La memoria del agua CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Tomás salió de la casa de Helena Fonseca con el peso de las palabras de la mujer aún resonando en su cabeza.

El aire de la tarde, fresco y limpio, le golpeó el rostro como una caricia, y por un momento se detuvo en la calle, mirando el pueblo que se extendía bajo la luz dorada del sol.

Las casas blancas, los geranios en las ventanas, el rumor lejano de alguna conversación que venía de una puerta abierta...

todo parecía tan quieto, tan ajeno al torbellino que se había desatado en su interior.

Caminó despacio de vuelta a la pensión, sintiendo que sus pasos, sobre las piedras del empedrado, marcaban un ritmo distinto al de la ciudad.

Allí no había prisa. Allí no había nada que demostrar.

Solo el silencio y la luz, y las palabras de Helena repitiéndose en su memoria: "El pasado está esperando...

los que deben encontrarlo, lo encuentran".

Llegó a la pensión y empujó la puerta de la cocina. Mariana estaba allí, sentada junto a la mesa, con una taza de té entre las manos y la mirada perdida en la ventana. Al verlo entrar, esbozó una sonrisa.

— ¿Cómo fue?

— Fue... extraño — dijo Tomás, sentándose frente a ella. — No sé si me contó más de lo que quería, o menos de lo que sabía. Pero me dio algo con lo que pensar.

— ¿Algo bueno?

— Algo que necesitaba oír. Aunque todavía no sé qué hacer con ello.

Mariana asintió, y por un momento, el silencio se instaló entre ellos. Tomás la observó: su rostro tranquilo, sus manos alrededor de la taza, la manera en que la luz de la tarde se reflejaba en sus ojos.

— Mariana — dijo, con una curiosidad genuina, — ¿nunca ha sentido curiosidad por salir de aquí? ¿Por ver otras ciudades, otras vidas?

Ella lo miró, como si la pregunta fuera nueva y antigua a la vez.

— A veces — dijo, con una honestidad que la hizo parecer vulnerable.

— Mi hermano me ha dicho muchas veces que debería irme, que en el pueblo no tengo futuro, que podría tener una vida profesional en la ciudad.

Pero no sé, Tomás... cuando pienso en irme, siento que algo me falta.

Como si este lugar fuera parte de mí, y yo de él.

— ¿Y no le parece pequeño? ¿No echa de menos... más cosas?

Mariana sonrió, una sonrisa que no era de ironía, sino de comprensión.

— Para usted, el pueblo es pequeño porque está acostumbrado a la ciudad.

Para mí, es grande. Tiene historias que no se terminan nunca.

Campos que cambian con cada estación. Gentes que conocen su tierra como otros conocen las páginas de un libro.

Si usted supiera lo que hay en estos campos, en estas piedras... no diría que es pequeño.

Tomás la miró con desconcierto. No podía entender cómo una aldea perdida en medio del Alentejo, sin cines, sin teatros, sin la agitación de la vida moderna, podía ser "grande".

— ¿Y qué ve usted en estos campos? — preguntó, con curiosidad genuina.

Mariana se inclinó hacia la ventana, señalando el horizonte.

— Veo un olivo que tiene quinientos años. Veo un muro que los romanos construyeron. Veo un pozo que dio agua a generaciones enteras. Todo eso está aquí, Tomás, esperando que alguien lo mire con atención. Y yo he crecido mirando. No necesito salir para encontrar maravillas.

Tomás guardó silencio. No compartía su perspectiva, pero algo en sus palabras, en la paz de su voz, lo hacía detenerse. Quizá, pensó, era él quien había estado viviendo demasiado deprisa para ver lo que tenía delante.

Fue entonces cuando escucharon el ruido de un coche deteniéndose frente a la pensión.

Una puerta se abrió y se cerró, y luego unos pasos rápidos se acercaron a la entrada.

La puerta de la cocina se abrió, y un hombre de unos cuarenta años, de complexión delgada y rostro amable, apareció en el umbral.

Llevaba gafas de montura metálica y una chaqueta de tweed, y en su mano sostenía un maletín de cuero gastado.

— Mariana — dijo, con una sonrisa que le iluminó el rostro. — No esperaba encontrarte tan tranquila.

— ¡Duarte! — exclamó Mariana, levantándose de la silla con sorpresa. — No dijiste que vendrías hoy. Pensé que llegabas el fin de semana.

— Cambié los planes — dijo Duarte, dejando el maletín en el suelo. — Tenía que salir de Évora por unos días, así que decidí adelantar la visita. ¿Es un mal momento?

— No, no, para nada. Siéntate. Te presento a Tomás, el huésped del que te hablé.

Duarte se volvió hacia Tomás y le tendió la mano. Su apretón era firme, y su mirada, detrás de las gafas, era atenta y curiosa.

— Mucho gusto — dijo Duarte. — Mariana me habló de usted. Me dijo que encontró algo interesante en la finca de los Fonseca.

— Sí, algo así — respondió Tomás, devolviendo el apretón. — Un manuscrito antiguo. Está en latín y en portugués arcaico. No he podido traducirlo completamente.

Duarte se sentó a la mesa, y Mariana le sirvió una taza de té sin que él pidiera, como si el gesto fuera parte de un ritual antiguo.

— ¿Qué clase de manuscrito? — preguntó Duarte, con un interés que delataba su formación académica.

Tomás abrió la mochila y sacó el recipiente de barro. Lo colocó sobre la mesa, y luego extrajo el manuscrito con cuidado.

— Esto estaba oculto en el ático de la finca, detrás de un muro de piedra. El recipiente lo protegió de la humedad y el deterioro. Dentro había esto, un mapa y unas monedas.

Duarte tomó el manuscrito con la delicadeza de quien sabe que está tocando algo frágil y valioso. Lo abrió, pasó las páginas con cuidado, y mientras lo hacía, sus ojos se movían rápidamente, como si su mente estuviera ya descifrando el contenido.

— Esto es... — dijo, sin terminar la frase.

— ¿Puede leerlo? — preguntó Tomás, con la voz tensa.

Duarte levantó la vista, y por un momento, su rostro mostró una mezcla de sorpresa y admiración.

— Sí. Puedo leerlo. No todo — las páginas están dañadas en algunos sitios — pero la mayor parte, sí. Esto es un registro detallado de la historia de la finca desde el siglo XV. Hay nombres, fechas, descripciones de los canales de agua, menciones de los romanos... Y también hay una genealogía.

— ¿Una genealogía? — preguntó Tomás, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.

Duarte asintió, y sus dedos señalaron una página al final del manuscrito.

— Aquí, en la última sección. Está escrito en portugués antiguo.

Dice: "Los Fonseca y los Gouveia, unidos por el mismo pacto, guardianes del agua y de la tierra, desde que el mundo era más joven y las aguas corrían donde el hombre las guiaba".

Y hay una lista de nombres. Algunos son Fonseca.

Otros son Gouveia. Hay varios siglos de esa lista.

Tomás sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No era solo un vínculo histórico. Era una línea de sangre. Una conexión que había atravesado generaciones y que, de algún modo, seguía viva.

Mariana lo miró, y en sus ojos había un destello que él no supo interpretar.

— Esto — dijo Duarte, cerrando el manuscrito con cuidado — es un hallazgo importante. No solo para la historia de la finca, sino para la historia de esta región. Si me permite, me gustaría dedicarle más tiempo. Podríamos sentarnos mañana y leerlo con calma.

Tomás asintió, sin poder articular palabra.

La reunión terminó con el manuscrito sobre la mesa, el té enfriándose en las tazas, y el peso de un pasado que, por primera vez, comenzaba a revelarse.