CAPÍTULO 12
Tomás caminó desde la plaza hasta la pensión de Mariana, pero no entró.
Se detuvo un momento frente a la puerta azul, dudando.
La idea de hablar con ella, de contarle que había vuelto, de buscar su compañía, era tentadora.
Pero también era una distracción. Había venido a trabajar, no a buscar consuelo ni conversación.
Apretó la mochila contra el hombro y siguió caminando, cruzando el pueblo en dirección al camino de tierra que llevaba a la finca.
El sol de octubre calentaba su rostro, y el aire olía a tierra seca y a hierba pisada.
Los olivos, con sus troncos retorcidos, se alineaban a ambos lados del camino como testigos mudos de su paso.
Tomás caminó despacio, sin prisa, sintiendo el peso de la mochila y el peso de sus propios pensamientos.
No sabía exactamente qué esperaba encontrar en la finca.
Las fotografías del tejado, sí, eso era lo que el Dr. Albuquerque le había pedido.
Pero también algo más. Algo que no podía nombrar, pero que lo había impulsado a aceptar el encargo sin protestar.
En lugar de rodear la verja hacia la entrada trasera, como había hecho la primera vez, Tomás se quedó junto al portón, esperando.
Sabía que, tarde o temprano, Helena Fonseca aparecería.
El pastor Joaquim le había dicho que ella visitaba la finca a menudo, aunque solo fuera para comprobar que todo seguía en su sitio.
Y él necesitaba hablar con ella. No para pedir permiso —sabía que no lo obtendría—, sino para entender.
Para mirarla a los ojos y ver si había algo más en su hostilidad que el simple desprecio hacia los forasteros.
Esperó unos diez minutos, apoyado contra la verja, escuchando el silencio del campo.
Y entonces, como si el tiempo hubiera sido calculado al milímetro, la figura de Joaquim apareció por el camino.
El pastor llevaba su gabardina gastada y su sombrero de ala ancha, y caminaba con la lentitud de quien no tiene prisa.
— ¿Otra vez por aquí, señor? — dijo Joaquim, con su voz grave y su acento cerrado. — ¿Le ha gustado tanto el pueblo que ha vuelto?
Tomás sonrió, una sonrisa cansada pero sincera.
— El trabajo, Joaquim. Me faltaron unas fotografías de la planta superior. El jefe quiere que las tome.
— Ya, ya. Siempre falta algo. Pero bueno, es bueno ver caras nuevas. Faltan jóvenes por aquí. La gente se va, y los que quedamos ya no somos tan jóvenes.
Tomás asintió, pero por dentro sintió un leve pinchazo.
Joven. Hacía años que no se sentía joven.
Treinta y cinco años, tres empleos en cinco años, una relación a distancia que se desmoronaba, una vida que no llevaba a ninguna parte.
No, no era joven. Era solo un hombre que seguía sin saber adónde iba.
— No soy tan joven, Joaquim — dijo, con un tono que intentó ser ligero pero que no logró ocultar del todo la amargura.
— Para nosotros, todos los que no tienen canas son jóvenes — respondió el pastor, con una sonrisa que le arrugó el rostro. — Pero bueno, no se preocupe. El tiempo pasa para todos.
Fue entonces cuando apareció Helena Fonseca.
Llegó por el mismo camino de tierra, con su paso firme y su paraguas negro, aunque no había nubes en el cielo.
Llevaba un vestido oscuro y un chal sobre los hombros, y su expresión era la misma de siempre: una mezcla de hostilidad y desconfianza que no dejaba lugar a dudas.
— Usted otra vez — dijo, sin preámbulos, deteniéndose a unos pasos de Tomás. — ¿No se cansa de molestar?
Tomás se enderezó y la miró directamente a los ojos.
— Señora Fonseca, solo vengo a hacer mi trabajo. La aseguradora necesita fotografías del tejado y de la estructura de la planta superior. No quiero molestar, pero es mi obligación.
Helena lo miró con dureza, y durante un momento, Tomás pensó que iba a gritarle o a echarlo. Pero no. En lugar de eso, habló con una voz fría y medida.
