La memoria del agua CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La luz gris del amanecer se filtraba por la persiana entreabierta cuando Tomás abrió los ojos.

El despertador no había sonado, pero su cuerpo se había despertado solo, como si supiera que aquel día no era un día cualquiera.

Se quedó un momento tumbado, mirando la mancha de humedad en el techo, escuchando el silencio del piso.

André todavía dormía. Podía oír, a través de la pared, el rumor apagado de su respiración, un ronquido leve y rítmico.

Se levantó, se puso unas zapatillas viejas, y salió al pasillo.

La cocina estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz que entraba por la ventana de la galería.

Sobre la mesa, los restos de la cena de la noche anterior: una sartén con restos de tortilla pegada, dos platos sucios, un vaso de vino a medio beber.

André, como siempre, había dejado todo allí, confiando en que Tomás o alguien lo recogería.

Tomás suspiró, apiló los platos en el fregadero, y dejó correr el agua fría sobre ellos.

No tenía tiempo para fregar, pero al menos los dejó en remojo.

Se vistió con ropa cómoda: unos pantalones oscuros, una camisa de manga larga, una chaqueta ligera.

Metió la mochila en el maletero del coche — un utilitario gris de varios años, con el aire acondicionado averiado y un ruido extraño en el motor que llevaba meses sin arreglar — y se sentó al volante.

Arrancó el motor. El coche tosió un par de veces antes de ponerse en marcha, y Tomás hizo una nota mental: tendría que pasar por el taller, aunque fuera para que le dijeran que no tenía arreglo.

Salió del garaje y se incorporó al tráfico de la mañana.

Las calles de Lisboa estaban húmedas, brillantes por la lluvia de la noche anterior.

El cielo, aún cubierto de nubes bajas, parecía pesar sobre los tejados, y una ligera niebla se enredaba en las copas de los árboles de la avenida.

Tomás condujo con atención, sorteando los coches que se movían lentamente en la dirección del puente.

La carretera estaba resbaladiza, y el aire, a través de la ventanilla entreabierta, tenía un olor a tierra mojada y a escape de coches.

Cuando por fin cruzó el puente 25 de Abril, el paisaje comenzó a cambiar.

Los edificios se fueron espaciando, el tráfico se fue aligerando, y la carretera se estiró hacia el sur, recta y ancha, entre colinas suaves cubiertas de vegetación.

Tomás se sintió un poco más tranquilo. La carretera vacía, la velocidad constante, el ruido del motor...

todo aquello le recordaba por qué, a veces, el trabajo de perito no era del todo malo.

Fue entonces cuando sonó el teléfono.

El móvil, colocado en el soporte del salpicadero, vibró con un zumbido insistente. La pantalla se iluminó con el nombre de Sofía. Tomás dudó un instante, pero al final alargó la mano y pulsó el botón de respuesta.

— Hola — dijo, con el teléfono en el oído y los ojos fijos en la carretera.

— Tomás, soy yo — la voz de Sofía sonaba apresurada, como si estuviera corriendo o haciendo varias cosas a la vez. — ¿Ya estás en la carretera?

— Sí, acabo de salir de Lisboa. ¿Qué pasa?

— El vuelo. Me lo han reprogramado. Hay problemas meteorológicos en Lisboa, y la compañía ha retrasado la salida. Ahora sale a las dos de la tarde, en lugar de las diez.

Tomás parpadeó, procesando la información. El vuelo de Sofía. El viaje que ella iba a hacer desde Oporto a Lisboa para pasar el fin de semana juntos. Habían hablado de ello, sí, pero con el caos de los últimos días, los detalles se le habían escapado.

— ¿Y eso qué significa? — preguntó, con cautela.

— Significa que no voy a llegar a tiempo al aeropuerto de Lisboa para encontrarnos.

El tren de Oporto sale a las nueve y media, pero si el vuelo sale a las dos, no voy a poder recoger mi equipaje y llegar al punto de encuentro que habíamos acordado.

¿Puedes esperarme un par de horas? ¿O podemos vernos directamente en el aeropuerto?

Tomás sintió un peso en el pecho. La presión del encargo, la carretera, el cansancio... todo se acumulaba.

— Sofía, escucha...

— ¿Qué? — su voz se volvió más aguda, intuyendo algo.

— No puedo esperarte. Tengo que llegar al Alentejo antes del mediodía. Si me retraso, no podré hacer el informe completo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, la voz de Sofía, más fría.

— ¿Y qué se supone que hago yo? ¿Me quedo en el aeropuerto esperando a que termines tu trabajo?

— No, no es eso. Pero es que con el encargo de última hora...

— ¿Te has olvidado de que hoy venía, Tomás?

— Su voz se quebró, y ya no era solo enfado, era incredulidad.

— Llevamos dos semanas hablando de esto.

