La memoria del agua CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

A las siete y media de la mañana, Tomás ya estaba en la oficina.

El edificio estaba casi vacío, solo algunos conserjes y la señora de la limpieza, que pasaba el aspirador por los pasillos con un ruido monótono y distante.

Se sentó en su mesa, revisó el contenido de la mochila, y comprobó que llevaba la cámara, los formularios impresos, un bolígrafo de repuesto y las dos carpetas que había elegido.

La tercera seguía en el cajón, donde la había dejado la noche anterior, y no pensaba en ella.

A las ocho menos cuarto, bajó al garaje de la empresa.

Allí lo esperaba una furgoneta blanca, de las que usaban para los peritos de campo, con el logotipo de la aseguradora pintado en los laterales.

Junto a la furgoneta, apoyado contra el parachoques trasero, estaba João, el chófer que la empresa le había asignado para los desplazamientos.

João era un hombre de unos sesenta años, de complexión robusta y rostro curtido por el sol.

Vestía un chalequillo azul oscuro, la camisa abierta en el cuello, y llevaba unas gafas de sol baratas sujetas en la cabeza, como una diadema.

Cuando vio a Tomás, esbozó una sonrisa amplia que le arrugó todo el rostro.

— Buenos días, señor Gouveia. ¿Listo para el viaje?

— Buenos días, João. Listo. ¿Dónde me siento?

— Detrás, si no le importa. El asiento del copiloto está lleno de papeles. Es que la empresa me tiene como archivo ambulante, ya me entiende.

Tomás asintió y abrió la puerta trasera. El interior de la furgoneta olía a plástico caliente y a tabaco frío, un olor que no era desagradable, solo persistente. Se sentó, se ajustó el cinturón, y colocó la mochila en el asiento de al lado.

João arrancó el motor con un rugido contenido, y la furgoneta salió del garaje, ascendiendo por la rampa hasta la calle.

Las calles de Lisboa estaban ya llenas de tráfico, una corriente densa de coches y autobuses que avanzaba a trompicones hacia el puente 25 de Abril.

João manejaba con una calma que parecía imperturbable, los brazos extendidos sobre el volante, los ojos fijos en la carretera.

— Vamos primero a Setúbal, ¿verdad? — preguntó João, sin apartar la mirada del tráfico.

— Sí. Una casa de campo en la zona de Azeitão.

— Azeitão. Bonita zona. Buena gente. Y buen queso, ya me entiende.

Tomás sonrió. No era una sonrisa forzada, pero tampoco entusiasta. Era la sonrisa de alguien que ha empezado el día y sabe que lo terminará en el mismo sitio donde empezó.

— ¿Lleva mucho tiempo en la empresa, João? — preguntó, por preguntar, para llenar el silencio del coche.

João se rió, un sonido grave y ronco.

— ¿Mucho tiempo? Hombre, casi veinticinco años. Desde que el dueño era el padre del dueño actual. He visto cambiar tres logotipos, cuatro directores generales, y no sé cuántos peritos como usted, que vienen y se van.

— ¿Como yo?

— Sí, jovenes, con sus carpetas y sus cámaras. Algunos duran, otros no. Pero todos empiezan igual. ¿Usted lleva cuánto?

— Poco más de un año en esta empresa. Antes trabajé en dos más.

— Ya veo. La vida de perito. Siempre en la carretera, siempre con papeles. Y luego, cuando vuelve a casa, ¿qué encuentra?

Tomás se encogió de hombros, aunque João no podía verlo.

— Un piso alquilado. Un primo que casi nunca está. Una nevera medio vacía.

João soltó otra risa, pero esta vez más suave.

— Ya me entiende. He conocido a muchos como usted. Solteros, divorciados, algunos con hijos que ven un fin de semana al mes. La empresa se los come, los tritura, y luego los escupe. Pero bueno, ¿qué vamos a hacer? La vida es así.

— ¿Y usted, João? ¿Tiene hijos?

João hizo una pausa. La furgoneta se detuvo en un semáforo, y él aprovechó para encender un pitillo, aunque Tomás no estaba seguro de que estuviera permitido fumar dentro del vehículo. João inhaló profundamente, exhaló el humo por la ventanilla entreabierta, y luego respondió.

— Tengo dos. Una hija, que vive en Oporto con su marido y mis dos nietas. Y un hijo, que está en la marina mercante. Anda por el mundo, ya me entiende. Filipinas, Brasil, Angola... A veces pasa meses sin llamar. Pero cuando llama, es como si no hubiera pasado el tiempo.

— ¿Y su mujer?

