La memoria del agua CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El día de la partida amaneció con un cielo despejado y una luz limpia que parecía querer despedirse de Tomás con la misma claridad con que lo había recibido.

Había empacado sus cosas la noche anterior —la mochila, la cámara, el recipiente de barro envuelto en una camisa para protegerlo, y el manuscrito, cuidadosamente colocado entre las páginas de un cuaderno que había comprado en la tienda del pueblo—.

No llevaba mucho, pero lo que llevaba era suficiente para recordarle que aquellos días en el Alentejo no habían sido solo un trabajo.

Bajó las escaleras de la pensión por última vez. La cocina estaba iluminada por la luz de la mañana, y Mariana, como siempre, estaba junto a la chimenea, con el café humeando sobre la mesa. No había prisa en sus movimientos, pero Tomás notó que sus manos, al servir la taza, temblaban ligeramente.

— ¿Ya estás listo? — preguntó ella, sin levantar la vista.

— Listo — dijo Tomás, sentándose frente a ella. — El autobús sale a las diez, según me dijiste.

— Sí. Hay que ir al paradero, al final de la calle principal. Pasa uno cada dos horas, pero el de las diez es el único que llega a Lisboa sin transbordos.

El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo. Era un silencio que contenía todo lo que no se habían dicho y que, quizá, no necesitaban decir.

Tomás bebió el café lentamente, sintiendo el calor en las manos y el peso de la despedida en el pecho. Mariana se sentó frente a él, y sus ojos se encontraron.

— Ha sido... — empezó él, y luego se detuvo, buscando la palabra exacta. — Ha sido mucho más de lo que esperaba.

— Para mí también — dijo ella, con una sonrisa que no lograba ocultar del todo la tristeza. — No todos los días aparece un forastero que encuentra manuscritos escondidos y se pasea por el pueblo como si llevara años viviendo aquí.

Tomás sonrió, pero la sonrisa se desvaneció rápido.

— No sé cuándo volveré — dijo, con honestidad. — Tengo que resolver lo de Lisboa, lo del trabajo, y luego... no sé.

Mariana asintió, como si entendiera perfectamente.

— El pueblo no se va a mover — dijo. — Y la finca tampoco. Cuando quieras volver, aquí estaremos.

Tomás sintió que aquellas palabras, simples y directas, valían más que cualquier promesa.

Se levantó, recogió su mochila, y se quedó un momento frente a ella, sin saber si debía estrechar su mano o abrazarla.

Al final, optó por lo segundo: un abrazo breve, cálido, sin palabras.

Mariana correspondió, y por un instante, el tiempo se detuvo.

— Cuídate, Tomás.

— Tú también, Mariana.

Salió de la pensión y caminó hacia el final de la calle principal, donde el cartel de madera señalaba el paradero de autobuses. No miró atrás. No era necesario. Sabía que el pueblo, con su luz dorada y sus olivos centenarios, quedaría grabado en su memoria para siempre.

El autobús llegó puntual, una mole blanca y rugiente que se detuvo frente al paradero con un suspiro de aire comprimido.

Tomás subió, mostró su billete al conductor, y se sentó junto a la ventana, en la parte trasera.

El autobús arrancó lentamente, y el pueblo comenzó a alejarse, primero los olivos, luego los alcornoques, luego la silueta del Monte da Água recortándose contra el horizonte.

Mientras el paisaje se deslizaba bajo sus ojos, Tomás sintió que su mente comenzaba a repasar, sin orden ni concierto, todo lo que había vivido en aquellos días. No era un repaso racional, sino una sucesión de imágenes que se superponían como capas de un mapa antiguo.

Recordó las dos carpetas que el Dr. Albuquerque le había entregado en la oficina, y cómo había elegido las más simples para evitarse problemas.

Recordó su resistencia al encargo, su viaje forzado al Alentejo, y la lluvia que lo había recibido como una advertencia.

Recordó el portón oxidado, la llave que no funcionaba, y el primer hallazgo: el mapa que no encontró, la pista que lo había llevado al cuaderno de Isaac Fonseca.

Recordó el regreso a Lisboa, el encuentro con Sofía, la tensión en su voz.

Recordó el segundo viaje, las fotografías del tejado, y el recipiente de barro escondido en el ático.

Recordó la conexión de apellidos, el manuscrito medieval, la historia de los Gouveia y los Fonseca.

Recordó a Duarte, con sus gafas de montura metálica y su maletín de cuero, diciendo: "Los Fonseca y los Gouveia unidos por el mismo pacto".

Recordó a Helena Fonseca, con su té humeante y su mirada antigua, diciendo: "El pasado está esperando".

Recordó a Joaquim, el pastor, con su voz grave y sus sentencias: "La tierra no miente".

Y recordó a Mariana. Su sonrisa tranquila, sus manos alrededor de la taza de té, su forma de caminar por el pueblo como si el tiempo no existiera. Recordó el brillo de sus ojos cuando hablaba del campo, y el calor de su abrazo al despedirse.

¿Qué estoy haciendo? — se preguntó. ¿Qué busco en esta historia que no he buscado en mi vida?

La respuesta no llegó, pero no necesitaba una respuesta inmediata.

Sabía que, de algún modo, aquella búsqueda había empezado a darle sentido a su vida.

Ya no era solo un perito que cumplía encargos.

