CAPÍTULO 3
Tomás llevaba dos días entregando los informes de las dos inspecciones.
El de Setúbal lo había terminado el mismo martes por la noche, sentado en la mesa de su habitación, con la cámara conectada al ordenador y los formularios desplegados sobre el teclado.
El de Ribatejo le había costado un poco más, porque la bodega tenía algunos detalles estructurales que requerían explicación, pero lo entregó el miércoles por la mañana, antes de que el Dr. Albuquerque llegara a la oficina.
El jueves amaneció gris y tranquilo. Tomás llegó temprano, se sentó en su mesa, y esperó.
No había más carpetas sobre su escritorio.
La tercera, la del Alentejo, seguía en el cajón, y él no tenía intención de sacarla a menos que se lo pidieran expresamente.
Se dedicó a revisar correos, a ordenar papeles, a responder algunas consultas de compañeros que necesitaban datos de propiedades antiguas.
La mañana transcurría lenta, sin sobresaltos.
A las once, el teléfono de su mesa sonó. Era la Sra. Eduarda, la secretaria de dirección.
— Señor Gouveia, el Dr. Albuquerque quiere verlo en su despacho. Ahora, si puede.
Tomás colgó y se levantó. No había urgencia en el tono de la Sra. Eduarda, pero tampoco era una invitación. Cuando el Dr. Albuquerque mandaba llamar, no se podía decir que no.
Cruzó el pasillo, llamó a la puerta del despacho, y entró. El Dr. Albuquerque estaba sentado detrás de su mesa, con las manos entrelazadas sobre un montón de papeles. Tenía la expresión habitual, esa mezcla de severidad y cansancio que parecía su estado natural.
— Siéntese, Gouveia.
Tomás obedeció. La silla era incómoda, como todas las sillas de visitante en los despachos de los jefes, diseñadas para que nadie se sintiera demasiado a gusto.
— He visto sus informes — dijo el Dr. Albuquerque, sin preámbulos. — Correctos. Completos. No hay nada que objetar.
— Gracias.
— Pero el cliente de la tercera propiedad, el Monte da Água, ha cambiado de opinión.
Tomás sintió un leve hormigueo en el estómago. No era miedo, exactamente, sino una sensación de que algo se le escapaba de las manos.
— ¿Qué quiere decir con "ha cambiado de opinión"?
El Dr. Albuquerque abrió una carpeta que tenía delante y extrajo un documento. Lo leyó en silencio, como si Tomás no estuviera allí, y luego levantó la vista.
— El cliente es una inmobiliaria de Évora que representa a un grupo inversor extranjero.
Inicialmente, solo querían una tasación para la subasta.
Pero ahora han decidido que la propiedad tiene potencial para un proyecto mayor.
Quieren saber si el terreno es apto para construir un centro de recreación.
Un complejo turístico, posiblemente con campos de golf, zonas de ocio, un hotel rural. Algo de peso.
— ¿Campos de golf en el Alentejo? — preguntó Tomás, sin poder disimular su escepticismo.
— El Alentejo tiene agua, Gouveia. No mucha, pero la tiene.
Y el terreno es barato. Los inversores quieren hacer una inversión a largo plazo.
Pero necesitan saber si el suelo es adecuado, si hay infraestructura cercana, si el acceso es viable.
No solo la casa, sino todo el entorno. Carreteras, servicios, comunicaciones.
Tomás respiró hondo. La tercera carpeta, la que había enterrado en el cajón, volvía a emerger con más fuerza de la que él esperaba.
— ¿Y qué quiere que haga yo?
— Quiero que vaya al Monte da Água y haga un informe completo.
Fotografías del entorno, no solo de la casa.
Necesito imágenes del paisaje, de los caminos de acceso, de los pueblos cercanos, de cualquier infraestructura que pueda ser relevante.
También quiero un video. Un recorrido de la propiedad desde el exterior.
Y referencias de la zona: datos demográficos, distancia a centros urbanos, comunicaciones, suministros.
— Eso no es una tasación. Eso es un estudio de viabilidad.
— Lo sé. Pero el cliente lo pide, y el cliente paga.
Además, si este proyecto sigue adelante, la compañía podría conseguir un contrato importante para el segundo semestre.
No es solo una propiedad, Gouveia. Es una oportunidad de negocio.
De eso depende, en parte, la continuidad operacional de la compañía.
La frase cayó con un peso que Tomás no esperaba. Continuidad operacional. No era una amenaza directa, pero sabía lo que significaba: si el proyecto se perdía, alguien tendría que pagar las consecuencias. Y él, como perito asignado, sería el primero en la lista.
