CAPÍTULO 44
Corrieron hasta que los pulmones ardieron y las piernas se volvieron de plomo.
La maleza les arañaba las piernas, las ramas bajas de los olivos les golpeaban el rostro, pero no se detuvieron.
No podían. Sofía llevaba ventaja, mucha ventaja, y la oscuridad de la tarde comenzaba a cerrarse sobre el Alentejo como una cortina que no quería esperar.
Tomás la veía a lo lejos, una silueta que se movía entre los árboles con una rapidez que no sabía que tenía.
Había salido del santuario como una exhalación, con el Sello y la Mano del Eco apretados contra su pecho, y se había perdido en el laberinto de olivos antes de que él pudiera siquiera reaccionar.
Ahora, mientras corría detrás de ella, sintiendo que cada paso era más lento que el anterior, supo que no iba a alcanzarla.
— ¡Sofía! — gritó, con una voz que se rompió en el aire. — ¡No hagas esto!
Pero ella no se detuvo. Ni siquiera se giró. Solo siguió corriendo, alejándose cada vez más, hasta que la distancia entre ellos se volvió insalvable.
Mariana corría a su lado, con la respiración entrecortada y el rostro encendido por el esfuerzo. No decía nada, pero Tomás veía en sus ojos la misma desesperación que sentía en su pecho. También ella sabía que no iban a alcanzarla.
Finalmente, cuando el corazón de Tomás latía tan fuerte que creía que iba a estallarle, se detuvo.
No podía más. Se dobló, apoyando las manos en las rodillas, y respiró con la profundidad de quien ha sido derrotado.
Mariana se detuvo a su lado, y por un momento, los dos permanecieron en silencio, escuchando el rumor del viento entre los olivos y el eco de sus propias respiraciones.
— Se ha ido — dijo Tomás, con una voz que apenas era un jadeo. — Se ha llevado todo.
Mariana no respondió. Solo se quedó allí, con las manos apoyadas en sus propias rodillas, y los ojos fijos en el horizonte donde Sofía había desaparecido.
Caminaron el resto del camino en silencio, con la lentitud de los que ya no tienen prisa porque saben que han perdido. El sol se ponía sobre el Alentejo, tiñendo el cielo de un naranja profundo que parecía antiguo, como si la tierra misma estuviera despidiéndose de ellos.
Cuando llegaron al portón principal de la finca, la nube de polvo en el camino de tierra aún no se había disipado del todo. Allí, junto a los muros de piedra, los esperaba Duarte. Se frotaba el hombro con una mezcla de confusión y enojo, mirando hacia la carretera vacía.
— ¡Duarte! — exclamó Tomás, acercándose casi sin aliento. — ¿La viste?
— Salió de entre los árboles como una exhalación — dijo Duarte, sacudiendo la cabeza —.
Una mujer. Iba eufórica, con los ojos desorbitados, apretando algo contra su pecho como si le fuera la vida en ello.
Intenté detenerla, le pregunté qué ocurría, pero me ignoró por completo.
Estaba como poseída. Me empujó a un lado con una fuerza que no esperaba, se subió a ese coche gris que estaba aparcado más abajo y se largó a toda velocidad. Supongo que era ella.
Tomás se detuvo y miró el polvo alejarse en el horizonte, sintiendo que algo se rompía en su interior. No era el Sello. No era la Mano. Era la certeza de que había sido demasiado confiado, demasiado ciego para ver lo que Sofía estaba dispuesta a hacer.
Duarte, al ver la derrota en los rostros de su hermana y de Tomás, asintió en silencio y se alejó unos pasos hacia el camino, dándoles espacio.
— Debí haberlo visto venir — dijo Tomás, con una voz que apenas era un susurro. — Debí haber sabido que ella no se rendiría. Que haría cualquier cosa por conseguir lo que quería.
Mariana se sentó en el muro de piedra que bordeaba la entrada, con los hombros caídos y los ojos fijos en el polvo que se disipaba en la distancia.
— No es tu culpa — dijo. — No podías saber que ella nos seguiría hasta el santuario. No podías saber que estaba esperando el momento para quitarnos todo.
— Debería haberlo sabido — insistió Tomás. — He estado tan cegado por la historia, por los documentos, por el Sello, que no vi lo que estaba pasando delante de mí. Sofía estaba obsesionada. Y yo... yo la dejé.
