La memoria del agua CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La carretera se extendía ante él como una cinta gris y mojada, y Tomás la recorría sin prisa, sin conciencia del tiempo, dejando que el motor y el paisaje se fundieran en un rumor monótono.

El cielo se había cerrado aún más, y una llovizna fina comenzó a empañar el parabrisas, obligándolo a encender los limpiaparabrisas.

El movimiento rítmico de las escobillas, de izquierda a derecha, se convirtió en el único compás de aquel viaje.

Adelantó un camión cargado de paja, luego una furgoneta que iba demasiado lenta en el carril derecho.

Cada maniobra era automática, sin esfuerzo consciente.

Sus manos sobre el volante, sus pies sobre los pedales, su mirada fija en la carretera...

todo funcionaba en piloto automático, mientras su mente navegaba por otros caminos.

"Antes de los treinta, hijo, hay que hacerlo todo. Estudiar, trabajar, viajar, conocer gente, construir algo. Si no lo haces antes de los treinta, luego será muy tarde. La vida se vuelve pesada, y las oportunidades se cierran."

La voz de su padre resonó en su memoria como un eco de otros tiempos.

Su padre, un hombre de pocas palabras y gestos firmes, se lo había dicho muchas veces, en distintas formas, desde que Tomás tenía veinte años.

Lo había dicho en las cenas familiares, en los viajes en coche, en los momentos de silencio compartido.

Y Tomás, entonces, lo escuchaba con la arrogancia de los jóvenes que creen tener todo el tiempo del mundo.

Ahora, con treinta y cinco años, entendía que su padre no había estado tan equivocado.

Tres décadas y media. Treinta y cinco años.

La cifra se repetía en su cabeza como un eco incómodo.

Treinta y cinco años y todavía sin rumbo claro, todavía sin un proyecto que le diera sentido a las mañanas, todavía sin la seguridad de saber adónde iba.

Había estudiado, había trabajado, había viajado algo, pero nunca había construido nada sólido.

Su vida era una sucesión de empleos que no le llenaban, de relaciones que se desgastaban, de fines de semana que se esfumaban entre informes y carreteras.

Como aquel. Un sábado cualquiera, conduciendo hacia el Alentejo, hacia una propiedad que no le importaba, para hacer un informe que nadie leería con atención, mientras su relación con Sofía se deshacía al otro lado de la línea telefónica.

Sofía. La imagen de ella, con su sonrisa y su pelo recogido, se mezcló con el ruido del motor y el rumor de la lluvia.

Llevaban dos años juntos, pero cada vez le costaba más imaginar un futuro compartido.

La distancia, el trabajo, las cancelaciones, los malentendidos...

todo se acumulaba como sedimentos en el fondo de un río, y el cauce se iba estrechando.

Quizá aquella llamada, aquella discusión, no era más que un síntoma de algo más profundo: la certeza de que, si no cambiaban algo, el río terminaría por secarse.

Tomás apretó el volante con más fuerza, como si pudiera exprimir de él alguna respuesta. Pero no había respuesta. Solo la carretera, mojada y gris, y la llovizna que no cesaba.

Adelantó otro coche, un utilitario pequeño que iba tan despacio que parecía estar detenido. La maniobra fue rápida, casi brusca, y el coche se sacudió al pasar por un charco que salpicó el parabrisas. Tomás maldijo entre dientes, pero no redujo la velocidad.

Su mente volvió al trabajo. El tercer empleo en cinco años.

Primero fue una aseguradora mediana, luego una más pequeña, y ahora esta, la que pagaba un poco mejor pero le exigía mucho más.

Y sin embargo, el sueldo seguía siendo el mismo desde que entró.

Sin aumentos, sin perspectivas de mejora.

Solo más trabajo, más horas, más fines de semana robados.

La competencia, en el mundo de los peritos y los tasadores, era feroz.

Había siempre alguien más joven, más dispuesto, más barato, esperando su oportunidad.

Y Tomás, con su historial de cambios de empresa y su falta de especialización, no era precisamente un candidato codiciado.

"Hay que hacerlo todo antes de los treinta.

" La frase de su padre volvió a su mente, y esta vez sintió un nudo en el estómago.

No había hecho todo. Ni siquiera había hecho una parte significativa.

Había sobrevivido, simplemente. Había pagado facturas, había mantenido un techo, había mantenido una relación que se desgastaba.

