiendo que el tiempo se detenía en aquella cocina iluminada por la luz de la lámpara. El viento, que antes había sido frío y cortante, ahora se había calmado, y el rumor de los olivos llegaba como un susurro lejano.
Fue entonces cuando escucharon los pasos. Rápidos, urgentes, que se acercaban desde la calle. Alguien corría hacia la pensión, y el ruido de sus pisadas rompía el silencio de la noche como una advertencia. Tomás se levantó de inmediato, y Mariana lo siguió.
La puerta se abrió de golpe, y Joaquim apareció en el umbral. El pastor estaba sin su sombrero, y su rostro, normalmente sereno, estaba desencajado por la urgencia. Su respiración era agitada, y su voz, cuando logró hablar, salió entrecortada.
— Tomás... Mariana... tienen que venir conmigo. Ahora.
Tomás dio un paso hacia él, sintiendo que el corazón se le aceleraba.
— ¿Qué pasa, Joaquim?
Joaquim se apoyó en el marco de la puerta, recuperando el aliento.
— Un accidente... en la carretera que lleva a la frontera, al este del pueblo.
Un coche volcó. Está destrozado. El conductor está atrapado y no responde.
La ambulancia está en camino, pero tarda al menos media hora desde Évora.
No llegará a tiempo si no hacemos algo. Ustedes tienen un coche. Tienen que venir conmigo.
Tomás sintió que la sangre se le helaba. La carretera que llevaba a la frontera. El este del pueblo. Sofía había huido hacia el este, intentando escapar hacia España con las reliquias. Su coche. Sofía.
— ¿Quién es el conductor? — preguntó, con una voz que apenas era un susurro.
Joaquim lo miró, y en sus ojos, Tomás vio la respuesta antes de que el pastor pudiera pronunciarla.
— Es una mujer. No la reconozco, pero conozco el coche. Es el coche gris que ha estado rondando el pueblo los últimos días. El que se marchó hace unas horas a toda velocidad desde el portón de la finca.
Tomás no esperó a oír más. Se giró hacia Mariana, y en sus ojos, ella vio la misma certeza que había visto en el muro de piedra, pero ahora teñida de urgencia y miedo.
— Vamos — dijo él. — Tenemos que ir.
No necesitaron más palabras. Mariana cogió su chaqueta, Tomás agarró las llaves de su vehículo, y los tres salieron a la noche.
El coche de Tomás, estacionado frente a la pensión, arrancó con un rugido que rompió el silencio del pueblo, y los faros iluminaron el camino de tierra que se perdía entre los olivos.
Joaquim iba detrás, indicando el camino con gestos rápidos y palabras entrecortadas. La carretera, que se extendía recta hacia el este, estaba iluminada por la luz de la luna, y Tomás sintió que cada metro que recorría era un metro que lo acercaba a una verdad que no quería enfrentar.
Cuando llegaron al lugar del accidente, Tomás supo que sus peores temores se habían confirmado.
El coche de Sofía, el utilitario gris que había visto aparcado en Lisboa y luego cerca de la pensión, estaba volcado al borde de la carretera.
Los faros, rotos y parpadeantes, proyectaban una luz errática sobre la maleza.
El techo, aplastado por el impacto, apenas dejaba ver el interior.
Tomás detuvo su vehículo y salió corriendo. Mariana lo siguió junto con Duarte, y Joaquim, que ya se había bajado, señalaba con una mano temblorosa el lugar donde el conductor estaba atrapado.
Sofía.
Estaba en el interior del coche, inconsciente, con la cabeza inclinada hacia un lado y la sangre corriendo por su rostro. El volante, doblado por el impacto, la había presionado contra el asiento, y sus piernas, atrapadas bajo los restos del salpicadero, no se movían.
Tomás se arrodilló junto a la ventanilla rota, con el corazón latiendo con fuerza y las manos temblorosas.
Sintió que el mundo se detenía, que todo lo que había pasado en las últimas semanas —la búsqueda, el Sello, la Mano, la pelea, la huida— se reducía a aquel instante, a aquella imagen de Sofía atrapada en los restos de su propio coche.
— Sofía — dijo, con una voz que apenas era un susurro. — Sofía, ¿puedes oírme?
Ella no respondió.
A su lado, Mariana se arrodilló también y posó una mano en el hombro de Tomás.
— Hay que sacarla de ahí — dijo, con una voz que intentaba sonar firme pero que apenas podía ocultar su temblor. — Si no, no sobrevivirá.
Tomás asintió, sintiendo que la determinación, que había creído perdida en el santuario, volvía a su pecho con una fuerza que no esperaba.
— Vamos — dijo, mirando a Mariana y a Joaquim. — Tenemos que sacarla de ahí. Juntos.
La noche, fría y oscura, se cerraba sobre la carretera, y el sonido de una sirena, que llegaba desde lo lejos, era un recordatorio de que el tiempo se estaba acabando.
Pero Tomás sabía que, pase lo que pase, no podía abandonarla.
No después de todo lo que habían compartido, de todo lo que habían vivido, de todo lo que habían perdido.
Sofía, que había sido su tormenta, era ahora su responsabilidad.