La memoria del agua CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El sol se había puesto detrás de las colinas, y con él se había ido la poca luz que quedaba.

El cielo, antes gris y plomizo, se había vuelto de un azul oscuro, casi negro, salpicado de nubes bajas que aún amenazaban lluvia.

Tomás había estado dando vueltas por la finca durante horas, fotografiando cada rincón, cada árbol, cada grieta en la fachada, pero el cansancio y la humedad comenzaban a pasarle factura.

La chaqueta, empapada, le pesaba sobre los hombros, y los dedos, entumecidos por el frío, apenas podían manejar la cámara.

Decidió que era suficiente. No había conseguido entrar en la casa, pero las fotografías exteriores eran más que suficientes para el informe.

La luz se estaba yendo, y el mal tiempo, lejos de remitir, parecía intensificarse.

El viento, frío y cortante, se había levantado de repente, moviendo las copas de los alcornoques con un rumor seco y amenazante.

Guardó la cámara en la mochila, ajustó la correa sobre el hombro, y emprendió el camino de vuelta.

La puerta trasera, la que había usado para entrar, seguía entreabierta, y la atravesó sin dificultad.

El portón principal, con su cerradura oxidada y su llave inútil, quedó atrás mientras se alejaba en el coche.

El viaje de vuelta a la aldea fue silencioso.

Las carreteras, vacías y húmedas, se deslizaban bajo sus ruedas como cintas negras.

La noche caía rápido, y los faros del coche apenas lograban iluminar más allá de unos metros.

Tomás encendió la calefacción, pero el aire que salía era tibio, no caliente. Otro problema para la lista.

Cuando llegó a la aldea, el pueblo estaba en penumbras.

Las calles, vacías, se perdían en la oscuridad, y solo algunas ventanas mostraban la luz cálida y amarilla de las lámparas interiores.

Tomás redujo la velocidad y recorrió la calle principal, buscando algún cartel, alguna indicación de un lugar donde pasar la noche.

No había hotel a la vista. No había hostal. Solo casas bajas y silenciosas, con las puertas cerradas y las persianas bajadas. Pensó en dormir en el coche, pero el frío y la humedad lo desanimaron. Necesitaba una cama, una ducha caliente, un lugar donde secar la ropa y recomponerse.

Fue entonces cuando vio un cartel de madera, colgado de una farola oxidada, que apenas se distinguía en la oscuridad. Las letras, pintadas a mano, decían: "Pensión San Pedro – cuartos disponibles". Debajo, una flecha señalaba una calle lateral.

Tomás siguió la flecha. La calle era estrecha, empedrada, flanqueada por casas encaladas con macetas de geranios en los alféizares.

Al final, una casa más grande que las demás, con una fachada blanca y una puerta de madera pintada de azul, mostraba un letrero idéntico al del cartel. Pensión San Pedro.

Aparcó el coche frente a la puerta, cogió la mochila, y se dirigió a la entrada. Llamó al timbre, un sonido metálico y antiguo, y esperó. La puerta se abrió al cabo de unos segundos, y una mujer asomó la cabeza.

Era joven, de unos treinta años, con el pelo castaño recogido en una coleta desordenada y una expresión de cansancio amable. Llevaba un delantal de cuadros sobre un jersey grueso, y en la mano sostenía un trapo de cocina.

— Buenas noches — dijo, con una sonrisa que suavizaba su rostro. — ¿Busca habitación?

Tomás asintió, aliviado.

— Sí, por favor. He estado trabajando en la finca de los Fonseca y el tiempo me ha pillado. ¿Tiene alguna libre?

La mujer abrió la puerta del todo y lo invitó a pasar.

— Entre. Tengo una habitación en la primera planta. No es grande, pero es cómoda. ¿Cuántas noches?

— Una. Mañana temprano tengo que seguir trabajando.

— Perfecto. Pase, le enseño.

El interior de la pensión era acogedor, con paredes encaladas y vigas de madera oscura en el techo.

Una escalera estrecha, con peldaños gastados por el uso, subía hacia las habitaciones.

La mujer lo guió hasta el primer piso y abrió una puerta que daba a una habitación pequeña pero limpia, con una cama de hierro forjado, una mesilla de noche, y una ventana que miraba al patio trasero.

