CAPÍTULO 11
La luz del lunes entraba por la ventana de la cocina cuando Tomás se sentó a desayunar.
El piso de Alvalade olía a café recién hecho y a pan tostado, dos olores que casi lograban disimular el desorden acumulado de los últimos días.
André estaba ya en la mesa, con una taza en una mano y el móvil en la otra, hojeando algo que no lograba captar su atención.
Tomás se sirvió café, se sentó frente a él, y durante un minuto ninguno de los dos habló. El silencio era cómodo, de los que se construyen con los años de convivencia, pero también era el silencio de dos personas que sabían que tenían cosas que decir y no sabían cómo empezar.
Finalmente, André dejó el móvil sobre la mesa y lo miró con esa expresión suya, medio irónica, medio seria, que Tomás conocía desde la infancia.
— Bueno, cuéntame. ¿Qué tal el Alentejo? ¿Sobreviviste a la lluvia?
Tomás sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
— Sobrevivir, sobreviví. Pero no fue fácil. La finca es más grande de lo que parecía en las fotografías. Y el tiempo, ya sabes, no acompañó.
— ¿Pero el trabajo bien? ¿Te pagarán el fin de semana extra?
— Supongo. El jefe dijo que sí. Pero tengo que volver el miércoles. Me faltaron fotografías de la planta superior.
André levantó una ceja, como si aquello no le sorprendiera.
— Vaya, vaya. El jefe siempre encuentra un pero. Y tu novia, ¿qué? ¿Sofía? ¿Cómo está eso?
Tomás sintió el peso de la pregunta. No era la primera vez que André se la hacía, pero esta vez el tono era distinto. Más cuidadoso. Como si supiera que la respuesta no iba a ser fácil.
— Sofía vino a Lisboa el sábado — dijo Tomás, con voz baja. — Quería sorprenderme. Pero yo estaba en el Alentejo. No pude verla hasta el lunes por la noche.
— ¿Y?
— Y... no fue bien. Está enfadada. Con razón, quizá. Pero también ha cambiado algo en ella. Desde que le mostré el cuaderno que encontré en la finca, está... no sé, obsesionada.
— ¿Cuaderno? ¿Qué cuaderno?
Tomás dudó un momento. No había hablado con André del cuaderno, ni de la historia de Isaac Fonseca, ni de la mina romana.
No porque desconfiara de él, sino porque necesitaba procesarlo primero.
Pero ahora, en la quietud de la cocina, con el café humeando entre sus manos, sintió que necesitaba decirlo.
— Encontré un cuaderno antiguo en la finca.
Escondido detrás de una estantería. Está escrito en latín y en portugués antiguo.
Sofía lo ha estado traduciendo. Parece ser el diario de un tal Isaac Fonseca, un ingeniero hidráulico que vivió en el siglo XVII.
Fue perseguido por la Inquisición. Y en el cuaderno habla de una mina romana, de un tesoro escondido en el Monte da Água.
André lo miró, y por un momento, su rostro perdió la ironía.
— ¿Un tesoro? ¿En serio?
— Eso parece. Sofía está convencida de que hay algo allí. Algo valioso. Y quiere encontrarlo.
— ¿Y tú?
— Yo no sé qué quiero. La historia de Isaac Fonseca me ha llegado, no sé cómo decirte. Era un hombre que construyó canales, que dio agua a esta tierra, y por eso lo quemaron. Su legado no debería ser un tesoro. Debería ser otra cosa.
André se quedó callado un momento, bebiendo su café lentamente. Luego, con un tono más suave, habló.
— Tú siempre has sido así, Tomás. Buscando algo que no sabes nombrar. Quizá esto sea parte de eso. Quizá tengas que encontrar tu propio camino.
— ¿Y Sofía?
— Sofía es una buena chica, pero no es tu ancla. Tú lo sabes. Ella quiere un tesoro. Tú quieres una historia. Son dos cosas distintas.
Tomás no respondió. André tenía razón, y eso era precisamente lo que le dolía. Se levantó, llevó la taza al fregadero, y se quedó mirando por la ventana. La ciudad, ahí fuera, seguía su curso, ajena a sus dudas.
— Me voy el miércoles temprano — dijo, sin volverse. — La camioneta de la empresa. Iré con el chófer.
— ¿Y Sofía?
