CAPÍTULO 8
La luz del amanecer se filtraba por la ventana cuando Tomás abrió los ojos.
El cielo, despejado por primera vez en dos días, mostraba un azul limpio y brillante que parecía un espejo recién pulido.
La lluvia había cesado durante la noche, y el viento se había llevado las nubes, dejando tras de sí un paisaje lavado y reluciente.
Desde la ventana de la habitación, podía ver los tejados de las casas del pueblo brillando bajo la luz del sol, y al fondo, las colinas verdes que se perdían en el horizonte.
Se levantó, estiró los brazos y sintió un dolor sordo en la espalda, herencia del día anterior y de las horas de conducción bajo la lluvia.
Se duchó con agua caliente —un lujo después de la noche fría— y se vistió con ropa limpia.
La chaqueta, que había dejado secar junto a la ventana, seguía húmeda, pero era lo único que tenía.
Se la puso, recogió su mochila y bajó a la cocina.
Mariana estaba allí, como la noche anterior, removiendo algo en una cazuela.
El olor a café recién hecho y a pan tostado llenaba la estancia, y la chimenea, ya apagada, aún desprendía un calor residual que hacía la cocina acogedora.
Al verlo entrar, Mariana le dedicó una sonrisa, esa sonrisa tranquila que parecía suya y solo suya.
— Buenos días. ¿Ha descansado bien?
— Como un tronco — dijo Tomás, sentándose en la misma silla de la noche anterior. — La cama era muy cómoda.
— Me alegra. ¿Le apetece un café? El pan está recién hecho.
— Sí, gracias. Está todo perfecto.
Mariana sirvió dos tazas humeantes y colocó un plato con pan tostado y mermelada sobre la mesa. Tomás se sirvió un poco de todo y comió con apetito, sintiendo cómo el calor del café y el pan recién hecho le devolvían la energía.
La cocina estaba en silencio, roto solo por el rumor del café al ser vertido y el crujido del pan al ser mordido.
Tomás observó a Mariana, que estaba de pie junto a la ventana, bebiendo su café a sorbos lentos.
La luz del sol le daba de lleno en el rostro, iluminando sus ojos y los pequeños mechones de pelo que se escapaban de su coleta.
Era una imagen que, sin saber por qué, le pareció hermosa.
— Ayer le dije que podía ayudarle — dijo Mariana, rompiendo el silencio. — He estado pensando. Si quiere entrar en la finca, hay una forma que los del pueblo conocemos. No es un secreto, pero tampoco es algo que se diga a cualquiera.
Tomás dejó la taza sobre la mesa y la miró con atención.
— ¿Una forma de entrar?
— La puerta principal, la que da al portón, está siempre cerrada. Pero hay una entrada en la parte trasera de la casa, detrás de la capilla. Es un pasadizo que usaban los criados en los viejos tiempos. No es bonito ni cómodo, pero está abierto. Al menos, lo estaba la última vez que alguien lo usó.
— ¿Y la señora Helena lo sabe?
Mariana asintió.
— Lo sabe. Es más, ella misma lo usa a veces para ir a la finca sin tener que pasar por el portón. Pero es su manera de mantener el control. Si no se lo dice a nadie, nadie puede entrar. Pero yo se lo digo a usted, porque, la verdad, no creo que vaya a encontrar lo que busca.
— ¿Qué quiere decir?
Mariana se encogió de hombros.
— La casa está vacía. No hay muebles, no hay objetos de valor, no hay nada que merezca la pena.
Los Fonseca se fueron llevándose lo que podían, y lo que dejaron, el tiempo y la humedad lo han destruido.
Usted podrá tomar todas las fotografías que quiera, pero no encontrará ninguna maravilla. Solo paredes desconchadas y polvo.
Tomás la escuchó en silencio, procesando sus palabras.
— Entonces, ¿qué busca el cliente que envió a la aseguradora? — preguntó Mariana, con una curiosidad genuina. — ¿Por qué quieren hacer un informe tan detallado de una casa vacía?
Tomás se quedó pensando. Era una pregunta que él mismo se había hecho varias veces, pero a la que no había encontrado respuesta.
— No lo sé — admitió. — Mi jefe me dijo que el cliente cambió de opinión, que ahora quieren construir algo grande. Un centro de recreación, un hotel, no sé. Pero no me dieron más detalles. Solo me pidieron las fotografías, el vídeo y las referencias de la zona.
— ¿Y usted no sabe qué quieren construir?
— No. Pero cuando regrese con la información, lo averiguaré. Es lo que prometí a mi jefe.
Mariana lo miró un momento, como si evaluara sus palabras.
— Entonces, es mejor que vaya. El tiempo está bueno, y si quiere llegar antes de que el sol se ponga, no debería perder más tiempo.
Tomás se levantó, recogió su mochila y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió hacia Mariana.
— ¿El pasadizo? ¿Cómo se entra?