Era un hombre que había descubierto que su pasado, su propio apellido, estaba tejido con la historia de aquella tierra. Y que, quizá, su futuro también.

El autobús cruzaba la llanura del Alentejo cuando Tomás sacó el móvil del bolsillo y marcó el número de su madre. La línea sonó varias veces antes de que alguien atendiera. La voz de Madalena, al otro lado, sonaba frágil y distante, como siempre en los últimos años.

— ¿Tomás? — preguntó, con esa mezcla de sorpresa y confusión que la caracterizaba. — ¿Eres tú?

— Soy yo, mamá. ¿Cómo estás?

— Bien, bien... o tan bien como se puede estar en un sitio como este. ¿Dónde estás? ¿Estás en Lisboa?

— Estoy de camino, en un autobús. He estado en el Alentejo unos días. Por trabajo.

— ¿En el Alentejo? — Hubo una pausa en su voz, como si el nombre resonara en algún lugar de su memoria. — ¿Dónde exactamente?

— En un pueblo cerca de Évora. Una finca llamada Monte da Água. He estado investigando sobre una familia que vivía allí, los Fonseca.

El silencio se alargó más de lo normal. Tomás escuchó el ruido de fondo del asilo, una televisión encendida en algún lugar, el murmullo de otras conversaciones.

— ¿Los Fonseca? — repitió ella, con una lentitud que no era solo la del cansancio. — Hace mucho que no oía ese nombre.

— ¿Los conoces, mamá?

— No los conozco... pero tu abuela, la madre de tu padre, hablaba de ellos a veces. Decía que éramos parientes lejanos. Que los Fonseca y los Gouveia estaban unidos por algo antiguo. Yo nunca le presté atención. Siempre pensé que eran cuentos de viejos.

Tomás sintió un escalofrío. Lo que había leído en el manuscrito, lo que Helena Fonseca le había contado, lo que Duarte había traducido... todo cobraba sentido.

— ¿Algo antiguo? — preguntó, tratando de mantener la calma. — ¿Recuerdas qué más decía?

— No lo recuerdo bien — dijo Madalena, con un tono de frustración que no le era habitual. — La memoria se me va, Tomás. Pero hay una caja, en el armario de mi antigua habitación, en la casa de tu abuela. Tu padre nunca quiso abrirla. Decía que algunas cosas era mejor dejarlas donde estaban.

— ¿Una caja? ¿Qué hay dentro?

— No lo sé. Nunca la abrí. Pero tu abuela decía que contenía papeles importantes. Cosas de la familia. Quizá ahí encuentres lo que buscas.

Tomás sintió que el corazón le latía con fuerza. Una caja en la casa de su abuela, donde quizá había documentos que podían arrojar luz sobre el misterio de los Fonseca y los Gouveia.

— ¿Dónde está esa casa, mamá?

— En Oeiras. La casa de la playa, donde pasábamos los veranos. Tu abuela la dejó vacía, pero nadie la ha vendido. Las llaves deben estar en algún cajón de la cocina.

— Gracias, mamá. Esto es muy importante.

— ¿Importante para qué, Tomás? ¿Estás metido en algún lío?

— No, mamá. Solo intento entender algo. Algo que quizá debí haber entendido hace mucho tiempo.

— Entonces ve — dijo Madalena, con una voz que, por un instante, recuperó la firmeza de otros tiempos. — Ve y encuentra lo que buscas. Y cuando lo encuentres, dímelo. Para que yo también lo sepa.

Colgaron, y Tomás guardó el móvil en el bolsillo. El autobús seguía su marcha, y el paisaje del Alentejo daba paso a los primeros suburbios de Lisboa. Las casas blancas se volvían grises, los olivos desaparecían, y el horizonte se llenaba de edificios y antenas.

Tomás se quedó mirando por la ventana, sintiendo que el viaje que había comenzado en aquel pueblo perdido no había terminado. Apenas empezaba.

El autobús llegó a la estación de Lisboa pasadas las ocho de la noche. La ciudad, iluminada por las luces de los faroles y los carteles de neón, lo recibió con su ruido familiar y su bullicio constante. Tomás bajó del autobús, cogió su mochila, y caminó hacia la salida.

El aire de Lisboa era distinto al del Alentejo. Más denso, más cálido, más lleno de humos y voces. Tomás respiró hondo, sintiendo que aquella ciudad, que había sido su hogar durante años, ahora le parecía extraña, como si la hubiera dejado atrás para siempre.

Tomó el metro hasta Alvalade, y caminó las calles familiares hasta su edificio.

Subió las escaleras, abrió la puerta del piso, y se encontró con el silencio de la casa vacía.

André no estaba. La nevera, medio vacía, y el polvo acumulado sobre los muebles le recordaron que su vida en Lisboa había continuado sin él.

Dejó la mochila en el suelo, se sentó en el sofá, y se quedó un momento mirando la ventana. Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, y el rumor del tráfico llegaba como un eco lejano.

Pensó en Mariana. Pensó en el abrazo de despedida. Pensó en el autobús, en el paisaje que se alejaba. Pensó en la caja que su madre le había mencionado, en la casa de Oeiras, en los papeles que podían contener la respuesta.

Pensó en su padre, y en todas las preguntas que nunca le había hecho.

Y supo que, aunque había regresado a Lisboa, su verdadero viaje apenas comenzaba.