La memoria del agua CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Duarte empacó su maletín con la misma meticulosidad con que había examinado el manuscrito la noche anterior. El sol de la mañana entraba por la ventana de la cocina, y Mariana, de pie junto a la chimenea, observaba a su hermano con una mezcla de afecto y resignación.

— ¿Seguro que tienes que irte tan pronto? — preguntó ella, con una voz que intentaba sonar neutra pero que delataba cierta decepción.

— El trabajo no espera — respondió Duarte, ajustando la correa del maletín sobre el hombro. — Ya he retrasado mi salida un día entero para ayudar con el manuscrito. Pero el manuscrito está en buenas manos. Y además, ahora sé que existe. Eso ya es un avance.

Tomás, sentado a la mesa con una taza de café entre las manos, levantó la vista.

— ¿No podrías quedarte unos días más? Podríamos necesitar tu ayuda para traducir el resto.

Duarte sonrió, una sonrisa que mezclaba cansancio y gratitud.

— Me encantaría, Tomás. Pero tengo compromisos en Évora que no puedo aplazar. Sin embargo, estaré atento a cualquier novedad. Si encuentras algo más — y me refiero a algo relacionado con ese pergamino que menciona Isaac Fonseca —, llámame de inmediato. Puedo volver en unas horas si es necesario.

— Lo haré — dijo Tomás.

Duarte se despidió de Mariana con un abrazo breve pero sincero, y de Tomás con un apretón de manos firme. Luego, con su chaqueta de tweed y su maletín de cuero, salió de la pensión y se perdió calle abajo, hacia el coche que lo esperaba en la plaza.

El silencio que dejó tras de sí era distinto al silencio de la noche anterior. Era un silencio más ligero, más abierto, como si la ausencia de Duarte hubiera despejado el espacio para otras conversaciones.

Tomás terminó su café y dejó la taza sobre la mesa.

— Mariana — dijo, con un tono que intentaba ser casual pero que no lograba ocultar del todo su nerviosismo, — ¿te apetece dar un paseo? Llevo días viendo el pueblo desde la ventana, pero no he tenido tiempo de recorrerlo.

Mariana lo miró, y por un instante, sus ojos se encontraron con los suyos.

— ¿Un paseo? ¿Ahora?

— Sí. ¿Por qué no? Necesito despejar la mente. Y tú conoces el pueblo mejor que nadie. Podrías ser mi guía turística.

Ella sonrió, una sonrisa que iluminó su rostro y que Tomás no había visto antes.

— De acuerdo. Pero no esperes grandes monumentos. Aquí no hay catedrales ni palacios.

— No necesito catedrales ni palacios — dijo él. — Solo necesito caminar.

Salieron de la pensión y se adentraron en las calles empedradas del pueblo.

El sol de la mañana, todavía suave, bañaba las fachadas encaladas con una luz dorada, y el olor a pan recién horneado venía de alguna parte, mezclándose con el aroma de la tierra húmeda y las flores de los geranios que asomaban en las ventanas.

Mariana caminaba a su lado con la misma tranquilidad con que hacía todo, señalando aquí y allá las pequeñas maravillas del lugar: la fuente de piedra donde las mujeres del pueblo iban a lavar la ropa hasta que llegó el agua corriente, la plaza donde los ancianos se sentaban a jugar a las cartas al atardecer, la iglesia del siglo XVI con su campanario inclinado y su puerta de madera tallada.

— Todo esto ha estado aquí durante siglos — dijo Mariana, con orgullo. — Y seguirá aquí mucho después de que nosotros nos hayamos ido.

Tomás la escuchaba, pero también observaba.

Observaba la manera en que ella se movía por el pueblo con la familiaridad de quien conoce cada piedra, cada rincón, cada sombra.

Observaba cómo los vecinos la saludaban con un gesto o una palabra, y cómo ella respondía con esa calma suya, como si el tiempo no existiera.