— Por detrás de la capilla. Hay una puerta de madera, casi oculta por la hiedra. Está sin candado. Una vez dentro, siga el pasillo hasta el final. Llegará a la cocina de la casa. Esa es la única forma de entrar sin llave.
Tomás asintió, agradecido.
— Gracias, Mariana. De verdad.
— No es nada. Y cuidado con el suelo. La madera está podrida en algunos sitios.
Tomás abrió la puerta para salir, y fue entonces cuando su móvil vibró. La pantalla se iluminó con el nombre de Sofía. Su corazón dio un vuelco, un latido incómodo que no supo interpretar. Sofía llamaba. Por primera vez desde la discusión, Sofía llamaba.
Tomás miró la pantalla, luego a Mariana, que lo observaba con curiosidad desde la cocina. Dudó un momento. Sabía que debería contestar. Sofía era su novia, llevaban dos años juntos, ella había llamado después de días de silencio. Pero algo, en aquel momento, lo detuvo.
Dejó que el teléfono vibrara hasta que dejó de sonar. La llamada pasó al buzón de voz.
Mariana, desde la cocina, no dijo nada. Solo lo miró con una expresión que Tomás no supo interpretar, y luego volvió a su café.
Tomás guardó el teléfono en el bolsillo y salió a la calle.
La aldea, bajo la luz del sol, era un lugar completamente diferente al que había visto la noche anterior.
Las calles empedradas brillaban, y las macetas de geranios en los alféizares de las ventanas explotaban de color.
El pueblo olía a tierra mojada y a pan recién horneado, y los primeros vecinos comenzaban a salir de sus casas, saludándose con la parsimonia de quienes tienen todo el tiempo del mundo.
Tomás caminó por la calle principal, observando el ir y venir de la vida rural.
Un anciano con un sombrero de paja se sentaba en un banco frente a su casa, leyendo un periódico.
Dos mujeres, con bolsas de tela colgadas del brazo, charlaban en la puerta de una tienda de ultramarinos.
Un perro, tumbado al sol, estiraba las patas sin preocuparse por nada.
Todo era tan lento, tan pausado, tan ajeno a la vida que Tomás había dejado atrás en Lisboa.
Allí, en la ciudad, la vida era una carrera: el trabajo, las facturas, el tráfico, las obligaciones.
Allí, todo tenía prisa. Pero en aquel pueblo, la vida se movía a otro ritmo, un ritmo que él casi había olvidado que existía.
Por un momento, se sintió fuera de lugar, un extraño en un mundo que no era el suyo.
Pero también sintió una extraña paz, como si aquella lentitud, aquella calma, pudiera ser un refugio.
Se preguntó cómo sería la vida en un lugar así.
Sin las prisas. Sin el ruido. Sin la presión constante de tener que ser alguien, de hacer algo, de demostrar algo.
Guardó esa imagen en su memoria, como un recuerdo que aún no era suyo, y continuó caminando hacia el coche.
El viaje hasta la finca fue rápido. La carretera, seca y brillante bajo el sol, se deslizaba sin contratiempos.
Tomás recorrió el camino de tierra hasta llegar al portón principal, lo rebasó, y siguió el muro hasta encontrar de nuevo la capilla.
Aparcó el coche junto a la misma puerta de madera que había usado el día anterior, pero en lugar de entrar, rodeó la capilla siguiendo las instrucciones de Mariana.
Detrás de la capilla, tal como ella había dicho, encontró una puerta pequeña, casi oculta por la hiedra. Era de madera vieja, con el barniz desgastado y las bisagras oxidadas. La empujó, y la puerta se abrió con un chirrido largo y lastimero.
El pasadizo era estrecho y oscuro, con paredes de piedra y un suelo de tierra apisonada.
El olor a humedad era intenso, y el aire, frío, se pegaba a la piel.
Tomás encendió la linterna de su móvil y avanzó con cuidado, siguiendo el pasillo que se perdía en la penumbra.
La luz de la linterna bailaba sobre las paredes, revelando manchas de humedad y grietas profundas.
El pasillo se curvó a la derecha y, al final, se encontró con una puerta. La empujó, y la puerta se abrió a una estancia amplia y oscura. La cocina. Tal como Mariana había dicho.
Tomás se quedó un momento en el umbral, observando.
La cocina era grande, con una chimenea apagada y una mesa de madera en el centro.
Los muebles, lo que quedaba de ellos, estaban cubiertos de polvo, y las telarañas colgaban de los rincones como cortinas viejas.
El suelo, de baldosa rota, crujía bajo sus pies al dar el primer paso.
Sacó la cámara y comenzó a trabajar. Primero, un plano general de la cocina.
Luego, primeros planos de los detalles: la chimenea, la mesa, las marcas en las paredes.
Después, se movió hacia las otras estancias.
