La memoria del agua CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El viaje de vuelta a Lisboa fue más largo de lo que Tomás recordaba.

La carretera, que en la ida se le había antojado interminable, en el regreso parecía haberse estirado aún más, como si el Alentejo no quisiera soltarlo.

Condujo en silencio, sin radio, sin música, con el único acompañamiento del rumor del motor y el peso del cuaderno en la mochila, que descansaba en el asiento del copiloto como un objeto vivo.

Llegó a la oficina pasadas las cuatro de la tarde del lunes. El edificio estaba en su hora más tranquila, con la mayoría de los empleados ya ausentes o en reuniones de última hora. Subió a su mesa, dejó la mochila sobre la silla, y se dirigió al despacho del Dr. Albuquerque.

El jefe estaba sentado detrás de su mesa, con el mismo chaquetón azul marino y la misma expresión de cansancio severo. Al ver a Tomás, levantó una ceja.

— ¿Ya está de vuelta? Pensé que volvería el lunes por la noche, no a primera hora.

— El trabajo estaba en la finca. He hecho todas las fotografías, el vídeo y las referencias de la zona. Aquí tiene.

Tomás colocó la carpeta sobre la mesa, junto con una memoria USB que contenía las imágenes y el vídeo.

El Dr. Albuquerque abrió la carpeta, hojeó los formularios con atención, y luego conectó la memoria USB a su ordenador.

Durante unos minutos, no habló. Solo miraba las fotografías, pasando de una a otra con una lentitud que Tomás encontraba exasperante.

Finalmente, el Dr. Albuquerque cerró la carpeta y reclinó la silla.

— Está bien. Las fotografías son correctas. Pero falta algo fundamental.

— ¿Falta algo?

— El cliente quiere un informe sobre el estado del tejado y de la estructura de la planta superior. No tiene ninguna imagen del interior desde arriba. Solo exteriores y la planta baja.

Tomás sintió una punzada de frustración.

— No pude entrar. La llave no funcionaba en el portón principal, y la puerta trasera solo daba acceso a la cocina y a la planta baja. Las escaleras estaban en muy mal estado. No me atreví a subir.

El Dr. Albuquerque lo miró con una expresión que mezclaba comprensión y firmeza.

— Entiendo que era difícil, Gouveia. Pero el cliente necesita esa información. Sin ella, no podemos completar el informe. Va a tener que volver.

— ¿Volver? ¿Cuándo?

— El miércoles. Así tiene tiempo para preparar el material y descansar. Pero esta vez, vaya con la camioneta de la empresa. Le asignaré un chófer para que no tenga que conducir usted. Así podrá concentrarse en el trabajo y regresar el mismo día si es necesario.

Tomás asintió, aliviado por el día de margen, pero aún frustrado por tener que repetir el viaje.

— De acuerdo — dijo, con un tono que intentó sonar profesional pero que salió más cansado de lo que habría querido.

— Bueno. El miércoles a las siete, entonces. El chófer lo recogerá en la oficina.

Tomás asintió, recogió sus cosas y salió del despacho.

La frustración se acumulaba en su pecho como una marea.

Había conducido más de doscientos kilómetros bajo la lluvia, había dormido en una pensión desconocida, había descubierto un cuaderno misterioso, y ahora le decían que todo había sido insuficiente.

Llegó al piso de Alvalade pasadas las seis. André estaba en la cocina, preparándose algo para cenar. Al verlo entrar, levantó la vista de la sartén.

— ¿Ya estás aquí? Creía que volvías el lunes.

— Hoy es lunes. He vuelto. Pero el jefe quiere que vuelva el miércoles. Me faltaron unas fotografías de la planta superior.

André soltó una risa corta, la misma risa irónica de siempre.

— Vaya, vaya. La vida de perito. Fin de semana incluido.

Tomás dejó la mochila en una silla y se sentó. El cansancio le pesaba en los hombros, y la frustración le nublaba la mente. André lo observó un momento y luego, como si recordara algo, habló:

— Por cierto, Sofía llamó ayer. Dijo que había llegado a Lisboa, que quería verte. Le dije que estabas en el Alentejo, que no sabía cuándo volvías. Parece que quería sorprenderte.

Tomás sintió un vuelco en el estómago. Sofía. Había llamado, y él no había contestado. Había viajado a Lisboa, y él no estaba.

