CAPÍTULO 6
La lluvia había amainado, pero no cesado del todo.
Se había convertido en esa llovizna fina y pertinaz que parece no tener prisa por terminar, una cortina de agua que empañaba el paisaje y borraba los contornos de las cosas.
Tomás se secó la cara con la manga de la chaqueta, ya empapada, y caminó de vuelta al coche para recoger la mochila.
La cámara, el trípode, los formularios, las referencias que había impreso en la oficina.
Todo estaba allí, en el asiento trasero, esperando.
Cargó con el equipo y se puso en marcha.
La aldea era pequeña, apenas unas pocas calles que se bifurcaban en caminos de tierra que se perdían entre los olivos.
Siguió las indicaciones del GPS hasta que el asfalto se acabó y la carretera se convirtió en un camino de tierra apisonada, surcado por charcos que reflejaban el cielo gris.
La furgoneta habría sido más práctica, pensó, pero no había elección.
Su coche, con su suspensión blanda y sus neumáticos desgastados, se sacudía en cada bache.
El camino serpenteaba entre alcornoques de troncos pelados y retorcidos, sus copas altas y redondeadas como paraguas abiertos contra la lluvia.
De vez en cuando, una casa de campo, blanca y solitaria, asomaba entre los árboles, con sus ventanas cerradas y su silencio de siglos.
Tomás redujo la velocidad y se detuvo junto a un portón de hierro forjado, alto y severo, que cerraba el paso a una propiedad que se adivinaba inmensa al otro lado.
El Monte da Água.
Las fotografías de la carpeta no le habían hecho justicia.
La verja, de un hierro oxidado pero aún firme, tenía dibujos de vides y racimos de uvas que se enroscaban en las barras.
En el centro, un escudo de piedra con un relieve apenas legible mostraba lo que parecía una fuente o un pozo, y encima, una inscripción desgastada: "Monte da Água - 1742".
La fecha estaba grabada en la piedra con una caligrafía antigua, y Tomás pasó los dedos por ella, sintiendo la textura rugosa y fría bajo la lluvia.
Sacó la llave que el Dr. Albuquerque le había entregado.
Era una llave grande, de hierro, con un mango redondo y un diente complicado, como de otras épocas.
La introdujo en la cerradura del portón y la giró.
Nada. La llave encajaba, pero no movía el mecanismo.
Probó de nuevo, con más fuerza. Nada. La cerradura estaba oxidada, o el mecanismo estaba roto, o la llave no era la correcta.
— Mierda — murmuró, golpeando el portón con la palma de la mano.
El hierro emitió un sonido sordo y metálico que se perdió en el silencio de la lluvia.
Tomás se quedó allí, con la llave en la mano, la chaqueta empapada y el pelo pegado a la frente, sintiendo la frustración acumularse como una marea.
Había conducido más de doscientos kilómetros bajo la lluvia, había discutido con su novia, había llegado hasta aquel lugar perdido en medio del Alentejo, y ahora no podía ni siquiera entrar.
Se giró para buscar alguna alternativa, y fue entonces cuando vio a un agricultor que se acercaba por el camino en un tractor viejo, con el motor rugiendo y las ruedas dejando surcos profundos en el barro.
El hombre, de unos cincuenta años, vestía un chubasquero amarillo y llevaba un cigarrillo apagado entre los labios.
Al ver a Tomás junto al portón, detuvo el tractor y se bajó.
— ¿Problemas, amigo? — preguntó, con un acento cerrado del Alentejo.
— La llave no funciona. Me han dado esta para abrir el portón, pero no gira.
El agricultor se acercó, examinó la cerradura y la llave, y soltó una risa corta.
— Esa llave no es de aquí. Esa es de la puerta de la capilla, que está en la parte de atrás.
El portón principal lleva años cerrado sin llave.
La última vez que se abrió fue cuando murió el viejo señor Fonseca, y eso fue hace más de veinte años.
Si quieres entrar, tienes que rodear la propiedad hasta la puerta trasera.
— ¿Fonseca?
— Sí, la familia que construyó la finca. Los Fonseca. Pero ya no queda ninguno. La última, la señora Helena, vive en la aldea. Ella es quien tiene las llaves de verdad. La que le han dado a usted no sirve para el portón principal.