— Se queda en Lisboa. Con el cuaderno. Dice que necesita tiempo para traducirlo.
André asintió, y luego, con un tono que intentó ser casual, añadió:
— Por cierto, yo también me voy unos días. A casa de mi tía, en el norte. Cosas de familia. No sé si te había contado.
Tomás se giró, sorprendido.
— ¿A tu tía? ¿Cuál de ellas? No sabía que tuvieras familia allí.
— Es la hermana de mi madre. Vive en una aldea cerca de Braganza. Hace años que no la veo, pero... bueno, las cosas pasan. No es importante.
Tomás percibió algo en la voz de André, un deje de evasión que no le era habitual. Pero no preguntó. Sabía que, si su primo quería contarle algo, lo haría cuando estuviera listo.
— Bueno — dijo Tomás, recogiendo su chaqueta —. Cuídate. Y llámame si necesitas algo.
— Igualmente — respondió André, con una sonrisa que no logró ocultar del todo su distancia.
A las siete de la mañana del miércoles, Tomás estaba en el garaje de la empresa.
La camioneta blanca, con el logotipo de la aseguradora, lo esperaba junto al ascensor.
Y junto a ella, como la primera vez, estaba João, apoyado contra el parachoques trasero, con su chaleco azul y sus gafas de sol baratas en la cabeza.
— Buenos días, señor Gouveia — dijo João, con su sonrisa ancha y arrugada. — Otra vez con el Alentejo, ¿eh? La empresa no le da tregua.
— Buenos días, João. Parece que sí. El jefe dice que faltan fotos de la planta superior.
— Ya me entiende. Siempre falta algo. Pero bueno, el viaje es bonito y el tiempo acompaña. ¿Se sube?
Tomás subió a la camioneta, esta vez al asiento del copiloto, ya que João había despejado el de al lado. Se ajustó el cinturón y colocó la mochila en el asiento trasero. La camioneta arrancó con el mismo rugido contenido de la vez anterior, y ascendió por la rampa hasta la calle.
Las calles de Lisboa estaban llenas de tráfico, pero a esa hora la ciudad aún no había despertado del todo. João manejaba con su calma habitual, los brazos extendidos sobre el volante, los ojos fijos en la carretera.
— ¿Qué tal el fin de semana, señor Gouveia? — preguntó João, encendiendo un pitillo que Tomás ya daba por inevitable. — ¿Trabajó mucho?
— Más de lo que me gustaría. Y también tuve una discusión con mi novia. La vida, ya sabe.
— Ya me entiende. Las mujeres son complicadas, pero sin ellas la vida es más aburrida. ¿Y la finca? ¿Qué tal?
— Hostil como siempre. No me dejaron entrar en la casa. Tuve que usar la entrada trasera.
— La entrada trasera. Sí, ya me entiende, los del pueblo conocen ese camino. Pero la señora —João hizo una pausa, como si buscara la palabra— es buena persona, solo que el pasado pesa. No se la tome a mal.
La conversación siguió fluyendo, ligera y cómoda, mientras la camioneta se alejaba de Lisboa y se adentraba en la llanura.
El paisaje, esta vez bañado por un sol de octubre que iluminaba los olivos con una luz dorada, era casi hermoso.
Tomás se sintió un poco más tranquilo, aunque el peso de los últimos días aún le oprimía el pecho.
Fue entonces cuando, a la altura de una gasolinera abandonada, vieron a un hombre haciendo autostop.
Era un hombre mayor, de unos sesenta años, con una mochila gastada y una chaqueta de lana que parecía haber visto días mejores.
Llevaba un sombrero de ala ancha y, al ver la camioneta, levantó la mano con un gesto que era más esperanzado que exigente.
— ¿Paramos? — preguntó João, mirando a Tomás.
Tomás dudó un momento. En Lisboa, nunca habría parado. Pero allí, en la carretera vacía del Alentejo, sintió que era lo correcto.
— Paremos.
João redujo la velocidad y detuvo la camioneta junto al hombre. El autoestopista se acercó, y cuando vio el logotipo de la aseguradora, esbozó una sonrisa.
— Buenas — dijo, con un acento del Alentejo que apenas se entendía —. ¿Me llevan hasta Évora? O hasta donde lleguen. No tengo prisa.
— Hasta cerca de Évora llegamos — dijo Tomás. — Si no le importa ir en la parte de atrás...
