CAPÍTULO 29
La luz de la lámpara del salón proyectaba sombras alargadas sobre las paredes del departamento de Alvalade.
Tomás llevaba horas sentado en el sofá, con la transcripción de Sofía extendida sobre la mesa delante de él, las páginas cubiertas de anotaciones y símbolos que apenas comenzaba a comprender.
Había leído el testimonio de Isaac Fonseca, la advertencia del prisionero, las memorias de Gonçalo de Coimbra, y finalmente, el relato de Aulus, el ingeniero romano del siglo IV.
Todo estaba allí, en aquellas páginas que Sofía había copiado con su letra menuda y ordenada.
La historia de los constructores, de la lengua del agua, del Sello del Origen.
La historia de su propia sangre, de los guardianes que habían sobrevivido a los siglos.
Sofía estaba sentada frente a él, con las manos alrededor de una taza de té que ya se había enfriado. Lo observaba en silencio, esperando su reacción.
— ¿Qué te parece? — preguntó finalmente, con una voz que intentaba sonar neutral pero que delataba una emoción contenida.
Tomás levantó la vista de las páginas y la miró. Por un momento, no supo qué decir. Las palabras que había leído, las historias que se desplegaban ante él, eran demasiado grandes para ser procesadas en un solo instante.
— Es... es mucho — dijo finalmente. — No sé ni por dónde empezar.
Sofía asintió, como si esperara esa respuesta, y se inclinó hacia adelante.
— Lo sé. He pasado noches traduciendo y organizando todo.
Pero lo que tenemos aquí es más que una simple historia, Tomás.
Es la clave de un hallazgo que cambiará el mundo.
Aulus describe una tecnología pre-romana, una civilización avanzada que habitó la península milenios antes de Cristo.
Isaac Fonseca no solo escribió su testimonio.
También escondió la llave para llegar a ese lugar.
El Sello del Origen. Y el mapa que lleva a la bóveda de los constructores.
Tomás sintió que el corazón le latía con más fuerza.
El Sello del Origen. El objeto que había sido protegido durante más de mil años por una dinastía de guardianes.
El objeto que, según el prisionero, desataba la codicia y había traído la ruina a sus antepasados, pero que también había sobrevivido a la Inquisición, a las guerras, al olvido.
— ¿Dónde está? — preguntó, con la voz más baja de lo que pretendía.
— Isaac lo escondió en la finca — dijo Sofía, con una seguridad que no dejaba lugar a dudas.
— En el mismo lugar donde encontraste el cuaderno.
O en algún lugar cercano. Su testimonio lo dice: "He escondido el Sello en el Monte da Água, donde los constructores lo dejaron, y he dejado el mapa en un lugar que solo los guardianes conocerán. "
Tomás se levantó y caminó hacia la ventana.
La noche de Lisboa se extendía ante él, con sus luces parpadeantes y su ruido lejano.
Pero su mente no estaba en la ciudad. Estaba en el Alentejo, en la finca abandonada, en los pasillos oscuros y las habitaciones vacías.
Y entonces, una pregunta surgió en su mente, una pregunta racional que no podía ignorar. Se giró hacia Sofía.
— Pero, Sofía... ¿cómo pudo Isaac esconder el mapa y el Sello en la finca? Si fue ejecutado en la hoguera por la Inquisición, como dice la historia oficial, ¿cómo llegaron los objetos hasta el Alentejo? ¿Escapó? ¿Le perdonaron la vida? ¿Cómo termina la historia de Isaac Fonseca?
Sofía lo miró, y por un instante, su expresión de triunfo se ensombreció. Bebió un sorbo de su té frío y dejó la taza sobre la mesa.
— Esa es la parte que se ha perdido — dijo, con una voz que intentaba sonar firme pero que delataba una frustración contenida.
— El cuaderno de Isaac está severamente dañado en esa sección.
La humedad, los insectos, el paso del tiempo...
hay páginas enteras que son ilegibles. Lo que has leído es lo que he podido rescatar.
El final de su historia, cómo logró salir de la prisión o si alguien más sacó el Sello por él... eso no está en el cuaderno.
Tomás sintió un vacío en el estómago. Había estado tan absorto en la tecnología pre-romana y en la dinastía de Gonçalo de Coimbra que no había reparado en ese inmenso detalle. Isaac Fonseca no podía haber escondido nada en la finca si había muerto en la hoguera. Algo no encajaba.
Y entonces, como un destello, recordó el manuscrito medieval que había encontrado en el ático de la casona.
El manuscrito que Duarte había empezado a traducir antes de irse.
El texto que contenía información sobre los Fonseca y los Gouveia, sobre el pacto que los unía.
Un manuscrito que Sofía no había visto, porque ella solo tenía el cuaderno.
Tal vez la respuesta esté allí , pensó. En el manuscrito que yo encontré. Isaac no escapó. Pudo haberle entregado el Sello a su familia antes de morir. Y el manuscrito que Duarte y Mariana tienen en el pueblo podría contener la clave.
No dijo nada en voz alta. No era el momento. Sofía estaba mirándolo con expectativa, esperando que él tomara una decisión, con los ojos encendidos por la magnitud arqueológica del hallazgo.
— Tenemos que ir a la finca — dijo ella, levantándose y acercándose a él. Su mano, cálida y firme, se posó sobre su hombro. — Iremos juntos, Tomás. Llevaremos equipo, georradares si hace falta. Esto es el descubrimiento del siglo.
Tomás se giró y la miró. En sus ojos, vio la chispa de alguien que ha visto un destino deslumbrante y está dispuesta a seguirlo cueste lo que cueste.
Abrumado por la información, y con la mente todavía procesando el papel de su propio apellido en toda aquella historia, cedió a la inercia del momento.
— De acuerdo — dijo finalmente, escuchando su propia voz como si viniera de lejos. — Iremos juntos.
Sofía asintió, y en sus ojos brilló una luz inmensa.
— Entonces mañana empezamos a preparar el viaje — dijo, dándole un beso rápido en la mejilla antes de irse a la habitación. — Y esta vez, no vamos a dejar nada al azar.
Tomás volvió a mirar por la ventana, hacia el sur, hacia el Alentejo, hacia el Monte da Água.
Sofía se había ido a dormir con la certeza de la victoria, pero él se quedó solo en el salón, sintiendo que la historia que había estado leyendo durante horas ya no era solo palabras en un papel.
Era su historia. La historia de su familia, de su nombre, de su destino.
Y mientras la madrugada avanzaba silenciosa, la duda comenzó a echar raíces en su mente.