CAPÍTULO 14
Tomás guardó los objetos en la mochila, se levantó de la cama y bajó las escaleras con pasos rápidos.
El hallazgo era importante, pero antes de sumergirse en él, tenía que resolver una cuestión práctica: el chófer.
João llevaba esperando desde la mañana, y Tomás no podía dejar que el hombre pasara todo el día en la plaza sin saber qué iba a pasar.
Salió de la pensión y cruzó la plaza. El sol de la tarde, ya declinante, bañaba las piedras con una luz dorada. João seguía allí, apoyado contra la camioneta, con su chaleco azul y sus gafas de sol en la cabeza. Al ver a Tomás, enderezó la espalda.
— Señor Gouveia, ya pensaba que no iba a volver.
— João, he estado pensando — dijo Tomás, con determinación. — No voy a volver a Lisboa con usted. Necesito quedarme un par de días más en el pueblo. Tengo cosas que hacer.
João frunció el ceño.
— Señor Gouveia, no puedo dejarlo aquí sin más. La empresa tiene protocolos de seguridad. Si algo le pasa, yo soy responsable.
— Lo entiendo. Pero necesito quedarme. Es importante.
— ¿Importante para el trabajo?
— Para el trabajo y para algo más. No puedo explicarlo ahora, pero confíe en mí.
João lo miró, evaluando sus palabras. Luego, con un suspiro, sacó un bloc de notas del bolsillo de su chaleco.
— De acuerdo. Pero tendrá que firmarme una constancia de responsabilidad. Un documento donde indique que usted decide quedarse por su cuenta, bajo su propia responsabilidad, y que yo no tengo nada que ver con su decisión.
— Lo firmo.
João garabateó unas líneas en el bloc, y luego le pasó el papel y un bolígrafo a Tomás.
Este leyó el texto rápidamente: una declaración simple, pero efectiva, donde Tomás se eximía a João y a la empresa de cualquier responsabilidad por su estancia en el pueblo.
Firmó con su nombre, devolvió el papel, y João lo guardó en su chaqueta.
— Está bien — dijo João, con un tono que mezclaba resignación y respeto. — Entonces me voy. Pero llámeme si necesita algo. Ya me entiende.
— Gracias, João. Y buen viaje.
João subió a la camioneta, arrancó el motor, y se alejó por la calle principal. Tomás se quedó allí, viendo cómo la camioneta se perdía entre los olivos, sintiendo una mezcla de liberación y responsabilidad. Había tomado una decisión. Ahora tenía que vivir con ella.
Cuando volvió a la pensión, Mariana estaba en la cocina, ordenando los platos del desayuno. Al verlo entrar, levantó la vista.
— ¿Se ha ido el chófer? — preguntó, como si ya lo supiera.
— Se ha ido. Me quedo.
— ¿Cuánto tiempo?
— No lo sé. Un par de días, quizá más. Necesito entender algo.
Mariana dejó los platos en el fregadero, se secó las manos en el delantal, y se sentó frente a él, junto a la mesa de madera.
— ¿Entender qué?
Tomás abrió la mochila y sacó el recipiente de barro. Lo colocó sobre la mesa, y la luz del sol poniente iluminó su superficie rugosa.
— En el ático de la finca, detrás de un muro de piedra, encontré esto. Dentro había un manuscrito, un mapa y unas monedas.
Mariana se inclinó, observando el recipiente con una mezcla de respeto y curiosidad.
— ¿Y qué dice el manuscrito?
— No lo sé del todo. Está en latín y en portugués antiguo, como el cuaderno que encontré la primera vez. Pero parece más completo. Más detallado.
Tomás sacó el manuscrito y lo desplegó sobre la mesa. Mariana lo miró, sus dedos rozando el borde de las páginas envejecidas.
— Yo no sé leer — dijo, con una honestidad que la hizo parecer más vulnerable. — Nunca aprendí bien. Pero mi hermano, él sí sabe. Es profesor en la escuela secundaria de Évora. Si usted quiere, puedo llamarlo.
Tomás sintió una oleada de esperanza.
— ¿Crees que podría ayudarme a traducirlo?
— No sé. Pero si hay alguien que pueda entender ese idioma antiguo, es él.
Tomás asintió, y sus dedos continuaron pasando las páginas del manuscrito. Mientras lo hacía, Mariana lo observaba con atención, y de repente, su mirada se detuvo en una página.
— Tomás — dijo, con una voz que había cambiado, — mire esto.
Tomás siguió la dirección de su dedo. En la página, entre líneas de texto latino, había un nombre escrito en portugués antiguo. Tomás reconoció las palabras, aunque no entendía del todo el contexto. Pero los nombres eran claros.
— "... y los Gouveia, que desde tiempos antiguos fueron guardianes de la tierra y de las aguas..." — leyó en voz alta, traduciendo para sí mismo.
Y más abajo, otro nombre:
— "... y así los Fonseca y los Gouveia unidos por el mismo pacto..."
Tomás se quedó mirando la página, sin creer lo que veía. Los Gouveia y los Fonseca. Unidos por el mismo pacto. La misma familia que él había visto en el cuaderno de Isaac Fonseca, y la suya propia.
— Esto no puede ser casual — dijo, con la voz más baja de lo que pretendía.
Mariana lo miró, y en sus ojos había una mezcla de sorpresa y algo más. Algo que Tomás no supo interpretar.
— Gouveia es su apellido, ¿verdad?
Tomás asintió, sin poder hablar.
— Eso significa que esta historia, la de la finca, la de los Fonseca, también es su historia, Tomás.
El peso de sus palabras cayó sobre Tomás como una losa. No era solo un perito enviado a hacer un informe. Era un descendiente. Un heredero de un pasado que no sabía que le pertenecía.
Cerró el manuscrito con cuidado, y lo guardó de nuevo en la mochila, junto al recipiente y el mapa. Luego, se quedó allí, sentado en la cocina de la pensión, sintiendo cómo el mundo cambiaba a su alrededor.
Mariana, a su lado, no dijo nada. Solo lo miró, y el silencio entre ellos fue suficiente.
— Mañana llamaré a mi hermano — dijo finalmente Mariana, con una voz que intentaba ser práctica, pero que no lograba ocultar del todo la emoción. — Quizá pueda venir este fin de semana.
Tomás asintió, sin apartar la vista del manuscrito guardado en la mochila.
— Gracias, Mariana.
— No me lo agradezca todavía. Primero tenemos que saber qué dice.
La tarde caía sobre el pueblo, y la luz de la chimenea empezaba a competir con el sol que se ocultaba tras los olivos. Tomás sintió que, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde debía estar.