Pero construir algo sólido, algo que perdurara, algo de lo que sentirse orgulloso... eso no había llegado.

Pensó en su padre, que había muerto hacía diez años.

Un hombre de una sola empresa, una sola mujer, una sola vida.

Había trabajado en la misma compañía durante cuarenta años, se había jubilado con una pensión modesta, y se había muerto sin grandes lujos pero sin grandes arrepentimientos.

¿Había sido feliz? Tomás no lo sabía. Pero al menos había tenido la certeza de saber lo que quería, aunque no fuera más que una vida simple y ordenada.

Tomás, en cambio, no tenía ni siquiera eso. No sabía lo que quería. No sabía hacia dónde iba. Y la carretera, bajo la lluvia, se le antojaba una metáfora demasiado evidente: avanzaba sin rumbo, adelantando vehículos que iban más lentos, pero sin saber si el camino que tomaba era el correcto.

La llovizna se convirtió en lluvia, y la lluvia en un chaparrón que golpeaba el techo del coche con una fuerza que ahogaba el ruido del motor.

Tomás redujo la velocidad. Adelantó un camión, y el agua que levantó su parabrisas lo cegó durante un segundo, un segundo demasiado largo, y su corazón dio un vuelco.

Apretó los frenos instintivamente, y el coche derrapó ligeramente sobre el asfalto mojado, pero logró controlarlo.

— Mierda — murmuró, con la respiración entrecortada.

Las manos le temblaban sobre el volante. Se obligó a respirar hondo, a concentrarse en la carretera, a dejar atrás los pensamientos que lo ahogaban. La lluvia seguía cayendo, implacable, pero él seguía adelante. No podía pararse. No podía detenerse. No era el momento.

Los kilómetros pasaban lentamente, pero pasaban.

Los olivos y alcornoques del paisaje alentejano se desdibujaban tras la cortina de agua, y el cielo, de un gris casi blanco, se confundía con la tierra mojada en el horizonte.

Tomás se sintió pequeño, insignificante, una mota de polvo en medio de aquella inmensidad vacía.

Y por un instante, aquella sensación de pequeñez no le resultó desagradable.

Al menos, desde allí, desde aquella soledad, sus problemas no parecían tan grandes.

No sabía cuánto tiempo llevaba conduciendo cuando, al fondo del valle, vio un grupo de casas blancas agrupadas en torno a una torre de iglesia.

El primer indicio de civilización en kilómetros.

Tomás consultó el GPS en el salpicadero.

La pantalla indicaba que se aproximaba a la aldea más cercana al Monte da Água.

Un nombre que apenas conocía, pero que a partir de ese momento sería su destino.

Redujo la velocidad y entró en la aldea.

Las calles eran estrechas y empedradas, flanqueadas por casas bajas de fachadas encaladas, algunas con las ventanas cerradas y otras con las contraventanas abiertas, mostrando interiores oscuros y silenciosos.

No había nadie en la calle. La lluvia, que seguía cayendo con fuerza, había vaciado el pueblo.

Solo el rumor del agua corriendo por los canalones y el repiqueteo sobre los tejados rompía el silencio.

Tomás recorrió la calle principal hasta llegar a una pequeña plaza, donde un viejo olivo centenario se alzaba como un centinela. Aparcó el coche frente a un edificio de piedra que parecía ser el ayuntamiento o algo similar. Apagó el motor y se quedó sentado un momento, escuchando el silencio.

La lluvia golpeaba el techo del coche. El paisaje, bajo la cortina de agua, tenía una belleza melancólica que lo desarmó. Allí, en aquel lugar perdido, en medio de la nada, Tomás sintió que su vida, con todos sus desatinos y sus dudas, no era más que una gota en aquel océano de silencio.

Abrió la puerta, salió del coche, y el agua fría le golpeó el rostro.

Se quedó allí, de pie bajo la lluvia, sin saber muy bien qué hacer a continuación.

Sabía que el Monte da Água estaba cerca, pero también sabía que, por algún motivo que no lograba explicar, no quería llegar todavía.

Quería quedarse un momento allí, mojándose, sintiendo la tierra bajo sus pies, escuchando el latido de un pueblo que parecía haber detenido el tiempo.

— Aquí estoy — murmuró, sin dirigirse a nadie.

Y el viento, frío y húmedo, se llevó sus palabras como si nunca las hubiera pronunciado.