CAPÍTULO 20
El timbre del departamento sonó cuando Tomás aún estaba deshaciendo la mochila.
Los objetos del Alentejo —el recipiente de barro, el manuscrito, la cámara— descansaban sobre la mesa del salón como reliquias de otro mundo, y él, sentado en el sofá, todavía no había logrado ajustar su mente al ruido y la prisa de Lisboa.
El timbre volvió a sonar, más insistente.
Se levantó y abrió la puerta. Sofía estaba allí, en el umbral, con una sonrisa que le iluminaba todo el rostro y una energía que no le había visto en meses.
Llevaba un vestido ligero, el pelo suelto, y en sus ojos brillaba una luz que Tomás no lograba identificar.
Era la misma Sofía, pero parecía otra. Renovada. Radiante.
— ¡Tomás! — exclamó, abrazándolo con una efusividad que lo tomó por sorpresa. — ¡Por fin estás aquí! He estado esperando este momento todo el día.
Tomás correspondió al abrazo con cierta rigidez. No era que no quisiera verla, pero la energía de Sofía, tan distinta a la calma de Mariana, lo desconcertaba.
— Hola, Sofía. No sabía que venías.
— Quería sorprenderte. ¿No te alegras de verme?
— Claro que sí. Pasa.
Sofía entró en el departamento como si fuera suyo, dejando su bolso sobre la mesa y girando sobre sí misma con una ligereza que no le era habitual.
— ¿Has comido? — preguntó Tomás, cerrando la puerta. — Podemos salir a cenar si quieres. Hay un sitio cerca que...
— ¡Perfecto! — lo interrumpió ella, sin dejar de sonreír. — Me encantaría. Tengo tantas cosas que contarte que no sé por dónde empezar.
Tomás cogió su chaqueta y la guió hacia la puerta.
Mientras bajaban las escaleras, Sofía hablaba sin parar, pero él apenas escuchaba sus palabras.
Observaba sus gestos, la forma en que sus manos se movían al hablar, la manera en que sus ojos brillaban con una intensidad nueva.
Algo en ella había cambiado. Algo que no terminaba de comprender.
El restaurante era pequeño y tranquilo, con mesas de madera y una luz tenue que creaba un ambiente íntimo. Tomás pidió una botella de vino, y Sofía, sentada frente a él, comenzó a hablar con la misma energía que había mostrado en el departamento.
— He estado traduciendo el cuaderno de Isaac Fonseca día y noche — dijo, mientras el camarero les servía el vino.
— No he dormido bien en una semana, pero ha valido la pena.
Hay partes que son increíbles, Tomás. Descripciones de canales, de galerías, de sistemas hidráulicos que no existen en ningún registro histórico conocido. Y luego, hay algo más.
— ¿Algo más? — preguntó Tomás, bebiendo un sorbo de vino.
— Sí. Pero tengo que confesarte algo malo — dijo Sofía, y su sonrisa se atenuó ligeramente. — Más de la mitad del cuaderno está perdido. La humedad, el paso de los años, los insectos... han carcomido muchas páginas. Hay secciones enteras que son ilegibles.
Tomás sintió una punzada de decepción, pero Sofía continuó, recuperando su entusiasmo.
— Pero lo que he podido rescatar... es extraordinario.
Isaac Fonseca no solo describe los canales.
Habla de un objeto. Algo que dejó oculto en la finca.
Y no es un objeto cualquiera. Parece ser la clave para entender todo el sistema, el origen de las galerías, de la bóveda...
Es como si hubiera escondido la pieza que faltaba para completar el rompecabezas.
Tomás la miró, y en su interior, sintió una mezcla de curiosidad y de cautela. Sofía hablaba con una pasión que no le había visto antes, pero aquella pasión tenía un matiz distinto al de la simple curiosidad histórica.
— ¿Y qué crees que es ese objeto? — preguntó, con cuidado.
— No lo sé con certeza — dijo Sofía, inclinándose hacia él.
— Pero menciona algo relacionado con "la lengua de los constructores".
Esa misma expresión que aparecía en el manuscrito que encontraste.
Y hay una referencia a un lugar concreto en la finca.
Un lugar que Isaac describe como "el corazón del agua".
Tomás sintió que el corazón le latía con más fuerza, pero también notó que Sofía, al hablar, no mencionaba el significado histórico, el valor documental, la importancia cultural.
Hablaba de "extraordinario", de "clave", de "objeto", como si aquello que Isaac había escondido fuera un tesoro material, algo que pudiera poseerse y publicarse para ganar prestigio.
— Sofía — dijo, con una voz que intentaba sonar neutra, — ¿qué es lo que realmente buscas?
Sofía lo miró, y por un instante, su sonrisa se congeló.
— ¿Qué quieres decir?
— Quiero decir que estás hablando de esto como si fuera una expedición en busca de un tesoro. No como una investigación histórica o un deber familiar.
Sofía se recostó en su silla, y sus ojos, antes brillantes, se volvieron más intensos.
— Tomás, ¿no te das cuenta de lo que estamos ante?
Esto no es un manuscrito cualquiera. Es un registro que refuta siglos de historia oficial.
Si no actuamos ahora, si no extraemos lo que Isaac Fonseca escondió antes de que la finca sea vendida a una inmobiliaria, los tractores lo destruirán.