— ¿Y la puerta trasera?
— Sí, hay una entrada para el servicio, detrás de la capilla. No es grande, pero se puede pasar. Eso sí, está medio oculta por la maleza. Pero si sigue el muro, la encontrará.
Tomás asintió, agradecido.
— Muchas gracias.
— De nada. Y si ve al viejo Joaquim, el pastor, dígale que el tractor ya no puede más. Que se lo diga a la señora Helena.
El agricultor subió de nuevo al tractor y se alejó, dejando tras de sí una nube de humo y el olor a diésel quemado. Tomás lo vio desaparecer entre los olivos y luego se puso en marcha, siguiendo el perímetro de la propiedad como el hombre le había indicado.
El muro de piedra se extendía a lo largo de lo que debían ser varios cientos de metros, y Tomás caminó junto a él, empapado y cansado, sintiendo el peso de la mochila en la espalda.
La llovizna no cesaba, y el agua se deslizaba por su cuello, enfriándole la piel.
A su izquierda, la propiedad se extendía inmensa: campos de olivos, alcornoques, y al fondo, una mancha oscura que podía ser un bosque.
El Monte da Água, pensó, no era una simple finca. Era un mundo.
Caminó durante unos diez minutos hasta que llegó a una esquina donde el muro se encontraba con una construcción de piedra medio derrumbada.
Era la capilla que había visto en las fotografías, con su campanario inclinado y su tejado hundido.
Junto a la capilla, casi oculta por una hiedra espesa, encontró una puerta pequeña, de madera podrida y una aldaba de hierro oxidado.
La puerta cedió con un empujón, y Tomás tuvo que agacharse para pasar. Al otro lado, el paisaje se abrió ante él como un descubrimiento.
La casona, que desde el portón principal parecía una construcción modesta, se alzaba ahora en toda su magnitud: una casa solariega de dos plantas, con un tejado de tejas curvas y una fachada blanca surcada por grietas.
A su alrededor, un extenso jardín descuidado, con árboles frutales crecidos sin orden, un pozo de piedra cubierto de musgo, y al fondo, los restos de lo que debió ser una capilla, con su campanario derruido y sus paredes medio derrumbadas.
Tomás se quedó quieto, observando. La finca era mucho más grande de lo que había imaginado.
Los campos se perdían en la llanura, ondulando suavemente hasta el horizonte.
No era solo una casa de campo. Era una propiedad entera, un latifundio que abarcaba hectáreas de olivos, alcornoques y tierras de cultivo abandonadas.
Se podía ver, a lo lejos, una zona de colinas bajas y, entre ellas, una mancha más oscura que podía ser un bosque o un humedal.
El agua. El nombre de la propiedad no era casual.
Aquella finca, en una de las regiones más secas de Portugal, tenía acceso a agua, quizá a un manantial o a un acuífero subterráneo.
Y el agua, en el Alentejo, era más valiosa que el oro.
De repente, comprendió por qué el Dr. Albuquerque había insistido tanto en aquel encargo, por qué el cliente había cambiado de opinión y quería un proyecto grande.
Aquella finca no era solo una propiedad rural. Era un tesoro.
Tomás sacó la cámara y comenzó a fotografiar.
Primero la casa desde el exterior: la fachada, los laterales, el tejado, la capilla en ruinas.
Luego el jardín, el pozo, los árboles. Después, el paisaje que se extendía más allá: las colinas, los olivos, la mancha oscura del horizonte.
Se movía con rapidez, aprovechando que la lluvia había cesado casi por completo, dejando solo una bruma húmeda que envolvía el paisaje en una atmósfera irreal.
Mientras tomaba fotografías, escuchó un ruido a sus espaldas. Se giró, y vio a un hombre que lo observaba desde el umbral de un cobertizo de herramientas, al otro lado del jardín.
El hombre era mayor, de unos setenta años, y llevaba una gabardina gastada y un sombrero de ala ancha.
Tenía la piel curtida por el sol y las manos grandes, como de alguien que ha trabajado la tierra toda su vida.
Su expresión no era hostil, pero tampoco amistosa.
Era la expresión de alguien que observa a un extraño en su territorio.