El salón, con sus ventanas tapiadas y su suelo de madera carcomida.
Las escaleras, que crujían bajo su peso al subirlas.
Los dormitorios, con sus camas vacías y sus armarios abiertos.
Cada fotografía era un testimonio del abandono, una prueba de que aquella casa había estado vacía durante décadas.
Pero también había algo más, algo que Tomás no podía definir con palabras.
Una sensación, una presencia, un eco de lo que había sido.
Como si las paredes guardaran la memoria de quienes las habitaron, y esa memoria estuviera esperando, paciente, a ser descubierta.
Llenó los formularios, anotó cada detalle, grabó el vídeo que le había pedido el Dr. Albuquerque.
La luz del sol, que entraba por las rendijas de las ventanas tapiadas, se movía lentamente por las estancias, marcando el paso del tiempo.
Tomás trabajó sin prisa, sintiendo que aquella casa, a pesar de su ruina, merecía ser registrada con cuidado.
Al final, cuando todo estuvo hecho, se quedó un momento en el salón, mirando el polvo que flotaba en los rayos de sol.
Sintió una extraña conexión con aquel lugar, una sensación de que, de algún modo, aquella casa y él estaban relacionados.
No sabía por qué, pero lo sintió. Como si las paredes, los suelos, el aire mismo de aquella estancia, guardaran un eco de algo que él aún no comprendía.
Guardó la cámara en la mochila, ajustó la correa sobre el hombro y se dirigió hacia la puerta del pasadizo. Ya había hecho todo lo que podía hacer. El informe estaba completo. No había motivo para quedarse.
Fue entonces cuando lo oyó.
Un sonido leve, casi imperceptible, como el roce de algo contra la madera. Un crujido, o quizá un golpe seco, que llegaba desde alguna parte de la casa. Tomás se detuvo en seco, el corazón acelerado, y aguzó el oído.
Silencio.
Esperó unos segundos, conteniendo la respiración, pero no volvió a oír nada. Pensó que sería el viento, o la madera vieja que se contraía con el calor del mediodía. Todo en aquella casa crujía, todo se movía, todo estaba en un estado de descomposición lenta. Seguro que era eso.
Dio unos pasos hacia la puerta, pero el sonido volvió a repetirse. Esta vez, más claro. Venía de detrás de él, de la pared del fondo, donde una vieja estantería vacía se apoyaba contra el muro.
Tomás se giró y caminó hacia la estantería.
La examinó con atención. Era de madera oscura, con los estantes combados por el peso de los años.
La empujó ligeramente, y la estantería se movió con un chirrido.
Detrás, la pared mostraba una pequeña oquedad, como si alguien hubiera retirado un ladrillo y luego lo hubiera colocado de nuevo.
Se arrodilló y tocó el ladrillo. Estaba suelto. Lo movió con cuidado, y el ladrillo cedió, dejando al descubierto un hueco oscuro. Metió la mano, y sus dedos rozaron algo. Un objeto. Lo agarró con cuidado y lo sacó.
Era un cuaderno. Pequeño, de tapas de cuero oscuro, gastado por el tiempo.
Las páginas, amarillentas, estaban llenas de una caligrafía apretada y meticulosa, escrita con tinta que se había vuelto marrón con los años.
Tomás lo abrió por una página al azar y trató de leer.
No entendía nada. Las palabras no eran portugués.
No eran español. Eran otra cosa. Quizá latín.
O quizá una lengua antigua que no sabía identificar.
Pasó las páginas con cuidado. Había dibujos, diagramas, líneas que parecían mapas, y en algunas hojas, símbolos que no reconocía. El cuaderno parecía antiguo, muy antiguo, como de otra época. Como de los siglos que la casa llevaba en pie.
Tomás se quedó mirando el cuaderno, sin saber qué hacer con él. No era un objeto valioso, al menos no en apariencia. Pero algo en su interior le decía que no debía dejarlo allí. Que aquel cuaderno, de algún modo, formaba parte de la historia de la casa, y quizá de la historia de los Fonseca.
Optó por llevárselo. Lo metió en la mochila, junto a la cámara y los formularios, y volvió a colocar el ladrillo en su sitio. Luego, sin mirar atrás, atravesó la puerta del pasadizo y cerró la puerta tras de sí.
La oscuridad se cerró a sus espaldas.
Afuera, el sol brillaba, y el viento movía las copas de los alcornoques con un rumor suave.
Tomás subió al coche, guardó la mochila en el asiento de al lado, y se quedó un momento mirando la finca a través del parabrisas.
En su memoria, el peso del cuaderno en la mochila era una presencia silenciosa, un objeto que no sabía qué significaba, pero que intuía que cambiaría algo.
No sabía si volvería a aquel lugar. Probablemente no. Pero algo, en el fondo de su memoria, le decía que el Monte da Água no había terminado con él.
Arrancó el motor y emprendió el camino de vuelta.