— El baño está al final del pasillo. Si necesita algo, estoy abajo. Me llamo Mariana.

— Tomás — dijo él, extendiendo la mano. — Muchas gracias.

Mariana estrechó su mano. Su piel era cálida, a diferencia de la de él, fría y húmeda por la lluvia.

— De nada. ¿Quiere cenar? Preparo algo sencillo, si le apetece.

Tomás dudó. Estaba cansado, pero el estómago le rugió en ese momento, traicionándolo.

— Sí, me vendría bien.

— Baje cuando quiera. La cocina está al fondo del pasillo.

Mariana salió, cerrando la puerta tras de sí.

Tomás se quedó un momento en la habitación, escuchando el silencio.

El lugar era tranquilo, un remanso después del día caótico que había vivido.

Dejó la mochila en la silla, se quitó la chaqueta empapada y la colgó en el respaldo.

Luego se sentó en el borde de la cama, y el colchón, blando y viejo, cedió bajo su peso.

La habitación olía a madera y a lavanda, un olor que le recordaba a su infancia, a las casas de sus abuelos en el norte. Cerró los ojos y dejó que el cansancio lo envolviera, pero el hambre lo empujó a levantarse y bajar las escaleras.

La cocina era amplia, con una mesa de madera en el centro y una chimenea encendida que llenaba la estancia de un calor reconfortante. Mariana estaba junto a los fogones, removiendo una olla de la que salía un vapor aromático. Al verlo entrar, señaló una silla junto a la chimenea.

— Siéntese, se está secando. ¿Le gusta la sopa de verduras? Es lo único que tengo hecho, pero es casera.

— Perfecto — dijo Tomás, sentándose. — Cualquier cosa caliente me viene bien.

Mariana sirvió dos platos humeantes y se sentó frente a él. La sopa era espesa, con trozos de calabaza, zanahoria y judías, y un toque de hierbas que no supo identificar pero que le resultó familiar. Comió en silencio, sintiendo cómo el calor se extendía por su cuerpo.

— ¿Ha estado en la finca de los Fonseca? — preguntó Mariana, rompiendo el silencio. — Es un lugar impresionante. Lleva años abandonada, pero algunos aún recuerdan cuando estaba viva.

— Sí, he estado allí todo el día. Sacando fotografías para un informe. Pero no he podido entrar en la casa. La llave que me dieron no funcionaba.

Mariana sonrió, una sonrisa cómplice que iluminó su rostro.

— Esa llave no sirve para el portón principal. La señora Helena tiene las llaves de verdad. Pero ya sabe cómo es ella. No confía en nadie.

— La he conocido — dijo Tomás, con un tono que mezclaba cansancio y resignación. — No parecía muy contenta de verme.

— No se lo tome a mal. Es su forma de ser. La finca es todo lo que le queda de su familia, y ver a extraños merodeando no le sienta bien. Pero si quiere, puedo hablar con ella. La conozco desde siempre.

— ¿Usted es de aquí?

— Nací y crecí en esta aldea. Mis padres tienen una pequeña explotación de olivos, al otro lado del pueblo. Pero yo me quedé con la pensión cuando mi tía se jubiló. Es un trabajo tranquilo. La gente viene y se va. Conozco a todo el mundo.

Tomás la observó con atención. Mariana no era especialmente llamativa, pero había algo en su manera de moverse, en su voz pausada, que transmitía una calma que él no había sentido en mucho tiempo. Era una presencia sólida, arraigada, como los olivos que crecían en las laderas del pueblo.

— ¿Y usted? — preguntó ella. — ¿De dónde viene? ¿Lisboa?

— Sí, Lisboa. Trabajo en una aseguradora. Esta es la primera vez que vengo al Alentejo.

— ¿Le gusta?

Tomás pensó en la pregunta un momento. No era una pregunta difícil, pero sintió que merecía una respuesta honesta.

— Es diferente. Más tranquilo. Más silencioso. En Lisboa no hay silencio, solo ruido. Aquí, incluso con la lluvia, se nota que hay algo... no sé, más pausado.

Mariana asintió, como si entendiera perfectamente lo que quería decir.

— Es el Alentejo. La gente dice que es aburrido, pero no es aburrido. Es solo que las cosas ocurren despacio. Y a veces, hay que aprender a esperar.