— No me importa. Llevo años viajando en asientos peores.
El hombre subió a la parte trasera de la camioneta, donde se sentó en el suelo, apoyando la mochila contra la pared metálica. Tomás se giró para mirarlo.
— ¿Viaja solo? — preguntó.
— Siempre viajo solo, amigo. La vida es más ligera cuando no hay que cargar con nadie más.
— ¿Y adónde va? — preguntó Tomás, con curiosidad genuina.
El hombre se encogió de hombros.
— A donde me lleve el viento. Pero el viento de estos días sopla hacia el sur. Así que el sur.
João, que había reanudado la marcha, intervino desde el volante.
— En el sur no hay mucho, amigo. Solo olivos y alcornoques.
— Y agua — dijo el hombre, con una sonrisa que mostraba dientes amarillentos. — No lo olvide. En el sur hay agua. Solo hay que saber buscarla. Hay viejas norias romanas y acuíferos si uno sabe mirar.
Tomás sintió un escalofrío. La frase, dicha con tanta naturalidad, le recordó las palabras de Isaac Fonseca, las del mapa, las del cuaderno.
— ¿Agua? — preguntó, con cautela. — ¿Qué sabe del agua en el sur?
El hombre lo miró, entrecerrando los ojos contra el reflejo del sol.
— Los viejos del Alentejo sabemos que el agua no está a la vista.
Hay corrientes subterráneas. Siempre abajo.
Algunos buscan durante años cavando pozos secos sin éxito, pero si conoces los desniveles, si te fijas en dónde la tierra es más húmeda al amanecer o dónde crecen ciertas hierbas, siempre hay una señal.
— ¿Y cómo se lee la tierra? — preguntó Tomás, sin poder contener la curiosidad.
El hombre sonrió, apoyando las manos curtidas sobre sus rodillas.
— Caminando, amigo. Recorriendo el terreno. Los libros y los mapas de la ciudad no te dicen dónde pisar. La tierra tiene sus marcas, solo hay que tener la paciencia de observarla.
La conversación continuó durante unos minutos más.
El autoestopista habló de las sequías, de las lluvias, de los campos de cultivo.
Habló de los antiguos canales, de las acequias que los romanos construyeron y que los agricultores de la zona aún recordaban a medias.
Habló con la sabiduría empírica de quien ha trabajado la tierra durante décadas.
Finalmente, cuando la camioneta se acercaba a un cruce que llevaba a una pequeña aldea, el hombre pidió que lo dejaran allí.
— Aquí está bien — dijo, recogiendo su mochila. — Desde aquí, el camino lo conozco. Y la tierra, amigo, ya me entiende, la tierra no engaña a quien sabe mirarla.
Tomás y João se despidieron con un gesto, y la camioneta continuó su marcha. Tomás se quedó mirando por el espejo retrovisor la figura del hombre, que se alejaba por el camino de tierra, pequeño y solitario bajo el sol de octubre.
— Extraño tipo — comentó João.
— Sí — dijo Tomás. — Pero sabía de lo que hablaba.
— El Alentejo está lleno de gente así. Campesinos que han vivido en la tierra toda su vida y que saben cosas prácticas que los de la ciudad ignoramos. Ya me entiende.
La camioneta llegó a la aldea pasadas las once. El sol brillaba, el cielo estaba despejado, y el pueblo, con sus casas blancas y sus calles empedradas, parecía un lugar de otro tiempo. João aparcó la camioneta en la misma plaza donde Tomás había aparcado su coche unos días antes.
— Aquí estamos, señor Gouveia. ¿Cuándo quiere que lo recoja?
— No sé cuánto tardaré. Llámeme cuando quiera, y le digo.
— Perfecto. Entonces, buena suerte. Le espero aquí cuando termine.
Tomás sonrió, cogió su mochila y se bajó de la camioneta.
La plaza estaba vacía, solo algún viejo sentado en un banco, y el olor a pan recién horneado venía de algún lugar cercano.
Tomás respiró hondo el aire limpio del Alentejo, sintiendo que, a pesar de todo, aquel lugar tenía algo que lo llamaba, algo que iba más allá del trabajo y de las obligaciones.
Caminó hacia la pensión de Mariana, con la mochila al hombro, dispuesto a empezar su segunda visita al Monte da Água.