CAPÍTULO 15
Tomás se despertó al amanecer sin que el despertador lo hubiera despertado.
Era una hora extraña para él —la luz apenas comenzaba a filtrarse entre las rendijas de la persiana, y el pueblo aún dormía— pero su cuerpo había decidido que era momento de levantarse.
Se quedó un momento en la cama, escuchando el silencio: no había tráfico, no había bocinas, no había el rumor constante de la ciudad que siempre lo acompañaba en Lisboa.
Solo el canto de un pájaro lejano y el crujido de la madera vieja de la pensión, que se expandía y se contraía con el frescor de la mañana.
Se vistió sin prisa, bajó las escaleras y salió a la calle sin pasar por la cocina. Necesitaba caminar. Necesitaba sentir el aire en la cara y el suelo bajo sus pies, sin la presión de un informe que entregar o una llamada que hacer.
El pueblo estaba desierto. Las calles empedradas brillaban con el rocío de la noche, y los olivos, al fondo, se recortaban contra el cielo que empezaba a clarear.
Tomás caminó sin rumbo fijo, siguiendo el camino de tierra que se alejaba del centro hacia los campos.
A su izquierda, un rebaño de ovejas pastaba ya, guiado por un perro que lo miró con desconfianza pero no ladró.
A su derecha, los alcornoques extendían sus copas como paraguas verdes bajo el sol naciente.
Se detuvo junto a un muro de piedra seca y apoyó las manos en la superficie rugosa.
El campo se extendía ante él hasta donde alcanzaba la vista: una llanura verde y dorada, salpicada de olivos centenarios, con el horizonte difuminado por la niebla matinal.
El aire olía a tierra húmeda y a hierba recién pisada, y por un momento, Tomás sintió que aquel paisaje era lo único real, que todo lo demás —los informes, la oficina, el tráfico de Lisboa, el teléfono que no dejaba de sonar— era una invención, una niebla que se disipaba al contacto con aquella luz.
— Esto es lo que he estado perdiendo — murmuró, en voz baja.
No era una queja. Era una constatación. Durante años, había vivido en una ciudad que no lo dejaba respirar, atrapado en una rutina que lo consumía sin darle nada a cambio.
Y Sofía, pensó, tenía razón. No había sido justo con ella, no porque no la quisiera, sino porque nunca había tenido tiempo para quererla bien.
Siempre apurado, siempre con la cabeza en otra cosa, siempre convencido de que el trabajo era lo urgente y todo lo demás podía esperar.
Pero el trabajo seguía ahí, y su vida, en cambio, se había ido deshilachando sin que él lo notara.
El romance a distancia se había vuelto rutinario, las llamadas cada vez más breves, los encuentros cada vez menos frecuentes.
Sofía había intentado mantener la llama, y él, sin querer, la había ido apagando con su indiferencia.
— Tenías razón — dijo, como si ella pudiera oírlo. — Siempre tuviste razón.
El viento movió las copas de los alcornoques, y Tomás cerró los ojos un momento, dejando que el silencio lo envolviera. Aquel viaje al Alentejo, que había empezado como una obligación, se estaba convirtiendo en algo distinto. Un respiro. Una pausa en medio de un ruido que no sabía cómo apagar.
Pero no podía olvidar que seguía teniendo un trabajo. Y que ese trabajo, por mucho que lo necesitara, seguía ahí, esperando.
Volvió a la pensión cuando el sol ya había calentado el pueblo. Mariana estaba en la cocina, y al verlo entrar, le ofreció una taza de café.
— ¿Ha paseado?
— He paseado. Necesito pensar.
— ¿Y ha pensado algo importante?
Tomás sonrió, una sonrisa que no llegaba a ser feliz pero que tampoco era triste.
— Que he estado viviendo demasiado deprisa y sin mirar a los lados.
Mariana asintió, como si entendiera perfectamente lo que quería decir.
— Eso es lo que tiene el Alentejo — dijo. — Te obliga a bajar el ritmo. A veces la gente se asusta. Otras veces, como usted, se da cuenta de que lo necesitaba.