— ¿Cuándo quiere que vaya? — preguntó, con una voz que intentó sonar profesional pero que le salió más plana de lo que deseaba.
El Dr. Albuquerque consultó su agenda.
— Este fin de semana. El cliente quiere los informes el lunes por la mañana. No hay margen.
Tomás sintió un nudo en la garganta. Este fin de semana.
Llevaba dos semanas planeando el viaje a Oporto para ver a Sofía.
Habían hablado por teléfono el miércoles por la noche, y ella le había dicho que el sábado tenía el día libre, que podían ir a cenar a ese restaurante junto al Duero que a los dos les gustaba.
Él había comprado los billetes de tren el lunes, después de entregar los informes. Todo estaba organizado.
— Dr. Albuquerque, este fin de semana tenía un compromiso personal. No puedo cambiar los planes de un día para otro.
El Dr. Albuquerque levantó una ceja, un gesto mínimo pero que bastaba para transmitir su desaprobación.
— Gouveia, ya le he explicado la importancia de esto. Si no vamos, el cliente puede buscar a otra aseguradora. No estamos en condiciones de perder este contrato. ¿Entiende lo que eso significa?
Tomás entendía perfectamente. Significaba que su historial laboral, ya manchado por dos cambios de compañía en cinco años, añadiría una nueva mancha. Significaba que el Dr. Albuquerque le recordaría este episodio en cada evaluación. Significaba que, si quería conservar su empleo, no tenía elección.
— Entiendo — dijo, finalmente.
— Entonces, ¿puedo contar con usted?
Tomás asintió. No dijo nada más. No había nada que decir.
Salió del despacho con la carpeta del Monte da Água bajo el brazo.
La había recuperado del cajón, y ahora pesaba más de lo que recordaba.
Caminó hasta su mesa, dejó la carpeta sobre el teclado, y se quedó mirándola un momento.
El nombre escrito en la etiqueta blanca parecía burlarse de él.
Monte da Água. El monte del agua. Un nombre que prometía algo que él, en ese momento, no tenía: tranquilidad.
Se sentó y cogió el teléfono. Marcó el número de Sofía. Sonó tres veces antes de que ella atendiera.
— ¿Tomás? — Su voz sonaba distante, como si estuviera en medio de algo. — ¿Qué pasa?
— Tengo malas noticias. El trabajo. Me han encargado una inspección urgente este fin de semana. No puedo ir a Oporto.
Hubo un silencio. Tomás escuchó el ruido de fondo, quizá el bullicio de la calle, quizá la televisión encendida.
— Ya — dijo ella, y su tono denotó una mezcla de decepción y cálculo—. Siempre igual, Tomás. Había cancelado una reunión importante en el archivo histórico de la universidad para poder estar contigo este fin de semana. Sabes lo vital que es mi investigación para mi tesis.
— Lo siento, Sofía. De verdad.
— No pasa nada. Es tu trabajo. Lo entiendo.
Pero Tomás notaba que no lo entendía, o que le molestaba profundamente que los planes de él se interpusieran en los suyos. El romance a distancia funcionaba porque ambos aceptaban las limitaciones, pero cada cancelación iba desgastando el hilo que los unía.
— Te llamo esta noche, ¿vale? — dijo él. — Te explico mejor.
— Vale. Esta noche.
Colgaron. Tomás dejó el teléfono sobre la mesa y cerró los ojos. El día, que había empezado gris y tranquilo, se había vuelto denso, opresivo.
Fuera, el cielo de Lisboa había cambiado.
Las nubes, que por la mañana eran solo una capa fina y blanquecina, se habían vuelto espesas y oscuras, como una lona que alguien hubiera extendido sobre la ciudad.
El viento comenzó a agitar los árboles de la calle, y los primeros goterones empezaron a golpear los ventanales de la oficina.
Tomás los oyó, un tamborileo disperso que pronto se convirtió en un chaparrón uniforme.
Miró por la ventana. Las calles se oscurecieron de repente, y los coches encendieron los faros. Los peatones corrían a refugiarse bajo los aleros. La lluvia caía con fuerza, como si el cielo se hubiera rasgado y estuviera derramando todo lo que había guardado durante semanas.
Tomás sintió una oleada de frustración, un nudo en el pecho que no sabía cómo deshacer.
No era solo la lluvia. Era el viaje que no haría, la cena que no compartiría, los billetes de tren que tendría que devolver.
Era el trabajo que se le imponía sin preguntar, sin tener en cuenta su vida, sus planes, sus pequeñas expectativas.
Era la sensación de que siempre había alguien decidiendo por él, y que él solo podía obedecer.
— Mierda — murmuró, sin dirigirse a nadie.
La lluvia seguía cayendo, implacable, como un castigo.