Fue en la calle principal, frente a la tienda de ultramarinos, donde se encontraron con la primera vecina. Era una mujer mayor, de pelo blanco y rostro arrugado, que llevaba una cesta de mimbre al brazo. Al ver a Mariana, se detuvo y la miró con una sonrisa cómplice.

— Mariana, hija, ¿no me presentas a tu acompañante? — dijo, con una voz que era a la vez curiosa y amable.

Mariana sonrió, y en sus mejillas apareció un leve rubor.

— Señora Adelaide, este es Tomás, un huésped de la pensión. Está trabajando en la finca de los Fonseca.

— ¿Ah, sí? — dijo la señora Adelaide, examinando a Tomás con una atención que lo hizo sentir como si estuviera bajo una lupa. — Pues bonita pareja hacen, la verdad. Ya era hora de que alguien viniera a hacer compañía a esta muchacha.

— Señora Adelaide... — empezó Mariana, pero la mujer ya se había vuelto y continuaba su camino, con la cesta al brazo y una sonrisa pícara.

Tomás y Mariana intercambiaron una mirada. Él no supo qué decir, y ella tampoco.

Siguieron caminando, y en la siguiente esquina, un hombre de mediana edad que reparaba una bicicleta frente a su casa levantó la vista y los saludó con un gesto.

— Mariana, ¿qué tal? — dijo, y luego miró a Tomás con un guiño. — Bueno, bueno. Así que por fin has decidido sacar a pasear a este joven, ¿eh? Yo también, cuando era más joven... pero bueno, no voy a contar esas historias ahora.

Mariana respondió con una sonrisa forzada y apretó el paso.

— Vamos, Tomás. Por aquí.

Siguieron caminando hasta el final de la calle, donde el pueblo se abría al campo. Allí, junto a un muro de piedra seca, estaba Joaquim, el pastor, sentado en un tronco con su sombrero de ala ancha y su bastón apoyado en el suelo. Al verlos, esbozó su sonrisa arrugada.

— Vaya, vaya — dijo, con su voz grave y pausada. — El señor de la aseguradora y Mariana, paseando juntos. Esto sí que es una novedad.

— Joaquim, no empieces — dijo Mariana, con un tono que intentaba ser severo pero que no lograba ocultar la diversión.

— No empiezo, no — dijo Joaquim, levantando las manos en un gesto de rendición. — Solo digo que es bonito ver a la gente joven disfrutando del pueblo. Y que esta tierra, ya me entiende, tiene algo que engancha.

Tomás sonrió, sintiendo que el peso de su vida en Lisboa, el trabajo, los informes, el tráfico, se alejaban con cada paso.

— Joaquim, no soy tan joven — dijo, como había hecho la primera vez.

— Para nosotros, todos los que tienen menos de sesenta son jóvenes — respondió el pastor, con una risa que le arrugó aún más el rostro. — Y además, la juventud no está en los años, está en los ojos. Y los suyos, señor, han cambiado desde que llegó.

Tomás no supo qué responder. Joaquim tenía razón. Había cambiado. No sabía cómo ni por qué, pero algo en él se estaba moviendo, algo que no podía nombrar.

El paseo continuó un rato más, bordeando los campos de olivos y alcornoques, hasta que el sol comenzó a subir y el calor de la mañana se hizo más intenso. Volvieron a la pensión, y Mariana preparó un poco de agua fresca mientras Tomás se sentaba a la sombra del porche, mirando el horizonte.

— Ha sido un buen paseo — dijo él, cuando ella se sentó a su lado.

— Sí, lo ha sido — respondió ella, con una sonrisa que iluminó sus ojos.

Por un momento, el silencio entre ellos fue cómodo, como si las palabras no fueran necesarias.

El viento movía suavemente los geranios de las macetas, y el rumor lejano del campo llegaba como una caricia.

Tomás se sintió tan lejos de su vida anterior, tan presente en aquel instante, que casi se olvidó de todo lo demás.