— ¿Y usted, Mariana? ¿Usted también se ha dado cuenta alguna vez?
Ella lo miró un momento, y luego bajó la vista a su taza.
— Yo he vivido siempre aquí. No sé cómo es vivir deprisa. Pero sé que hay gente que viene huyendo de algo, y al final se queda porque encuentra que lo que buscaba no estaba donde pensaban.
Tomás no respondió. La frase de Mariana resonaba en su interior como una pregunta que no se atrevía a formular en voz alta.
Bebió el café en silencio, y luego, con un suspiro, sacó el móvil del bolsillo.
— Tengo que llamar a mi jefe.
Mariana asintió y se retiró a la otra punta de la cocina para darle privacidad.
Tomás marcó el número del Dr. Albuquerque. El teléfono sonó tres veces antes de que el jefe atendiera, con su voz seca y meticulosa de siempre.
— Gouveia. ¿Ya ha terminado las fotografías?
— Terminé ayer, Dr. Albuquerque. Pero necesito hablar con usted.
— ¿Sobre qué?
Tomás respiró hondo.
— Sobre el informe. Las fotografías están hechas, los formularios completos. Pero necesito unos días más en el Alentejo. Hay cosas que estoy investigando que son... importantes.
El silencio del Dr. Albuquerque fue elocuente.
— ¿Unos días más? Gouveia, el cliente espera el informe esta semana. No puede tomarse vacaciones en medio de un trabajo.
— No son vacaciones. Es... es algo personal. Relacionado con la finca.
— ¿Personal? — La voz del jefe se había vuelto más aguda.
— Gouveia, la finca es un encargo de la empresa.
No es un asunto personal. Si necesita tiempo para pensar, lo hace después de entregar el informe.
El cliente está encima nuestro y no quiero problemas con la gerencia.
Envíeme las fotos, cierre el expediente y haga con su tiempo libre lo que quiera, pero a mí no me complique el cierre de mes.
Tomás sintió el peso de las palabras del jefe, un recordatorio de lo pequeña que era aquella maquinaria.
— Dr. Albuquerque, entiendo la urgencia. Pero puedo enviarle los datos por internet. Las fotografías, los formularios, todo. Solo necesito unos días más para... cerrar un asunto importante.
— ¿Qué tipo de asunto?
— No puedo explicarlo ahora. Pero le prometo que no afectará al trabajo. Los informes estarán listos y enviados. Solo pido una prórroga de unos días para quedarme aquí.
El Dr. Albuquerque guardó silencio. Tomás podía casi oír cómo su jefe sopesaba las opciones, calculando el incordio de lidiar con un empleado ausente.
— De acuerdo — dijo finalmente el jefe. — Pero quiero los datos subidos a la plataforma de la empresa antes del viernes. Y quiero una explicación detallada de su ausencia cuando regrese. Si el gerente pregunta, no sabré qué decirle.
— Lo haré. Gracias, Dr. Albuquerque.
— No me lo agradezca. Simplemente, haga su trabajo.
La línea se cortó, y Tomás guardó el móvil en el bolsillo. Mariana, desde su rincón, lo miró con curiosidad.
— ¿Va bien?
— Todo bien. Tengo hasta el viernes para enviar los datos. Aunque la empresa sigue siendo un problema.
— Bueno, entonces mientras tanto, ¿qué piensa hacer con ese tiempo libre?
Tomás sonrió, una sonrisa que ahora sí era más sincera.
— Pensaba visitar a la señora Fonseca. No como empleado de la aseguradora, sino como... vecino.
La casa de Helena Fonseca estaba en una calle lateral de la aldea, a unos pasos de la plaza.
Era una construcción baja, de piedra encalada, con una puerta de madera azul y una pequeña ventana con macetas de geranios.
El jardín delantero, cuidado con esmero, contrastaba con el abandono de la finca: allí crecían rosales y hierbas aromáticas, y un pequeño naranjo ya cargado de frutos.