A la hora de comer, Tomás se encontró en la cocina de la oficina con la Sra. Eduarda. Ella estaba calentando un tupper en el microondas, y al verlo, le dedicó una sonrisa de complicidad.
— ¿Ya sabe lo del Alentejo?
— Lo sé — respondió Tomás, con un tono que intentó ser ligero pero que no lo consiguió.
— El Dr. Albuquerque siempre hace esto. Se guarda los encargos importantes para el último momento, y luego quiere que todo esté listo antes de que termine el día. Ya lo conozco.
— Me ha dicho que el cliente cambió de opinión.
— El cliente siempre cambia de opinión — dijo la Sra. Eduarda, con un gesto de desdén. — Pero la verdad es que el Dr. Albuquerque ya sabía desde la semana pasada que el proyecto podría ampliarse. Solo esperó el momento oportuno para decírselo. Así no puede negarse.
Tomás no respondió. La Sra. Eduarda tenía razón, y eso solo aumentaba su frustración. Se sirvió un café, el segundo de la mañana, y se quedó mirando la lluvia a través de la ventana.
— ¿Va a ir en la furgoneta de la empresa? — preguntó ella.
— Los fines de semana no hay servicio de conductores. Y las furgonetas están reservadas para los peritos de la semana. Me han dicho que tengo que usar mi coche.
La Sra. Eduarda levantó las cejas, un gesto que expresaba tanto sorpresa como solidaridad.
— ¿Con su propio coche? Y encima, un fin de semana. ¿Y el kilometraje? ¿Se lo pagan?
— Dicen que sí. Pero ya veremos.
— Pues suerte, señor Gouveia. Ya me entiende.
La frase le recordó a João, y por un instante, Tomás sintió una nostalgia extraña por aquel chófer, por la conversación en la furgoneta, por los pasteles de bacalao y la charla ligera.
Había sido uno de los pocos momentos agradables de la semana, y ahora, mirando la lluvia y pensando en el viaje que le esperaba, le parecía que había pasado mucho tiempo.
El resto de la tarde transcurrió en un estado de suspensión.
Tomás preparó el material que necesitaría: la cámara, el trípode para el video, los formularios, una libreta de notas, la carpeta del Monte da Água, que ya había releído dos veces.
La lluvia no cesaba. A las seis, cuando salió de la oficina, el cielo seguía cubierto, y el asfalto brillaba reflejando las luces de los coches.
Llegó al piso de Alvalade. André estaba en la cocina, preparándose una cena rápida, y al verlo con la carpeta bajo el brazo y la expresión cansada, no hizo preguntas. Sabía cuándo debía hablar y cuándo debía callar.
— ¿Hay algo de comer? — preguntó Tomás, dejando la carpeta sobre la mesa.
— Hay restos de la pizza de ayer. Y huevos.
Tomás abrió la nevera, sacó los huevos y se preparó una tortilla. Comió en silencio, mientras André terminaba de cenar y se retiraba a su cuarto. La lluvia seguía golpeando las ventanas, un sonido constante y monótono.
Cuando se quedó solo, Tomás cogió el teléfono. Llamó a Sofía. Ella atendió al segundo tono.
— Hola — dijo él.
— Hola — respondió ella.
Hubo una pausa. Tomás sabía que tenía que decir algo, pero las palabras no le salían. Al final, fue Sofía quien habló primero.
— He estado pensando — dijo ella. — El viaje. Podríamos hacerlo otro fin de semana. No es el fin del mundo.
— Lo sé. Pero me siento mal.
— No te sientas mal. Es tu trabajo. Y yo... bueno, estoy acostumbrada.
No era un reproche, pero casi. Tomás no supo cómo responder.
— Te llamo cuando vuelva — dijo finalmente. — El lunes, quizá. O el martes.
— Vale. Cuídate.
— Tú también.
Colgaron. Tomás dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando la lluvia, que no cesaba, que parecía no querer cesar nunca.
Pensó en el Monte da Água, en el viaje de doscientos kilómetros, en el coche particular que tendría que llenar de gasolina, en los informes que tendría que redactar.
Pensó en Sofía, en la distancia que crecía entre ellos.
Pensó en la vida que llevaba, en la vida que no llevaba.
Y entonces, en medio de la tormenta que rugía en el exterior, Tomás recordó una frase de João, la del chófer, la que se le había quedado grabada sin querer: "La vida es larga, pero también es corta.
" Y se preguntó si aquello que estaba viviendo era vida, o simplemente una larga espera a que algo, algún día, sucediera.
Cogió la carpeta del Monte da Água, la metió en la mochila, y subió a su cuarto. Mañana sería un día largo.