— Mi mujer falleció hace cinco años. Cáncer. Fue rápido, por suerte. O por desgracia, no sé. Pero me quedé solo, y la empresa me dio trabajo de chófer para no jubilarme antes de tiempo. Ya me entiende.

Tomás no supo qué decir. Había una honestidad en la voz de João que lo desarmaba, una forma de hablar de la muerte como si fuera una noticia del tiempo, algo que simplemente pasaba, sin dramatismo ni lamento.

— Lo siento — dijo finalmente.

— No lo sienta. La vida es la vida. Y la vida sigue, ya me entiende. Ahora, ¿me cuenta algo de esta casa de Setúbal? ¿Qué tiene de especial?

La conversación derivó hacia el trabajo.

Tomás le explicó que la propiedad pertenecía a una familia de comerciantes de corcho, que la póliza llevaba más de diez años caducada, y que la empresa necesitaba una tasación actualizada para la subasta.

João escuchaba con atención, asintiendo de vez en cuando, y de vez en cuando interrumpía para señalar un punto de referencia en el paisaje.

— Mire, allí, a la derecha, esa es la fábrica de cemento. La fundaron en los años cuarenta, pero cerró en los noventa. Todavía están los edificios, vacíos. La gente dice que está embrujada, pero yo creo que solo está abandonada.

Tomás tomó nota mental, aunque no tenía nada que ver con su trabajo. La conversación era cómoda, sin la presión de tener que ser brillante o interesante. Era simplemente una conversación, dos hombres en una furgoneta, mientras la carretera pasaba bajo ellos.

Llegaron a Setúbal pasadas las nueve y media.

La casa de campo estaba en las afueras del pueblo, en una carretera secundaria bordeada de olivos.

La fachada era blanca, con las contraventanas azules y una verja de hierro oxidado que se abría con un chirrido.

El jardín estaba cubierto de malas hierbas, y un naranjo, ya seco, se alzaba en el centro como un testigo mudo.

Tomás se bajó de la furgoneta, cogió la cámara y los formularios, y se puso a trabajar.

Primero, fotografió el exterior desde varios ángulos: la fachada, el jardín, la verja, el tejado.

Luego, rodeó la casa hasta encontrar una puerta lateral que cedió con un empujón.

El interior era una ruina: paredes desconchadas, suelos de baldosa rota, una cocina con los muebles apolillados.

Pero Tomás no necesitaba evaluar la belleza de la casa, solo su estado estructural.

Tomó más fotografías, llenó los formularios con anotaciones rápidas, midió las estancias con el metro que llevaba en la mochila.

João se quedó en la furgoneta, leyendo un periódico doblado sobre el volante. De vez en cuando, miraba por la ventanilla y observaba a Tomás moverse por el jardín, con la cámara colgada al cuello, haciendo anotaciones con la mano libre.

Cuando Tomás volvió a la furgoneta, sudando ligeramente por el esfuerzo y el calor de la mañana, João levantó la vista del periódico.

— ¿Ha terminado?

— Terminado. Vamos a Ribatejo.

— Ribatejo. La bodega esa.

— Sí.

— ¿Queda lejos, verdad? Pero bueno, tenemos tiempo. ¿Quiere comer algo antes? Conozco un sitio en Alcácer do Sal que hace unos pasteles de bacalao de muerte.

Tomás consultó su reloj. Eran las once. La bodega de Ribatejo estaba a unos setenta kilómetros, pero no había prisa. El día era largo, y la tercera carpeta seguía en el cajón de su mesa, esperando.

— Vamos primero a la bodega — dijo. — Comemos después.

— Como quiera.

La furgoneta arrancó, y la carretera comenzó a deslizarse de nuevo bajo ellos.

Esta vez, el paisaje era más abierto, más liso, con campos de trigo que se extendían hasta el horizonte y pequeñas colinas donde pastaban ovejas.

João encendió otro pitillo, y la conversación continuó, fluida y sin esfuerzo.

— ¿Y usted, señor Gouveia? ¿Tiene hijos?

Tomás negó con la cabeza, pero luego recordó que João no podía verlo.

— No. Divorciado, sin hijos. Vivo con un primo.

— Ya. Otro de los que la empresa se ha comido.

— No me quejo — dijo Tomás, con una honestidad que le sorprendió. — Es lo que hay. El trabajo, la rutina, el alquiler. Y un romance a distancia que tampoco va a ningún sitio.

— ¿A distancia?

— En Oporto.

João soltó una risa breve.

— ¿Oporto? Pues no está tan lejos. Yo he ido a Oporto muchas veces. La ciudad es bonita, pero la gente es fría. No como los del Alentejo, que son más abiertos. Ya me entiende.

— No sé. Ella es profesora de historia. Le gusta su trabajo. Le gusta su ciudad.