La conversación continuó durante un rato, ligera y cómoda.

Mariana habló del pueblo, de las tradiciones, de los olivos y las cosechas.

Habló de su tía, que le había enseñado a cocinar, y de los veranos, cuando los turistas llegaban y llenaban las habitaciones.

Tomás escuchó, preguntando de vez en cuando, sintiendo que aquella charla sin presión era exactamente lo que necesitaba después de un día tan largo.

Cuando la sopa terminó, Mariana sirvió dos tazas de manzanilla y se sentó de nuevo.

— ¿Mañana va a volver a la finca? — preguntó.

— Sí. Tengo que hacer más fotografías y grabar un vídeo. Y también quiero hablar con la señora Helena. Aunque no sé si me dejará.

— Tal vez pueda ayudarle — dijo Mariana, con una sonrisa enigmática. — Conozco a Helena desde niña. Si le digo que no es un peligro, quizá se abra un poco. Pero tendrá que prometerme que no va a hacer nada que pueda dañar la finca.

— No es mi intención. Solo quiero hacer mi trabajo.

— Entonces, mañana hablaré con ella.

Tomás la miró, sorprendido por la oferta.

— ¿Por qué quiere ayudarme?

Mariana se encogió de hombros.

— Porque la finca merece ser recordada. Y porque los forasteros que llegan con curiosidad, y no con codicia, son raros. Me ha parecido que usted es de esos.

Subió a la habitación pasadas las diez. El cansancio se había apoderado de él, y apenas tuvo fuerzas para quitarse la ropa y meterse en la cama.

El colchón era blando, las sábanas olían a limpio, y el silencio del pueblo solo era interrumpido por el rumor distante del viento y la lluvia que golpeaba suavemente los cristales de la ventana.

Se quedó tumbado boca arriba, mirando el techo oscuro, sintiendo el calor de la chimenea que aún llegaba desde abajo.

Pero su mente no se apagaba. Las imágenes del día se sucedían en su cabeza: la verja oxidada, el mapa que no había visto aún, la mirada hostil de Helena Fonseca, la amabilidad de Mariana.

Mariana.

Pensó en ella, en su sonrisa tranquila, en su voz pausada, en la forma en que se movía por la cocina como si el tiempo no existiera. No era un pensamiento romántico, exactamente, pero era un pensamiento que lo desviaba. Y entonces, como un golpe, recordó a Sofía.

Sofía, que había llamado para decirle que su vuelo se había retrasado y que él no había sido capaz de acordarse de que ella venía. Sofía, que había colgado con aquella frase cortante: "Hablamos cuando quieras." Sofía, que seguía en Oporto, esperando algo que él no sabía si podía darle.

La distancia. La relación a distancia que se sostenía como un castillo de naipes.

¿Cuánto tiempo podía seguir así? ¿Cuántas llamadas, cuántos mensajes, cuántas promesas rotas podía soportar ella?

Y él, ¿cuánto tiempo podía seguir fingiendo que todo estaba bien, que todo era suficiente, que no necesitaba algo más?

Se dio la vuelta en la cama, buscando una posición más cómoda. La almohada era suave, y el olor a lavanda lo envolvía, invitándolo a dormir. Pero los pensamientos seguían ahí, girando en su cabeza como un disco rayado.

Pensó en Mariana, en la facilidad con que había hablado con ella, en la calma que irradiaba. Y se sintió culpable. No había hecho nada malo. Solo había cenado con una desconocida en un pueblo perdido del Alentejo. Pero la culpa estaba ahí, un nudo en el estómago que no sabía cómo deshacer.

Cerró los ojos y trató de vaciar la mente. La lluvia, en el exterior, se había convertido en un susurro constante, un rumor blanco que lo arrullaba. El viento, que antes era frío y cortante, ahora solo era un acompañante lejano.

Pensó en Sofía. Pensó en el fin de semana que no pasaron juntos, en el vuelo que ella no tomó, en la llamada que se había cortado con un clic seco y definitivo. Y luego, sin quererlo, volvió a pensar en Mariana.

Y allí, entre los dos pensamientos, entre la culpa y la curiosidad, entre la distancia y el presente, Tomás se quedó dormido.