— ¿Dónde se aloja?

— Dijo que en un hotel cerca de la Plaza de la Independencia. No recuerdo el nombre. Pero que la llamaras cuando volvieras.

Tomás cogió el teléfono. No había mensajes de Sofía desde la llamada que él no había contestado. Quizá ella esperaba que él la llamara. O quizá ya no esperaba nada.

Marcó su número. Sonó cuatro veces antes de que ella atendiera.

— Tomás.

Su voz sonaba fría, distante, como si hubiera estado esperando aquella llamada pero ya no supiera qué hacer con ella.

— Sofía. Me han dicho que estás en Lisboa.

— Sí. Llegué el sábado. Quería verte, pero no estabas. Me dijeron que estabas en el Alentejo.

— Lo siento. No sabía que venías.

— No te lo dije porque quería sorprenderte. Pero parece que la sorpresa ha sido para mí.

El reproche estaba ahí, contenido pero presente. Tomás sintió el peso de sus propias decisiones, de sus prioridades desordenadas.

— ¿Dónde te alojas? Voy para allá ahora mismo.

— En el Hotel Independencia, cerca de la Plaza de la Independencia. Pero no te molestes si estás cansado.

— No me molestes. Espérame.

Colgó, cogió la chaqueta y se dirigió a la puerta. André, desde la cocina, lo vio salir sin decir nada.

El viaje hasta el hotel fue corto, apenas quince minutos en coche. Estacionó en una calle cercana y entró en el lobby, un espacio pequeño y acogedor con muebles de madera oscura. Sofía estaba sentada en un sofá, con un libro abierto sobre las rodillas, pero no estaba leyendo. Miraba la puerta.

Cuando lo vio, se levantó. Llevaba un jersey gris y el pelo suelto, y tenía una expresión que Tomás conocía bien: la de alguien que ha esperado demasiado y ya no sabe qué sentir.

— Hola — dijo ella, con una voz que intentaba sonar neutra.

— Hola — respondió él.

Se quedaron un momento en silencio, como dos desconocidos que no supieran cómo empezar una conversación. Finalmente, Sofía habló.

— Llevo dos días en Lisboa. He llamado a tu primo, he llamado a tu teléfono, he esperado. Y tú no estabas. No has contestado ninguna de mis llamadas. No has devuelto ningún mensaje.

— Lo sé. Lo siento. El trabajo me ha desbordado.

— Siempre el trabajo — dijo ella, y la frase, repetida tantas veces, sonó esta vez como un final, no como un reproche.

Tomás sintió que perdía el equilibrio. Se sentó en el sofá junto a ella, y Sofía se apartó ligeramente, un gesto mínimo pero significativo.

— No he sido justo contigo — dijo él. — Lo sé. El encargo llegó de repente, y no supe cómo decir que no. Pero no es excusa. Debería haberte llamado, debería haberte explicado.

— ¿Y qué me dirías, Tomás? ¿Que una vez más el trabajo es lo primero? Porque ya lo sé. Lo sé desde hace dos años.

— No es solo el trabajo. Es que estoy perdido. No sé qué hago con mi vida. No sé adónde voy. Y cuando tengo que decidir entre algo que me da seguridad y algo que me da... no sé, algo que me da paz, siempre elijo lo seguro.

Sofía lo miró, y sus ojos, antes fríos, se suavizaron un poco.

— ¿Y qué te da paz? — preguntó.

Tomás pensó en la aldea, en el Alentejo, en la luz dorada y el silencio. Pensó en Mariana, en su sonrisa tranquila y en la cocina con la chimenea encendida. Pensó en el cuaderno, en su peso en la mochila, en esa conexión extraña que había sentido en la casa vacía.

— No lo sé — dijo, y era verdad. — Pero estoy empezando a buscarlo.

Sofía se quedó callada un momento. Luego, como si hubiera tomado una decisión, se inclinó hacia él.

— ¿Qué tienes en la mochila? — preguntó, señalando la mochila que Tomás había dejado en el suelo.

Tomás dudó un instante, pero luego la abrió y sacó el cuaderno.

— Lo encontré en la casa. Detrás de una estantería, escondido en un hueco en la pared. No sé qué es. Está en un idioma que no reconozco.