— No puede pasar. La finca está en mal estado, y no voy a permitir que un extraño suba a un lugar que podría derrumbarse. Si necesita imágenes del tejado, use las de satélite. En internet hay mapas y fotografías aéreas. No necesita poner en riesgo su vida ni la integridad de la propiedad.
— Señora Fonseca...
— No hay más que hablar. Si insiste, llamaré a la policía. La finca es mía —dijo, y la palabra le tembló ligeramente—, o al menos fue mía, mientras no se decida la subasta. Y no voy a dejar que entre.
Helena dio media vuelta y se alejó por el camino de tierra, con la misma firmeza con la que había llegado.
Tomás se quedó mirándola, sintiendo una mezcla de frustración y comprensión.
No era solo hostilidad. Era miedo. Miedo a que alguien entrara en su pasado, a que removiera lo que ella había decidido enterrar.
Joaquim, a su lado, soltó un suspiro.
— Ya le dije que es así. No se lo tome a mal. Ella tiene sus razones, aunque no las comparta.
Tomás no respondió. Se quedó allí, en el camino, viendo cómo la figura de Helena se perdía entre los olivos. Y entonces, sin decir nada a Joaquim, se giró y comenzó a rodear la verja, siguiendo el mismo camino que había recorrido la primera vez.
La entrada trasera, la puerta de madera oculta por la hiedra, seguía allí, como si hubiera estado esperándolo. Tomás la empujó, y la puerta cedió con el mismo chirrido lastimero de la vez anterior. Se agachó, pasó al otro lado, y se encontró de nuevo en el jardín descuidado de la finca.
Esta vez no se detuvo a observar. Caminó directamente hacia la casa, sorteando los arbustos crecidos y las malas hierbas. La puerta de la cocina, que había dejado entreabierta la vez anterior, seguía igual. Entró, y el olor a polvo y a madera vieja lo envolvió como un manto.
La planta baja ya la conocía. El salón, la chimenea, la estantería donde había encontrado el cuaderno. Pero esta vez necesitaba subir. La escalera, que la vez anterior había evitado por su estado ruinoso, se alzaba ante él como un desafío.
Tomás puso un pie en el primer escalón. Crujió.
Puso el segundo, y el tablón se hundió ligeramente bajo su peso.
Respiró hondo y siguió subiendo, con cuidado, probando cada escalón antes de apoyar todo el peso.
La madera estaba podrida en algunos sitios, y en otros, los clavos oxidados sobresalían como pequeñas trampas.
Llegó al rellano, y desde allí, el pasillo del segundo piso se abría ante él, oscuro y silencioso.
La luz del sol, filtrada por las ventanas tapiadas, apenas lograba iluminar el espacio.
Las sombras se alargaban, deformando los contornos de las puertas y los marcos de las ventanas.
Tomás avanzó despacio, sintiendo el crujido de las tablas bajo sus pies.
El primer paso que dio en el pasillo, una tabla se partió.
El ruido fue seco y violento en el silencio, y Tomás saltó hacia atrás, con el corazón acelerado.
La tabla había cedido, dejando un agujero del tamaño de su pie.
Se asomó con cuidado y vio, a través del hueco, la planta baja, con sus muebles cubiertos de polvo.
— Mierda — murmuró, y el eco de su voz se perdió en la penumbra.
Siguió avanzando, pero ahora lo hacía con más cautela, probando cada paso antes de apoyar el peso.
A su izquierda, una puerta entreabierta mostraba un dormitorio vacío, con una cama desnuda y un armario abierto.
A su derecha, otra habitación con las cortinas desgarradas y el suelo cubierto de escombros.
Fue entonces cuando oyó el primer ruido. Un roce, un crujido, seguido de un chirrido agudo. Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Y entonces lo vio: un ratón, pequeño y gris, que corría a lo largo de la pared y desaparecía por un agujero en el zócalo.
— Solo un ratón — se dijo a sí mismo, pero su voz no sonó del todo convincente.
Siguió avanzando, y al final del pasillo, encontró la puerta que llevaba al ático. La abrió, y una nube de polvo le golpeó el rostro. Tosió, se cubrió la boca con el brazo, y entró.
El ático era un espacio amplio y bajo, con el tejado inclinado y las vigas de madera a la vista.
La luz del sol se filtraba por las rendijas de las tejas rotas, creando haces de polvo que flotaban en el aire.
