CAPÍTULO 30
El amanecer se filtraba por la persiana del inmueble con una claridad que parecía burlarse del silencio que se había instalado entre Tomás y Sofía.
Llevaban más de una hora despiertos, pero ninguno de los dos había hablado.
El café, preparado por Sofía, se enfriaba en la mesa de la cocina, y el cuaderno de Isaac Fonseca descansaba entre ellos como un testigo mudo de la tensión que los envolvía.
Tomás lo había estado mirando durante un largo rato.
No había dormido. Durante toda la noche, en la oscuridad del salón, había pensado en las consecuencias de sus palabras.
Iremos juntos . Había pensado en el prisionero advirtiendo cómo la codicia destruyó a los antiguos guardianes.
Había pensado en los ojos febriles de Sofía, que no veía un legado que proteger, sino una tecnología pre-romana que saquear para reescribir los libros de historia y coronarse de gloria.
Si llevaba a Sofía al Alentejo, si la dejaba entrar en el mundo de Mariana y Duarte, estaría abriendo las puertas de la finca a la misma maldición de la que Isaac Fonseca intentó salvarlos.
— ¿Por qué me miras así? — preguntó finalmente Sofía, con una voz que intentaba sonar firme pero que delataba su nerviosismo ante el denso silencio de Tomás.
Tomás levantó la vista y la miró. Había algo en ella que no había querido ver la noche anterior. La chispa de ambición que brillaba en sus ojos, la forma en que sus dedos se aferraban al borde de la mesa como si temiera que el cuaderno desapareciera.
— Necesito que me devuelvas el cuaderno, Sofía. Me retracto de lo que dije anoche.
Ella se quedó en silencio un momento, como si las palabras no hubieran entrado en su cabeza.
— ¿El cuaderno? ¿Para qué? ¿Qué significa que te retractas?
— Significa que necesito tiempo para pensar. Y no quiero que el cuaderno esté en manos de nadie mientras decido qué hacer.
— ¿Acaso piensas ir sin mí? — Su voz se volvió más aguda, más cortante. — ¿A la finca?
Tomás negó lentamente con la cabeza.
— No voy a la finca. Al menos no ahora. Necesito entender algunas cosas primero. Y el cuaderno tiene que estar conmigo.
— Pero yo lo he traducido — dijo Sofía, con una nota de indignación en la voz. — He pasado incontables horas descifrando cada párrafo, miles de palabras, casi jeroglíficos modernos, cada símbolo de esa civilización extinguida. Sin mí no sabrías ni por dónde empezar. ¡Ese descubrimiento es mío!
— Lo sé. Y te estoy agradecido. Pero esto es más que una traducción arqueológica, Sofía. El prisionero hablaba de una sangre maldita. Quizás es mi historia. Mi familia. Y necesito procesarlo solo.
Sofía se levantó de la mesa, y el ruido de la silla al arrastrarse resonó en el silencio del departamento.
— No me digas que estás dudando. Después de todo lo que hemos encontrado, de confirmar que la bóveda existe, ¿ahora resulta que no estás seguro?
— No es que no esté seguro. Es que tengo que entender qué significa todo esto antes de dar el siguiente paso. Y no puedo hacerlo si estoy pendiente de lo que tú quieres extraer de la tierra.
— ¿Qué quieres decir con "lo que yo quiero extraer"? — La voz de Sofía se había vuelto fría y defensiva.
Tomás la miró y supo que no podía seguir evitando lo que había estado sintiendo durante toda la madrugada.
— Quiero decir que para ti esto es un hallazgo, Sofía.
Un tesoro académico. Algo que puedes estudiar, publicar, usar para impulsar tu carrera y demostrarle al mundo lo que sabes.
Y no hay nada de malo en eso en otras circunstancias.
Pero para mí es diferente. Es mi apellido.
Es la advertencia de una familia destruida.
Y no puedo permitir que se convierta en algo que alguien pueda poseer o explotar.
Sofía lo miró con los ojos muy abiertos, como si acabara de recibir una bofetada.
— ¿Crees que quiero explotarlo?
— No lo sé — dijo Tomás, con honestidad. — Pero sé que cuando leíste el testimonio de Aulus o del prisionero, no viste a hombres que habían sacrificado sus vidas por proteger un secreto del poder del mundo. Viste un mapa que te llevaba a la fama y a la gloria que siempre has querido, te conozco.
El silencio que siguió fue más pesado que todos los anteriores.