Sofía tomó el cuaderno con cuidado. Lo abrió por la primera página, y sus ojos recorrieron las líneas escritas a mano. Su expresión cambió, pasando de la curiosidad inicial a un hambre intelectual casi palpable.

— Es latín — dijo, con fascinación en la voz—. Latín medieval, para ser exactos. Y algo más. Hay palabras en portugués arcaico, y algunos símbolos que parecen hebreos.

— ¿Puedes leerlo?

— No todo. Pero algo sí. Esto es oro, Tomás... Soy historiadora. ¿Sabes lo que un documento primario inédito de esta época podría significar para mi carrera? He estudiado lenguas antiguas durante años esperando toparme con algo así.

Pasó las páginas lentamente, con la misma atención con que un arqueólogo examinaría un hallazgo. De vez en cuando, detenía la mirada en una palabra o en un dibujo, y fruncía el ceño.

— Esto es... es un diario. O un registro.

Alguien escribió esto hace mucho tiempo.

Hay fechas. Hay nombres. Hay mapas. Y hay algo más...

— Sus dedos se detuvieron en una página donde un diagrama ocupaba casi todo el espacio.

— ¿Ves esto? Parece un mapa. Pero no de calles ni de caminos.

Son líneas que podrían ser cursos de agua.

Y hay una anotación al margen: "Aqui nasce a vida que ninguém vê".

Tomás sintió un escalofrío. La misma frase que había visto en el mapa que no había encontrado, la que imaginaba en la carpeta que el Dr. Albuquerque le había entregado.

— ¿Cómo sabes eso? — preguntó, con la voz más aguda de lo que pretendía.

— Está aquí. En latín y en portugués antiguo. "Hic nascitur vita quam nemo videt. Aqui nasce a vida que ninguém vê." Es la misma frase.

Sofía continuó pasando páginas, y Tomás se inclinó sobre su hombro, observando. Las palabras, los dibujos, los símbolos, todo cobraba un significado nuevo. El cuaderno no era un objeto cualquiera. Era un testimonio. Un registro de algo que alguien, hacía siglos, había querido preservar.

Sofía llegó a una página donde la caligrafía cambiaba, volviéndose más apretada y más antigua. Leyó en voz baja, traduciendo mientras avanzaba.

"No ano de 1665, no dia de São João, o juiz da Inquisição chegou a Évora. Os homens que sabiam das águas foram chamados a comparecer. Isaac Fonseca, engenheiro hidráulico, foi acusado de... práticas judaicas... e de... desviar as águas... para favorecer os castelhanos..."

La voz de Sofía se fue apagando, y sus ojos se abrieron con una expresión de asombro.

— Tomás — dijo, lentamente —. Esto no es un simple diario. Es un testimonio. La historia de alguien que fue perseguido por la Inquisición. Y es un Fonseca. Un antepasado de la familia de la finca.

Tomás sintió un nudo en el estómago. El cuaderno no era solo un objeto misterioso. Era una puerta. Una puerta a un pasado que él apenas empezaba a comprender.

Sofía continuó leyendo, traduciendo cada palabra con una lentitud meticulosa. Tomás la escuchaba, absorto, sintiendo cómo las palabras del pasado tejían una historia que, de algún modo, comenzaba a rozar la suya.

El reloj de la recepción marcaba las nueve de la noche cuando Sofía levantó la vista del cuaderno.

— Esto es solo el principio — dijo, con una mezcla de emoción y agotamiento. — Hay decenas de páginas. Si me das tiempo, puedo leerlo todo. Pero necesito concentración. Y silencio.

Tomás la miró, y por primera vez en días, sintió que algo empezaba a tener sentido.

— Tómate todo el tiempo que necesites — dijo.

Sofía asintió, y sus dedos volvieron a las páginas del cuaderno, buscando el hilo de una historia que había estado esperando siglos para ser contada.

La luz de la lámpara del lobby caía sobre el cuaderno, iluminando las palabras que habían sobrevivido al tiempo, y mientras ella leía, las páginas se transformaban en imágenes: un Alentejo antiguo, una familia perseguida, un hombre que había construido canales de agua para salvar a los suyos.

Y así, en el silencio del hotel, comenzó a desplegarse la historia de Isaac Fonseca y su viaje a través de una tierra que ya no era la misma, pero que aún guardaba sus secretos.