En una esquina, una telaraña inmensa colgaba del techo, y en el centro, un montón de cajas y trastos viejos acumulaba polvo de décadas.
Tomás sacó la cámara y comenzó a fotografiar.
Primero las vigas, luego el estado del tejado, luego las rendijas por donde se filtraba la luz.
Hizo varios planos, desde diferentes ángulos, intentando capturar cada detalle que pudiera ser relevante para el informe.
Pero mientras trabajaba, algo le llamó la atención.
Un sonido. No era el crujido de la madera ni el roce de un ratón. Era un aleteo. Un sonido rápido y seco, como de alas golpeando el aire. Tomás levantó la vista, y entonces lo vio: un murciélago, colgado del techo, que se movía ligeramente, como si lo hubiera despertado.
— Vaya — susurró, sin saber si sentirse fascinado o inquieto.
El murciélago se movió de nuevo, y Tomás dio un paso atrás. En ese momento, su pie pisó una tabla suelta, y esta se movió con un ruido seco. El murciélago, asustado, se soltó del techo y comenzó a volar en círculos, chocando contra las vigas y emitiendo chillidos agudos.
Tomás se agachó instintivamente, protegiéndose la cabeza con los brazos. El animal, desorientado, dio varias vueltas alrededor del ático hasta que encontró una rendija en el tejado y desapareció hacia el exterior, llevándose consigo el aleteo y los chillidos.
Tomás se quedó allí, en cuclillas, respirando profundamente. El corazón le latía con fuerza, pero no era miedo. Era adrenalina. Había sido tan inesperado, tan irreal, que por un momento se había olvidado de dónde estaba.
Se levantó, se sacudió el polvo de la ropa, y continuó con su trabajo.
Pero la oscuridad del ático era intensa, y apenas veía más allá de donde la luz del sol llegaba.
Metió la mano en la mochila, buscando la linterna que juró haber llevado, pero no la encontró.
Se había olvidado. O quizá nunca la había puesto.
— Idiota — murmuró.
Siguió avanzando a tientas, moviéndose entre las cajas y los trastos viejos, sintiendo con los dedos el contorno de las vigas y las paredes. En una de las paredes, su mano tropezó con algo. No era madera. Era piedra. Y no era lisa, sino rugosa, como si hubiera sido tallada.
Tomás se detuvo y se acercó más. La pared, en aquel lugar, no era de madera como el resto del ático. Era de piedra. Un muro antiguo, de sillares irregulares, que parecía haber sido construido mucho antes que el resto de la casa.
Empujó ligeramente la piedra. No se movió. Empujó con más fuerza, y sintió que algo cedía, un crujido sordo, como de tierra y polvo que se desploma. Una de las piedras se movió, solo unos centímetros, pero suficiente para que Tomás pudiera meter los dedos en la rendija.
Forzó la piedra con todas sus fuerzas, y esta cedió, deslizándose hacia un lado con un ruido áspero. Detrás, había un hueco. Un espacio oscuro, más oscuro que el resto del ático. Tomás metió la mano, sin ver, y sus dedos rozaron algo. Un objeto. Pequeño, duro, de superficie lisa.
Lo agarró con cuidado y lo sacó. La luz del sol, filtrada por una de las rendijas del tejado, cayó sobre el objeto, y Tomás pudo ver lo que tenía en las manos.
Era un recipiente. Pequeño, de barro cocido, con una superficie rugosa y un dibujo grabado que apenas se distinguía.
Parecía antiguo, muy antiguo, como de otra época.
Tomás lo giró lentamente, examinándolo a la luz.
El dibujo, a pesar del desgaste, mostraba una espiral o un círculo, y en el centro, una línea ondulada que podía ser agua.
Un recipiente de barro. Oculto en un muro de piedra. En el ático de una casona abandonada del Alentejo.
Tomás se quedó allí, de pie en la penumbra, con el recipiente en las manos, sintiendo el peso de su descubrimiento.
No sabía qué era, ni qué significaba, ni por qué alguien lo había escondido.
Pero sabía que no era un objeto cualquiera.
Sabía que aquel recipiente, como el cuaderno antes que él, era una pieza de un rompecabezas que apenas empezaba a entender.