La memoria del agua CAPÍTULO 13
27%

CAPÍTULO 13

Tomás permaneció inmóvil durante un largo minuto, con el recipiente de barro entre las manos, sintiendo su peso y su textura.

La luz del sol, que se filtraba por las rendijas del tejado, se movía lentamente sobre la superficie rugosa, iluminando los surcos del dibujo grabado. La espiral. La línea ondulada. El agua.

Guardó el recipiente con cuidado en la mochila, sintiendo cómo el objeto se acomodaba entre la cámara y los formularios. Luego, volvió a colocar la piedra en su sitio, con la misma cautela con que la había movido. El muro quedó como si nunca hubiera sido tocado.

Se levantó, se sacudió el polvo de las manos y de la ropa, y retomó su trabajo.

Aún le quedaban fotografías del tejado que tomar, y el Dr. Albuquerque sería implacable si faltaba algún detalle.

Alzó la cámara hacia las vigas y el entramado de madera, disparando el obturador una y otra vez, capturando cada grieta, cada mancha de humedad, cada teja desplazada.

La luz escasa hacía que las imágenes fueran granuladas, pero eran suficientes para el informe.

Mientras fotografiaba, su mente no estaba en el tejado. Estaba en el recipiente que descansaba en su mochila, en el objeto que había estado oculto durante quién sabe cuántos años. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Quién lo había escondido? ¿Y por qué?

El estado del tejado, como esperaba, era deplorable.

Las vigas mostraban signos claros de pudrición en varios puntos, y las tejas, muchas de ellas rotas o desplazadas, habían dejado paso al agua durante años.

La madera, negra y blanda en algunos lugares, se desmoronaba al tocarla.

Si aquella propiedad llegaba a subastarse, el tejado sería un factor determinante para reducir su valor.

Tomás hizo algunas anotaciones mentales, y luego, cuando tuvo suficientes imágenes, llenó el formulario con los datos técnicos: estado general, materiales predominantes, daños estructurales, necesidad de reparación urgente.

Pero su mente seguía en otra parte. Terminó el formulario casi sin darse cuenta, garabateando las respuestas con una letra que ni él mismo habría podido leer después.

Guardó el papel en la mochila, junto al recipiente, y sintió una extraña satisfacción.

No era solo trabajo. Era algo más. Algo que no podía explicar, pero que lo impulsaba a seguir.

Cuando hubo terminado, bajó las escaleras con la misma cautela que a la subida, probando cada escalón antes de apoyar el peso.

La madera crujía bajo sus pies, pero aguantó.

Llegó al rellano de la planta baja, atravesó la cocina, y salió al jardín trasero.

La luz del sol, ya alta, iluminaba los olivos y los alcornoques con una claridad casi cegadora.

Tomás parpadeó, acostumbrando sus ojos a la luz, y respiró hondo el aire limpio del campo.

No miró atrás. No había necesidad. Sabía que, tarde o temprano, volvería. Pero por ahora, lo que necesitaba era un lugar tranquilo, un espacio donde examinar el recipiente sin prisas, sin la presión de la finca o la sombra de Helena Fonseca.

El camino de vuelta al pueblo fue más rápido de lo que recordaba.

Sus pasos, ahora más seguros, seguían la misma ruta que había trazado la primera vez: el muro de piedra, la capilla derruida, el camino de tierra que serpenteaba entre los olivos.

El sol calentaba su rostro, y el viento movía las copas de los árboles con un rumor suave.

Cuando llegó a la plaza del pueblo, la vida seguía su curso con la misma lentitud de siempre. Un perro dormía bajo la sombra de un olivo centenario, y dos mujeres, sentadas en un banco, cuchicheaban algo que no alcanzó a oír. Tomás las ignoró y se dirigió directamente a la pensión de Mariana.

Llamó a la puerta. Los segundos se alargaron, y por un momento temió que ella no estuviera. Pero entonces, la puerta se abrió, y Mariana apareció en el umbral, con su delantal de cuadros y su sonrisa tranquila.

— Tomás — dijo, como si su nombre fuera una bienvenida. — No sabía que había vuelto.

— Llegué esta mañana — respondió él, con una voz que intentó sonar natural, pero que delataba el cansancio y la emoción. — ¿Tiene una habitación libre?

— Siempre — dijo ella, abriendo la puerta de par en par. — Pase.

Tomás entró, y el olor familiar de la pensión lo envolvió: madera, lavanda, y el eco de la chimenea apagada. Subió las escaleras hasta la misma habitación de la primera vez, y cuando abrió la puerta, encontró la cama hecha y la ventana abierta, como si hubieran estado esperándolo.

Dejó la mochila sobre la cama, se sentó en el borde, y por un momento, se quedó inmóvil, escuchando el silencio del pueblo. Luego, con manos temblorosas, abrió la mochila y sacó el recipiente de barro.

Lo colocó sobre la cama, frente a él, y lo examinó a la luz de la ventana.

La espiral, la línea ondulada, la textura rugosa del barro cocido.

Parecía antiguo, muy antiguo, pero estaba en buen estado.

El recipiente tenía una tapa, también de barro, ajustada con una precisión que hablaba de un oficio cuidado.

Tomás la levantó con cuidado, y el interior reveló su contenido.

Dentro, había tres objetos.

El primero era un rollo de pergamino, atado con un cordón de cuero envejecido.

Tomás lo desató con cuidado y desplegó el pergamino sobre la cama.

Era un mapa, más detallado que los que había visto en el cuaderno de Isaac Fonseca.

No era un mapa de carreteras ni de caminos, sino de algo más antiguo: montañas, ríos, y un punto marcado con una cruz en el centro de una espiral similar a la del recipiente.

El segundo objeto era una bolsa de cuero, pequeña, que contenía varias monedas de cobre y plata, algunas con inscripciones que parecían latinas. Tomás las dejó a un lado, sin prestarles demasiada atención. No era eso lo que buscaba.

El tercer objeto era un manuscrito. Extenso, de unas treinta páginas, encuadernado en piel de cabra, en un estado de conservación sorprendente.

Las páginas eran gruesas, de un color marfil pálido, y la tinta, de un negro profundo, no se había desvanecido con el tiempo.

La letra era menuda, cuidada, y estaba escrita en la misma mezcla de latín y portugués arcaico que el cuaderno de Isaac.

Tomás lo tomó con cuidado, sintiendo el peso del tiempo entre sus dedos. No podía leerlo entero, pero en la primera página, reconoció el nombre: "Eu, Isaac Fonseca...". Era otro testimonio. O quizá el mismo cuaderno, pero una versión más completa. Más detallada. Más antigua.

Su corazón latía con fuerza mientras pasaba las páginas con cuidado, observando los dibujos y las anotaciones.

No entendía el idioma, pero entendía el valor de lo que tenía entre las manos.

Aquel manuscrito, junto al mapa y las monedas, era un tesoro de otro tipo.

No era oro ni joyas. Era conocimiento. Era memoria.

Era la historia de un hombre que había vivido siglos atrás y que, de algún modo, había dejado su huella en el tiempo.

Tomás guardó los tres objetos en la mochila, con más cuidado aún del que había usado al sacarlos. Luego, se recostó en la cama, sintiendo cómo el cansancio y la emoción se mezclaban en su pecho. Había encontrado algo. Algo que no sabía qué era, pero que sabía que era importante.

La luz de la tarde entraba por la ventana, y el silencio del pueblo, roto solo por el canto de algún pájaro, lo envolvía como una caricia. Tomás cerró los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba exactamente donde debía estar.