— ¿Y usted? ¿Y usted le gusta a ella?

La pregunta era tan directa que Tomás se quedó en silencio un momento. João no esperaba respuesta, o al menos no parecía esperarla. Seguía conduciendo, los ojos fijos en la carretera, el pitillo entre los dedos.

— Supongo que sí — dijo Tomás, finalmente. — Si no, no estaríamos juntos.

— Exacto. Por eso la vida sigue. Porque siempre hay alguien que nos quiere, aunque sea a distancia.

La bodega de Ribatejo estaba en un valle, cerca de un río que Tomás no supo identificar.

Era un edificio de piedra de dos plantas, con un tejado de teja roja que se hundía en algunos puntos.

Las ventanas estaban tapiadas con ladrillos, y la puerta principal, de madera gruesa, estaba sellada con un candado oxidado que parecía haber estado allí desde hacía décadas.

Tomás trabajó rápido. Cinco fotografías del exterior, dos de los laterales, una de la parte trasera donde se veían unos barriles vacíos apilados contra la pared.

Llenó los formularios, anotó la dirección exacta, la superficie aproximada, el estado general del edificio.

Luego, se dio una vuelta alrededor de la bodega para asegurarse de que no había daños estructurales visibles.

La fachada principal tenía una grieta que bajaba desde el tejado hasta el suelo, pero no parecía peligrosa.

— ¿Terminó? — preguntó João, desde la furgoneta.

— Sí. Vámonos.

Tomás se subió, guardó la cámara en la mochila, y se recostó en el asiento. La mañana había sido intensa, y el cansancio empezaba a notarse. João arrancó y tomaron la carretera de vuelta hacia Lisboa.

— ¿Vamos a comer ese bacalao? — preguntó João, con un guiño en el espejo retrovisor.

— Vamos — respondió Tomás, con una sonrisa que no esperaba tener.

Comieron en una tasca en las afueras de Alcácer do Sal, un local pequeño con mesas de madera y manteles de cuadros rojos y blancos.

João pidió pasteles de bacalao para empezar, y un plato de choco frito para compartir.

La conversación se volvió más ligera. João habló de sus nietas, de los viajes de su hijo, de los precios de la vivienda en Lisboa, que se estaban volviendo imposibles.

— Mi hija me dice que no puedo jubilarme, que tengo que seguir trabajando para pagar el alquiler. Pero yo ya no sé cuánto me queda. La vida es cara, y la empresa paga lo justo.

Tomás asintió, masticando un trozo de choco. No era un tema que le gustara, pero era el tema de todos, el que siempre salía en las conversaciones con los compañeros, con los amigos, con los desconocidos. El costo de la vida, la imposibilidad de ahorrar, la incertidumbre del futuro.

— Yo tampoco ahorro mucho — dijo Tomás. — Entre el alquiler y las facturas, apenas me queda para comer.

— Y el romance a distancia, ¿no es caro?

Tomás se rió.

— Muy caro. El tren, las cenas, los hoteles. Pero no es algo que se pueda medir en dinero.

— Exacto. Por eso la vida sigue — repitió João, levantando su copa de vino en un brindis silencioso. — Porque siempre hay algo que merece la pena. Aunque no sepamos muy bien qué es.

La furgoneta entró en Lisboa pasadas las cinco de la tarde.

El tráfico era denso, la luz del sol de octubre se filtraba oblicua entre los edificios, tiñendo las fachadas de un tono dorado y cansado.

Tomás miraba por la ventanilla, sin ver realmente, dejando que el paisaje urbano pasara ante sus ojos como una cinta sin fin.

Cuando llegaron al garaje de la empresa, João detuvo la furgoneta en la misma plaza donde la había recogido.

— ¿Mañana tiene más? — preguntó João, mientras apagaba el motor.

Tomás negó con la cabeza.

— Mañana no. Tengo que entregar los informes y esperar instrucciones.

— Pues entonces, descanse. Ya me entiende, la vida es larga, pero también es corta.

Tomás cogió su mochila, se bajó de la furgoneta, y se despidió de João con un gesto de mano.

Subió las escaleras hasta la oficina, dejó las carpetas sobre su mesa, y se sentó un momento en silencio.

La oficina estaba vacía, la luz de la tarde entraba por las ventanas, y en el cajón de su mesa, la tercera carpeta seguía esperando.

Pero Tomás no pensó en ella. Pensó en los pasteles de bacalao, en las historias de João, en el choco frito y el vino, y en la conversación que había compartido con un hombre que no conocía y al que, probablemente, nunca volvería a ver.

Cogió su chaqueta, apagó la luz, y se fue a casa.