Tomás llamó a la puerta y esperó. Al cabo de un momento, la puerta se abrió, y Helena Fonseca apareció en el umbral. Llevaba un delantal de cuadros sobre un vestido oscuro, y el pelo recogido en un moño apretado. Al ver a Tomás, su expresión se endureció.
— Usted otra vez. ¿No ha tenido suficiente con la finca?
— Señora Fonseca, no vengo a molestar — dijo Tomás, en un tono que intentó ser respetuoso. — Ni siquiera vengo por la finca. Vengo como... visitante. Me han contado que usted conoce la historia de la casa, y me gustaría escucharla. Si tiene tiempo.
Helena lo miró con desconfianza, pero algo en la mirada de Tomás, quizá su tono o su postura, la hizo dudar.
— ¿Por qué le interesaría la historia de una casa vieja a un perito de seguros?
— No es solo la casa. Es la familia. Los Fonseca. Y he descubierto que... bueno, que mi apellido también está relacionado con esta tierra.
Helena lo miró un largo momento, evaluando sus palabras. Luego, sin decir nada, abrió la puerta de par en par.
— Pase. Pero no espere que le cuente todo en una sola tarde.
Tomás entró, y la casa lo envolvió en un ambiente acogedor y antiguo: paredes encaladas, vigas de madera oscura, un olor a hierbas secas y a leña quemada.
Helena lo guió hasta la cocina, donde una mesa de madera ocupaba el centro, y le indicó una silla.
Ella se sentó al otro lado, y tras un momento de silencio, puso agua a calentar sobre el fuego.
— ¿Qué quiere saber? — preguntó, sin mirarlo.
Tomás se sintió extraño, como si estuviera cruzando una frontera invisible.
— Todo. O mejor dicho, lo que usted quiera contarme. Sobre la finca, sobre los Fonseca... y sobre los Gouveia.
El agua comenzó a hervir, y Helena preparó dos tazas de té. El vapor se elevó en espirales, y ella lo esperó a que estuviera listo antes de empezar a hablar.
— Mi abuelo — dijo finalmente, con voz pausada, — fue el último que vivió en la finca con la casa entera.
Él nació allí, se casó allí, y allí se murió.
Pero antes de morir, me llamó a su lado y me dijo: "Helena, esta casa no es solo una casa.
Es un testigo. Guarda la memoria de los que vinieron antes que nosotros, y si la abandonas, esa memoria se pierde para siempre".
— ¿Y qué guarda la casa, además de la memoria?
Helena lo miró fijamente, y en sus ojos, Tomás vio una mezcla de dolor y de orgullo.
— Guarda el pacto de los Fonseca con el agua.
Los Fonseca no eran ricos en oro, ni en tierras.
Pero sabían lo que otros no sabían: que el agua del Alentejo no está arriba, sino abajo.
Y construyeron canales, norias, galerías para traerla a la superficie.
Mi abuelo decía que el verdadero tesoro del Monte da Água no era el metal, sino el agua que nacía de la tierra.
Tomás sintió un escalofrío. La frase de Isaac Fonseca, la que había visto en el cuaderno y en el manuscrito, resonaba en su mente.
— Y los Gouveia — preguntó, con la voz temblorosa. — ¿Qué tenían que ver los Gouveia?
Helena se quedó callada un momento, como si sopesara si debía seguir hablando. Luego, con un suspiro, continuó.
— Los Gouveia eran los guardianes. Los que custodiaban el conocimiento. Hubo un tiempo, hace siglos, en que ambas familias estaban unidas. Pero luego vino la Inquisición, y los Gouveia... algunos se fueron, otros cambiaron de nombre. Y la memoria se fragmentó.
— ¿Y usted sabe más?
Helena lo miró, y por primera vez, su mirada se suavizó.
— Sé que el pasado está esperando. Y que los que deben encontrarlo, lo encuentran. Usted está aquí, Tomás Gouveia. Y eso no es casualidad.
Tomás bebió el té sin probarlo, sintiendo que el peso de las palabras de Helena se asentaba sobre sus hombros como una responsabilidad que apenas empezaba a comprender.