— Buenas tardes — dijo el hombre, con voz grave y un acento cerrado del Alentejo. — ¿Usted es el de la aseguradora?
Tomás se acercó, extendiendo la mano.
— Soy Tomás Gouveia, de la aseguradora de Lisboa. Vengo a hacer un informe de la propiedad.
El hombre se tomó su tiempo para estrecharle la mano. Su apretón era seco y firme.
— Joaquim. Soy el pastor. Cuido de las ovejas que pastan en los terrenos de la finca. Ya sabía que había de venir alguien. El doctor Albuquerque avisó.
— ¿Sabe algo de la casa? ¿De la historia de la finca?
Joaquim se encogió de hombros.
— Sé lo que todo el mundo sabe. Esta fue la casa de los Fonseca, una familia antigua. Los últimos murieron o se fueron. Ahora la finca está abandonada, esperando a quien quiera comprarla.
— ¿Y los dueños actuales?
— El dueño es el banco. O una inmobiliaria. No sé bien. Pero la señora Helena, ella sabe más que yo.
— ¿Señora Helena?
— Helena Fonseca. La última de la familia. Vive allí, en la aldea, en una casa pequeña. Si quiere hablar con ella, mejor espere a que la lluvia pase. Ella no gusta de extraños, y con este tiempo menos.
Tomás anotó mentalmente el nombre. Helena Fonseca. Una mujer que, según el pastor, era la última de su estirpe. Y que, según el agricultor del tractor, tenía las llaves de verdad.
Mientras hablaban, una figura apareció en el camino de tierra que llevaba a la casa. Era una mujer de mediana edad, de andar firme, que llevaba un paraguas negro y una bolsa de tela colgada del brazo. Al ver a Tomás y a Joaquim juntos, se detuvo, y su expresión se endureció.
— Joaquim — dijo, con voz cortante. — ¿Quién es este?
Joaquim levantó las manos en un gesto conciliador.
— Es de la aseguradora, señora Helena. Ha venido a hacer un informe de la finca.
Helena Fonseca se acercó con paso decidido, sin quitar los ojos de Tomás. Era una mujer de unos cincuenta y cinco años, de pelo gris recogido en un moño apretado y una mirada que no dejaba lugar a dudas: no era bienvenido.
— Usted no tiene nada que hacer aquí — dijo, con una voz que no admitía réplica. — Esta propiedad es mía. O al menos, fue mía. Y no voy a dejar que un cualquiera venga a fotografiar las ruinas como si fuera un museo.
Tomás intentó explicarse.
— Señora Fonseca, solo estoy cumpliendo con mi trabajo. La aseguradora me ha enviado para hacer un informe técnico. No pretendo molestar.
— Molestar ya está — dijo ella, sin inmutarse. — La finca está en ruinas. No hay nada que ver. Y usted no va a entrar en la casa.
— Señora Fonseca, no quiero...
— No quiero saber lo que quiere. La finca está en ruinas. No hay nada que ver.
Helena dio media vuelta y se alejó por el camino de tierra, con la misma firmeza con la que había llegado. Tomás se quedó mirándola, sin saber qué hacer. Joaquim, a su lado, soltó un suspiro.
— No se preocupe. Ella es siempre así. Pero si quiere, puede hablar con ella más tarde. Tal vez se calme. Es una buena mujer, solo que... el pasado pesa.
Joaquim se despidió con un gesto y se alejó hacia el cobertizo, dejando a Tomás solo frente a la casa. La lluvia había cesado por completo, y el sol, débil y pálido, comenzaba a abrirse paso entre las nubes.
Tomás se quedó allí, en el jardín húmedo, con la cámara en la mano, sintiendo el peso de la frustración y el cansancio.
Pero también sintiendo algo más: una curiosidad que no había sentido antes.
La propiedad era inmensa, y Helena Fonseca, con su hostilidad, solo había aumentado el misterio.
¿Por qué se negaba tan rotundamente a que alguien entrara? ¿Qué escondía aquella casa?
Miró la casona, con sus ventanas vacías y su fachada desconchada, y supo que no podía irse sin saber más.
Comenzó a caminar hacia la casa, decidido a encontrar una forma de entrar.