Mariana levantó la vista y lo miró. En sus ojos, Tomás vio una mezcla de tristeza y algo más. Algo que no podía nombrar, pero que le llegaba al corazón como un golpe suave.
— No es tu culpa — repitió, con una voz más firme.
— Tampoco es la mía. Pero sé que yo contribuí a todo esto.
Si no te hubiera conocido, si no te hubiera acompañado a la finca, si no te hubiera...
— Su voz se quebró ligeramente. — Si no te hubiera besado, quizá Sofía no se habría enfadado tanto. Quizá no nos habría seguido.
Tomás se sentó a su lado, sintiendo el peso de sus palabras sobre sus hombros.
— No es tu culpa, Mariana. Tú no hiciste nada malo. Sofía ya estaba perdida antes de que nosotros siquiera nos conociéramos. Su ambición la cegó. Y nada de lo que pudieras haber hecho o dejado de hacer habría cambiado eso.
Mariana lo miró, y en sus ojos brillaron las lágrimas que había estado conteniendo durante todo el camino.
— Entonces, ¿qué hacemos ahora?
Tomás no respondió de inmediato. Se quedó mirando el horizonte, donde el coche de Sofía ya no era más que un recuerdo perdido en la distancia.
Y en ese momento, sintió que algo cambiaba en su interior.
No era la derrota. No era la desesperación.
Era una certeza que no había tenido antes, una claridad que se abría paso a través de la confusión de los últimos días.
— Lo hemos perdido todo — dijo, con una voz que ahora sonaba más tranquila. — El Sello, la Mano, la historia que tanto nos costó desenterrar. Sofía se ha llevado todo eso. Y quizá nunca lo recuperemos.
Mariana lo miró con sorpresa, como si esperara que dijera algo diferente.
— ¿Y no te importa?
Tomás la miró, y en sus ojos, ella vio algo que no había visto antes. No era resignación. Era una certeza que iba más allá de cualquier objeto, de cualquier documento, de cualquier tesoro.
— Claro que me importa — dijo. — He dedicado semanas de mi vida a buscar eso. He renunciado a mi trabajo, he dejado atrás mi vida en Lisboa, he viajado hasta aquí para encontrar la verdad. Y ahora, Sofía se ha llevado todo eso. Pero, ¿sabes una cosa?
— ¿Qué?
— Todo eso, todo lo que he buscado, era solo una parte de lo que realmente importa. La historia de los constructores, el Sello, la Mano... todo eso es increíble. Pero no es lo más valioso que he encontrado en estos días.
Mariana lo miró con los ojos brillantes, y en su rostro, Tomás vio la misma pregunta que llevaba semanas formulándose en silencio.
— ¿Y qué es lo más valioso?
Tomás no respondió con palabras. En lugar de eso, se inclinó hacia ella y la besó. No fue un beso de despedida, ni de consuelo, ni de disculpa. Fue un beso de reconocimiento, como si al fin hubiera encontrado la respuesta que había estado buscando durante todo el viaje.
Mariana correspondió al beso, y en el silencio del atardecer, bajo el cielo naranja del Alentejo, Tomás sintió que todo lo que había perdido no era más que una sombra comparado con lo que había ganado.
Cuando se separaron, él la miró con una sonrisa que no necesitaba palabras.
— Lo más valioso no es el Sello — dijo. — No es la Mano. No es la historia de los constructores. Todo eso es increíble, sí. Pero lo más valioso, lo que realmente importa, es lo que he encontrado aquí, en este pueblo, en esta tierra, contigo.
Mariana sonrió, y por primera vez desde que habían salido del santuario, sus ojos dejaron de brillar por las lágrimas y volvieron a brillar por la luz.
— ¿Y ahora qué hacemos? — preguntó, con una voz que ya no temblaba.
Tomás la miró, y en sus ojos brilló la luz de una certeza que no necesitaba pruebas.
— Ahora, empezamos de nuevo. Pero esta vez, no busco un tesoro. Busco construir una vida. Aquí, contigo.
El sol se puso sobre el Alentejo, y la noche comenzó a caer sobre los olivos, pero Tomás y Mariana seguían sentados en el muro de piedra, sin prisa, sin miedo, sabiendo que lo que habían encontrado era más valioso que cualquier objeto que pudiera ser robado.