Sería un crimen contra la historia. Un descubrimiento de esta magnitud nos pertenece a quienes sabemos valorarlo.
Tomás la observó en silencio. Sofía hablaba de un "crimen contra la historia", pero en sus ojos, él veía la sed de reconocimiento. Veía la publicación académica, la gloria, la portada de las revistas.
— ¿Y cuál es tu plan? — preguntó, finalmente.
Sofía sonrió, y aquella sonrisa tenía un filo que Tomás no le conocía.
— Mi plan es ir a la finca contigo. Esta vez, juntos.
Con el cuaderno, con el manuscrito, con todo lo que hemos encontrado.
Podemos buscar ese lugar que Isaac menciona.
Si lo encontramos, podemos recuperar lo que dejó.
Y entonces... quién sabe lo que podremos hacer con ello. Imagina la repercusión, Tomás.
Tomás no respondió de inmediato. Bebió otro sorbo de vino, sintiendo el calor del alcohol extenderse por su pecho. Sofía lo miraba con una expectativa que bordeaba la impaciencia.
— No sé, Sofía — dijo, con una honestidad que le costó. — Esto no es una búsqueda de tesoros ni un atajo académico. Es la historia de una familia. De dos familias, en realidad. Y no estoy seguro de que el objetivo sea "recuperar" algo para hacer con ello lo que queramos.
Sofía lo miró, y por un momento, su expresión se endureció.
— Tomás, estás cambiando. ¿Qué te ha pasado en el Alentejo?
La pregunta, formulada en un tono que no era del todo inocente, lo tomó por sorpresa. Pero no respondió. En lugar de ello, cambió de tema, señalando su copa de vino vacía.
— ¿Quieres otro?
— No, gracias — dijo Sofía, con una frialdad que no había mostrado antes. — Preferiría que termináramos la cena y volviéramos a tu departamento. Tengo algo que enseñarte.
Cuando volvieron al departamento, Sofía abrió su bolso y extrajo una libreta gruesa, con las páginas llenas de anotaciones y recortes. La colocó sobre la mesa del salón, junto al recipiente de barro y el manuscrito que Tomás había dejado allí.
— He transcrito lo que he podido traducir — dijo, pasando las páginas con dedos temblorosos. — Esto es lo que he logrado rescatar del cuaderno. La historia de Isaac Fonseca, desde su encarcelamiento hasta la última entrada que escribió antes de... bueno, antes de lo que sea que le pasó.
Tomás se sentó y comenzó a leer. La letra de Sofía era menuda, ordenada, y las palabras que había copiado del cuaderno de Isaac se desplegaban ante él como un eco del pasado.
"El guardia que vino a mi celda no era un soldado cualquiera.
Tenía los ojos de alguien que había visto el interior de la tierra, que había caminado por las galerías que los romanos construyeron.
Me dijo que los Gouveia aún estaban en el Alentejo, que mi padre les había entregado un mapa antes de morir.
Un mapa de las galerías que los romanos construyeron.
Y luego, antes de irse, me entregó un pergamino.
Un fragmento de un texto más antiguo, escrito en una lengua que no reconocí.
'La lengua de los constructores', me dijo.
'La lengua que hablaban los que vinieron antes que los romanos.
La lengua que sabe dónde nace el agua.' Y entonces, me dijo algo que no he podido olvidar: 'Isaac, el origen de todo no está en las galerías.
Está en el corazón del Monte da Água. Y para llegar allí, necesitas la llave. '"
Tomás levantó la vista de la libreta. Sofía lo miraba con una intensidad que lo desconcertaba.
— ¿Ves? — dijo ella, con una voz que temblaba de emoción. — Isaac Fonseca no lo dice todo, pero hay algo. Hay una llave. Y esa llave está en la finca.
Tomás cerró la libreta y la dejó sobre la mesa. Su mente, en lugar de centrarse en la llave, se desvió hacia otro pensamiento. El guardia que había hablado con Isaac no era un soldado cualquiera. Era alguien que conocía a los Gouveia. Alguien que sabía que su padre había entregado un mapa.
— Sofía — dijo, con una calma que la desarmó. — Necesito tiempo para pensar. Esto es demasiado.
— ¿Tiempo? — repitió ella, con una nota de incredulidad. — Tomás, la finca se va a vender. Si no actuamos ahora, otro equipo de investigación o una constructora se nos adelantará. Todo esto se perderá.
— Lo sé. Pero no podemos precipitar nos. Hay cosas que todavía no entiendo.
Sofía lo miró, y en sus ojos, Tomás vio una mezcla de frustración y determinación. Pero no dijo nada más. Se levantó, recogió su bolso, y caminó hacia la puerta.
— Te llamo mañana — dijo, sin volverse. — Y entonces decidiremos qué hacer.
La puerta se cerró tras ella, y Tomás se quedó solo, con la libreta abierta sobre la mesa y el peso de sus palabras flotando en el aire.
Se sentó, y sus dedos comenzaron a pasar las páginas de la transcripción de Sofía, buscando el hilo de la historia de Isaac Fonseca.
La continuación del testimonio que había empezado a leer en el Alentejo.
La voz de un hombre que, desde la oscuridad de su celda, había dejado un legado que ahora, tres siglos después, seguía esperando ser comprendido.