CAPÍTULO 31
La casa de la playa en Oeiras no había cambiado en décadas.
Tomás lo supo desde el momento en que estacionó el coche frente a la verja oxidada y vio la fachada blanca, desconchada por el salitre y el viento del mar, que se alzaba tras los muros de piedra.
Había pasado años sin pisar aquel lugar, y sin embargo, al abrir la puerta, sintió que el tiempo se detenía.
El olor a madera vieja y a polvo de siglos lo envolvió como un abrazo familiar.
La casa era pequeña, de dos plantas, con un jardín delantero invadido por la maleza y una vista al mar que se adivinaba a través de las ventanas empañadas.
Tomás recordaba haber venido allí de niño, durante los veranos, cuando su abuela aún vivía y la casa bullía de actividad.
Ahora, el silencio era absoluto, roto solo por el crujido de las tablas bajo sus pies y el rumor lejano de las olas.
Subió al primer piso, donde estaba el desván, y encontró las cajas que su madre le había mencionado.
Estaban apiladas en un rincón, cubiertas por una capa de polvo tan gruesa que parecía haber estado allí desde el principio de los tiempos.
Tomás abrió la primera caja y encontró una colección de documentos: cartas, fotografías, recibos, certificados de nacimiento y de matrimonio.
No era lo que buscaba, pero sabía que debía revisarlo todo.
Fue entonces cuando encontró lo que buscaba.
En el fondo de la tercera caja, envuelto en un paño de lino desgastado, había un sobre de cuero grueso. Dentro, un puñado de documentos que parecían mucho más antiguos que los demás. Tomás los extendió sobre la mesa del desván y comenzó a leer.
El primero era un certificado de bautismo, fechado en 1889, que llevaba el nombre de "António José Gouveia".
No era un nombre que le resultara familiar, pero al lado, escrito con una letra más pequeña y temblorosa, alguien había añadido una anotación: "Hijo de Maria Inês Fonseca do Monte y de Joaquim Gouveia, los últimos de sus linajes. "
Tomás sintió que el corazón le latía con más fuerza. Maria Inês Fonseca do Monte. Era la primera conexión directa que encontraba entre los dos apellidos. Siguió leyendo.
El segundo documento era un título de propiedad, fechado en 1865, que hacía referencia a una "herdade no Alentejo, nas proximidades de Évora, denominada Monte da Água" . El propietario era un tal "José António Fonseca do Monte". El mismo apellido. La misma finca. Todo se conectaba.
El tercer documento era un registro de defunción.
Fechado en 1693, llevaba el nombre de "Isaac Fonseca do Monte", y al pie, una anotación decía: "Falleció en su residencia del Alentejo, rodeado de sus libros y sus mapas, y fue enterrado en el campo de la finca, sin cruz ni lápida, por su propia voluntad. "
Tomás dejó el papel sobre la mesa y se quedó mirando las palabras escritas.
Isaac Fonseca do Monte . El mismo nombre que había leído en el cuaderno, el mismo que había sido perseguido por la Inquisición, el mismo que había escondido el Sello del Origen.
No había muerto en la hoguera. Había escapado, había vuelto a la finca, y había vivido sus últimos años en el silencio y la paz que el campo le ofrecía.
El misterio que obsesionaba a Sofía estaba resuelto.
Y Tomás era su descendiente.
No era un familiar lejano. Era el último eslabón de una cadena que comenzaba con Isaac y que, a través de una línea de hijos únicos, había llegado hasta él.
Pero aún faltaba una pieza. ¿Por qué él estaba en Lisboa con el apellido Gouveia, mientras los Fonseca seguían en la finca del Alentejo siendo hostiles con los forasteros?
En el fondo del sobre de cuero había un último legajo. Eran varias hojas cosidas a mano, escritas por la misma persona que había anotado el certificado de bautismo. La primera página llevaba un título que hizo que Tomás contuviera la respiración.
El testimonio de Joaquim Gouveia. Año de Nuestro Señor de 1840.
Tomás encendió la pequeña lámpara del desván, acomodó las hojas sobre la madera polvorienta, y comenzó a leer la historia del hombre que había roto la familia en dos.