La memoria del agua CAPÍTULO 46
96%

CAPÍTULO 46

La sirena de la ambulancia se escuchaba ya cercana cuando Tomás logró apartar el último trozo de metal que aprisionaba a Sofía.

Joaquim, con la fuerza de quien ha trabajado el campo toda su vida, había ayudado a levantar la chapa del chasis lo suficiente para que Tomás pudiera deslizarla hacia afuera.

Mariana la recibió con sus brazos, amortiguando su caída sobre la hierba húmeda, mientras la sangre de Sofía se mezclaba con el rocío de la noche.

— Está viva — dijo Mariana, con una voz que mezclaba alivio y horror. — Respira. Pero no se mueve.

Tomás se arrodilló junto a ella, y por un momento, todo lo que había pasado entre ellos —el amor, la indiferencia, la codicia, la traición, la huida— se redujo a aquella imagen: Sofía, inconsciente, con el rostro pálido y la respiración apenas perceptible.

La rabia que había sentido al verla huir con el Sello y la Mano se desvaneció, reemplazada por algo más antiguo y más profundo: la conciencia de que, pese a todo, ella había sido parte de su vida, y que su destino, cualquiera que fuera, ya no estaba en sus manos.

La ambulancia llegó minutos después, con sus luces parpadeantes cortando la oscuridad de la noche.

Los paramédicos se movieron con la rapidez entrenada de quienes han visto muchas veces el rostro de la muerte.

Colocaron a Sofía en una camilla, le aseguraron el cuello con un collarín y la subieron al vehículo.

Uno de ellos, un hombre de unos cuarenta años con el rostro curtido por las noches de trabajo, se acercó a Tomás.

— ¿La conoce? — preguntó, señalando a Sofía con un gesto.

Tomás dudó un momento. La pregunta, tan directa, parecía contener más de lo que las palabras decían.

— Sí — respondió, y luego, con una honestidad que le costó más de lo que esperaba, añadió: — O más bien, creía conocerla.

El paramédico lo miró con una mezcla de comprensión y cansancio, como si hubiera escuchado esa frase muchas veces en situaciones similares.

— Ha tenido suerte — dijo. — Lesiones importantes, pero no mortales. El impacto la dejó inconsciente, pero no hay daños internos graves. La llevamos al hospital de Évora. Estará en observación unos días, pero fuera de peligro. Puede ir a visitarla mañana, si quiere.

Tomás asintió, sintiendo que el peso de las palabras del paramédico lo aliviaba y lo abrumaba a la vez.

— Gracias — dijo, con una voz que apenas era un susurro.

El paramédico se giró hacia la ambulancia, pero antes de subir, se detuvo y volvió a mirar a Tomás.

— Ah, una cosa más — dijo. — Cuando revisamos el interior para asegurar el coche, encontramos esto en el asiento del copiloto. Estaba envuelto en un paño de lino. Parece que la conductora lo llevaba con mucho cuidado. No sabemos qué es, pero quizá usted pueda hacerse cargo.

El paramédico le entregó una bolsa de plástico transparente, de las que usan para guardar las pertenencias de los accidentados.

Dentro, Tomás reconoció el Sello del Origen y la Mano del Eco, envueltos en el mismo paño de lino que él había usado para protegerlos en el manantial.

Sofía los había llevado consigo, pero el accidente, el destino, o quizá la advertencia de Isaac Fonseca, los había devuelto a sus manos.

Tomás tomó la bolsa con manos temblorosas, sintiendo que el peso de los objetos, que había creído perdidos para siempre, volvía a posarse sobre sus dedos.

— Gracias — dijo, con una voz que ahora sonaba más firme.

El paramédico asintió, subió a la ambulancia y la puerta se cerró tras él. Las luces parpadeantes comenzaron a alejarse por la carretera, llevándose a Sofía hacia un destino que ya no compartía con ellos.

Tomás se quedó allí, en medio de la carretera vacía, con la bolsa en la mano y el viento frío de la noche acariciando su rostro. Mariana se acercó a él y posó una mano sobre su brazo.

— ¿Estás bien? — preguntó.

Tomás la miró, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no había mentiras ni secretos entre ellos.

— Ahora sí — dijo. — Ahora sí.

Abrió la bolsa de plástico con cuidado y sacó el Sello y la Mano. La luz de la luna, reflejada en la piedra negra y pulida, parecía brillar con una luz propia, como si los objetos, al fin, hubieran regresado a su verdadero lugar.

— Sofía los quería — dijo Tomás, con una voz que apenas era un susurro. — Los quería con toda su alma. Y sin embargo, aquí están. De vuelta con nosotros.

Mariana lo miró y, en sus ojos, Tomás no vio ni alegría por la victoria ni alivio. Solo una calma profunda que no necesitaba palabras.

— Quizá los objetos nunca estuvieron destinados a ser poseídos — dijo ella. — Quizá siempre estuvieron destinados a encontrar su camino de vuelta.

Tomás guardó los objetos en el bolsillo de su chaqueta y tomó la mano de Mariana.

— Vámonos a casa — dijo.

El camino de regreso al pueblo era tranquilo y oscuro, iluminado solo por los faros del coche.

Tomás conducía con una lentitud que no era cansancio, sino la conciencia de que cada metro de carretera era un paso hacia un nuevo comienzo.

En el asiento trasero, Joaquim dormitaba, agotado por la tensión y el esfuerzo de la noche.

A su lado, Mariana también dormía, con la cabeza apoyada contra la ventanilla, y el viento, que entraba por la rendija del cristal, movía suavemente su cabello.

Tomás la miró un momento, y supo que todo lo que había encontrado en aquel viaje, la historia de los constructores pre-romanos, el Sello del Origen, la Mano del Eco... todo aquello era solo el camino.

El destino estaba allí, a su lado.

La noche se cerraba sobre el Alentejo, y los olivos, centenarios y sabios, los veían pasar en silencio, como testigos de una historia que, por fin, había encontrado su final.

El Sello y la Mano del Eco descansaban en el bolsillo de su chaqueta, y Tomás supo que, pase lo que pase, estaban donde debían estar.

Con él. Con ellos. Con la memoria del agua.