Luego, el móvil de Tomás vibró en su bolsillo. Lo sacó y miró la pantalla: era Sofía. Sintió una molestia, una interrupción que no había pedido. La imagen de Sofía, con su urgencia y sus reproches, se interpuso entre él y la luz del sol.

Atendió, y la voz de Sofía al otro lado de la línea sonaba excitada.

— Tomás, escúchame. He estado traduciendo el cuaderno de Isaac Fonseca. Hay algo que tengo que decirte. Algo importante.

Tomás percibió el tono, pero no respondió con la misma intensidad. Su mirada se posó un momento en Mariana, que lo observaba desde el porche.

— ¿Qué has encontrado? — preguntó, con una voz más plana de lo que ella esperaba.

— Hay una sección que no había visto antes — continuó Sofía, sin notar la frialdad de su tono.

— No entiendo del todo el contexto, pero habla de algo oculto.

Un hallazgo sin precedentes. Algo que reescribiría la historia de la ingeniería de la península.

Isaac no describe exactamente qué es, pero parece que estaba protegiendo algo...

algo que dejó en la finca. Algo relacionado con el origen de todo.

Tomás escuchó, pero las palabras no le llegaron con la misma urgencia que a Sofía. Se encontró a sí mismo pensando más en el brillo de los ojos de Mariana que en el supuesto tesoro histórico escondido en la finca.

— ¿Dices que no describe qué es? — preguntó, con cierta distancia.

— No con exactitud — dijo Sofía, con un tono de frustración. — Pero si hay algo de tanto valor académico y material, no podemos ignorarlo. Tenemos que buscar. Tomás, esto podría ser el descubrimiento de la década...

— Sofía — la interrumpió Tomás, con una calma que ella no esperaba. — Ahora no puedo hablar. Estoy en medio de algo.

— ¿En medio de algo? — la voz de Sofía se volvió más aguda. — Tomás, esto es importante. ¿No lo entiendes? Isaac Fonseca ocultó algo que podría ser inmenso.

— Lo entiendo — dijo Tomás, y al decirlo, se dio cuenta de que no era del todo cierto. La importancia de aquel posible hallazgo, que días atrás lo habría consumido, ahora se le antojaba vaga, lejana, como una noticia que llegaba de otro mundo. — Pero tengo que pensar. Te llamo más tarde.

— Tomás, no puedes...

— Sofía, te llamo más tarde — repitió, y colgó.

Guardó el móvil en el bolsillo y se quedó mirando el horizonte.

No sentía la urgencia que Sofía esperaba.

No sentía la necesidad de correr hacia la finca para desenterrar secretos y reclamar méritos.

Lo que sentía era una paz que no había experimentado en años.

Y sabía, con una certeza que no necesitaba explicar, que esa paz tenía nombre.

Mariana se levantó del porche y se acercó a él.

— ¿Qué pasa? — preguntó ella, con su voz tranquila.

Tomás la miró, y en sus ojos ya no había la incertidumbre de antes, sino una claridad nueva.

— Sofía dice que Isaac Fonseca ocultó algo en la finca. Algo de inmenso valor. Pero no sabe qué es.

Mariana lo miró con atención, como si buscara en sus ojos algo más que sus palabras.

— ¿Y tú? ¿Qué crees?

Tomás sonrió, una sonrisa que no necesitaba explicaciones.

— Creo que la finca guarda muchas cosas. Pero también creo que no todas ellas están hechas de metal o de pergamino.

Mariana no preguntó más. Se quedó a su lado, en el silencio del atardecer, mientras el sol se ponía tras los olivos y la luz del Alentejo se volvía dorada y eterna.

Tomás supo que, pase lo que pase, ya no era el mismo hombre que había llegado a aquel pueblo. Y que el verdadero hallazgo, el que realmente importaba, no estaba en la finca ni en ningún manuscrito.

Estaba allí, a su lado.