Te he enviado mensajes, te he llamado para confirmar.

Te dije que hoy llegaba, que quería verte antes de que te fueras al Alentejo, que podíamos desayunar juntos en el aeropuerto. ¿Y me dices que te has olvidado?

Tomás apretó el volante con fuerza.

— No es que me haya olvidado, es que el trabajo me ha desbordado. El encargo del Alentejo...

— Siempre el trabajo — cortó ella, y su voz sonaba cansada, como si hubiera repetido esa frase demasiadas veces. — Siempre el trabajo. Siempre los encargos de última hora. Siempre lo mismo.

— Sofía, no es justo que me culpes por algo que no está en mi mano. Mi jefe me ha dado este encargo y no he podido negarme. Si pierdo este trabajo...

— No es el trabajo, Tomás — lo interrumpió ella, con un tono afilado por la frustración profesional y personal—.

Es que ni siquiera te acordaste de que hoy venía a verte.

He perdido un día entero de investigación académica esperándote en un aeropuerto.

¿Cómo quieres que confíe en ti para construir proyectos de vida reales si ni siquiera puedes gestionar tu agenda?

Tomás no respondió. No sabía qué decir. La carretera seguía deslizándose bajo el coche, y el viento que entraba por la ventanilla le daba en la cara, frío y cortante. Sofía, al otro lado de la línea, parecía esperar algo, una palabra que lo arreglara todo, pero él no la tenía.

— Tengo que irme — dijo ella finalmente. — El tren. Si no llego a tiempo, no podré cambiar el billete para el vuelo.

— Sofía...

— Hablamos cuando quieras. Pero ahora, de verdad, no puedo.

Y colgó.

El clic del teléfono al cortar la comunicación resonó en el interior del coche, seco y definitivo.

Tomás dejó el móvil en el soporte y se quedó mirando la carretera sin verla.

La sensación de vacío en el estómago se había extendido a todo el cuerpo, una especie de entumecimiento que lo alejaba de lo que estaba ocurriendo.

Siguió conduciendo, pero sus manos sobre el volante estaban rígidas, sus ojos fijos en el asfalto, y su mente repitiendo una y otra vez las palabras de Sofía.

Siempre igual.

Quizá tenía razón. Quizá era siempre igual. Quizá él era siempre igual.

Al cabo de unos minutos, vio un cartel de una gasolinera en el arcén.

Una estación de servicio de las que hay en las autopistas, con una tienda de conveniencia y un área de descanso.

Tomás redujo la velocidad, tomó la salida, y aparcó junto a los surtidores.

Apagó el motor y se quedó sentado un momento, con las manos todavía en el volante, respirando profundamente.

Tenía que recomponerse. Tenía que seguir adelante. El viaje no se iba a hacer solo.

Se bajó del coche y entró en la tienda de la gasolinera.

El interior olía a café recién hecho y a plástico caliente.

Había un par de conductores sentados en unas mesas de plástico, leyendo periódicos o mirando el teléfono.

Tomás se puso en la cola detrás de un camionero que pedía un bocadillo de jamón.

Cuando le llegó el turno, pidió un café solo y un paquete de galletas. Pagó con el móvil y salió.

El café estaba caliente, casi demasiado, y quemó su lengua cuando dio el primer sorbo.

Pero necesitaba el calor. Necesitaba algo que lo anclara al presente, que lo sacara del remolino en el que había caído.

Se apoyó en el capó del coche, mirando el cielo gris y la carretera vacía, y bebió el café lentamente, como si cada sorbo pudiera devolverle la claridad.

Cuando el café terminó y las galletas estaba a medio comer, guardó el resto en la mochila, tiró el vaso vacío a la papelera, y volvió a subir al coche. Arrancó el motor, se puso el cinturón, y tomó la carretera de nuevo.

El paisaje se había vuelto más abierto, más vacío.

Las nubes seguían bajas, pero la lluvia no había llegado aún, solo una brisa húmeda y el olor a tierra mojada que se colaba por las rendijas.

Tomás condujo en silencio, sin radio, sin música, sin nada que lo distrajera del sonido del motor y de su propio pensamiento.

Pensó en Sofía. Pensó en el vuelo que ella no tomaría, o que quizá tomaría, pero sin él esperándola.

Pensó en el viaje que no compartirían. Pensó en el trabajo, en el encargo, en el Monte da Água.

Pensó en João, en el chófer, en aquella frase que se le había quedado grabada: "La vida es larga, pero también es corta.

" Y se preguntó si aquello que estaba haciendo —conducir hacia un lugar que no conocía, para hacer un informe que no le importaba, mientras su relación se deshacía lentamente— era la vida que quería vivir.

La carretera seguía allí, recta y gris bajo el cielo gris, llevándolo hacia el sur, hacia el Alentejo, hacia el Monte da Água.