Sofía se quedó de pie junto a la mesa, con las manos apoyadas en la superficie de madera, los dedos ligeramente temblorosos.
Por un momento, Tomás pensó que iba a discutir, a gritarle, a lanzarle alguna acusación que no podría rebatir.
Pero no. En lugar de eso, Sofía cogió el cuaderno, lo sostuvo un instante entre sus manos evaluando su peso, y luego lo deslizó hacia él con un gesto seco.
— Llévatelo, no me conoces — dijo, con una voz plana, despojada de toda emoción. — Tómalo y haz lo que tengas que hacer.
Tomás tomó el cuaderno y sintió el peso de las páginas contra sus dedos. No era un peso físico, sino algo más profundo. El peso de los siglos, de las historias, de las vidas que habían estado conectadas a aquel objeto.
— Sofía...
— No hace falta que digas nada. — Ella se apartó de la mesa y se dirigió hacia la puerta. — He entendido perfectamente lo que piensas de mí, no me conoces, nunca lo hiciste.
— No es lo que pienso de ti. Es lo que he visto en ti durante estas horas. Y no puedo ignorarlo.
Ella se detuvo en el umbral, sin volverse.
— ¿Y crees que tú eres diferente, Tomás?
¿Crees que no hay un poco de eso en ti? La curiosidad, el deseo de saber, de encontrar...
todos tenemos algo de eso. La diferencia es que yo no me escondo detrás de palabras bonitas como "proteger" o "legado".
Yo sé lo que quiero. Quiero que el mundo sepa la verdad pre-romana de esta península.
— ¿Y qué es lo que quieres hacer ahora?
Sofía se giró lentamente, y en sus ojos, Tomás vio una mezcla letal de rabia, ambición y tristeza.
— Quiero que todo esto haya servido para algo.
Que no sea solo una historia que se pierde en el olvido porque te da miedo el éxito.
Que las palabras que he traducido, las horas que he pasado descifrando símbolos, no sean en vano.
Y si para eso tengo que buscar lo que Isaac Fonseca escondió, lo haré. Con o sin ti.
— No puedes ir a la finca sin mí — dijo Tomás, con una voz que no era una amenaza, sino una advertencia. — No sabes dónde buscar.
— Ya encontraré el camino — dijo ella.
Y salió, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco y definitivo.
Tomás se quedó sentado en la cocina, con el cuaderno entre las manos y el silencio del departamento envolviéndolo como un manto.
No había ganado nada. No había perdido nada.
Solo había dejado claro lo que ya sabía: que el camino que Sofía quería seguir y el que él necesitaba seguir no eran el mismo.
Pasó un largo rato sin moverse, escuchando el rumor del tráfico que llegaba desde la calle, sintiendo que la ciudad, con su ruido y su prisa, se había vuelto un lugar extraño.
Luego, con un movimiento lento, cerró el cuaderno y tomó el teléfono.
Tenía que descubrir la verdad sobre su propia familia antes de volver al sur.
Marcó el número de su madre. La línea sonó varias veces antes de que ella atendiera.
— ¿Tomás? — La voz de Madalena sonaba frágil, como siempre, pero con una nota de preocupación que no le era habitual. — ¿Eres tú?
— Soy yo, mamá. ¿Recuerdas que me hablaste de una casa, la casa de tu madre, donde había documentos de la familia?
— ¿La casa de la playa? Sí, la casa de mi madre, en Oeiras. Tu abuela nunca quiso venderla. Las llaves deben estar en algún cajón de la cocina.
— Voy a ir allí, mamá. Necesito buscar algo.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, y luego, la voz de su madre, más clara de lo que había sido en años.
— Siempre supe que algún día irías. Hay cosas que no se pierden, Tomás. Las guardamos porque algún día alguien tiene que encontrarlas.
Tomás sintió un nudo en la garganta.
— ¿Sabes lo que hay allí?
— No sé exactamente. Pero tu abuela siempre decía que la verdad de la familia estaba escrita en papeles que nadie había visto. Tal vez sea hora de que alguien los vea.
— Gracias, mamá.
— Ve, Tomás. Y cuando encuentres lo que buscas, dímelo. Para que yo también lo sepa.
Colgó, y Tomás guardó el teléfono en el bolsillo. Miró el cuaderno sobre la mesa, la mochila junto a la puerta, y la ciudad que se extendía al otro lado de la ventana.
Sabía que no volvería a Lisboa en mucho tiempo.