La memoria de las olas CATALINA
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CATALINA

C ATALINA

Un día más.

Se levantó y abrió las ventanas para que el sol se llevara las sombras nocturnas y los miedos, que se resistían a marcharse.

El mayor de ellos era dejar solo a Ramón, pero no sabía cómo prepararlo para vivir sin ella.

Él había aparecido en su vida cuando más lo necesitaba.

De algún modo, había sido el mayor regalo que le había enviado Dios, una persona íntegra y sin defectos que había sido su pilar y su fortaleza, su amor eterno y verdadero.

A veces, en plena noche, cuando la abrazaba y le acariciaba la espalda mientras recuperaba el aliento después de hacer el amor, le susurraba al oído lo mucho que la necesitaba y lo importante que había sido para él.

Nunca hablaba de amor; no era necesario.

Catalina sabía que todo lo hacía por ella y su pequeña familia, tan pequeña que ya casi había desaparecido.

Carmen ya no estaba y Lila había seguido adelante con su vida.

Ya solo se tenían el uno al otro y ya no quedaba gran cosa de ella.

Le dolían los huesos, el pelo se le caía a puñados, tenía la piel seca y arrugada, y las pecas de la juventud, que desaparecieron hacía tiempo, habían regresado en forma de verruguitas que le cubrían la cara, el cuello y se colaban incluso debajo de los pechos.

En ocasiones, se miraba al espejo y se preguntaba adónde habría ido a parar la Catalina joven.

¿Cómo puede un cuerpo estropearse hasta tal punto en solo sesenta y tres años?

Se sentía anciana, más vieja que los árboles y que las colinas donde Ramón seguía deslomándose todos los días para cultivar su comida.

Hoy se encontraba fuera, contemplando el cielo de octubre, claro y luminoso como siempre.

Toby, un perro viejo que había aparecido en la puerta de la casa poco después de la muerte de Carmen, descansaba a sus pies, y su vientre subía y bajaba con cada respiración.

Catalina no había dormido bien. Estaba cansada de la lucha diaria por eludir la muerte y entendía que su corazón también lo estuviera.

Se apoyó la mano en el pecho y se masajeó el corazón, no para animarlo a seguir latiendo, sino para decirle que no pasaba nada si quería descansar.

Ana se acercó en silencio y su voz tomó a Catalina por sorpresa. Toby se levantó de un salto y meneó la cola al oír a Ana, que se agachó a acariciarlo.

—Los vecinos dicen que se acerca un huracán; deberíamos prepararnos.

—Prepararnos... ¿cómo? —Catalina no se volvió hacia su amiga—. ¿Qué podemos hacer?

Ana se echó a reír.

—No lo sé, pero quedarnos mirando al cielo no arreglará nada.

—¿Tiene nombre?

—¿Quién?

—El huracán. Si le ponen nombre, es que es malo. Si no le han puesto nombre, no hay de qué preocuparse.

—Se llama Flora.

—Entonces, más vale prepararse. —Catalina se volvió hacia ella.

Tenía el rostro demacrado y macilento. Ana notó que había perdido peso.

¿Se alimentaba bien? No recordaba la última vez que su amiga había tomado algo que no fuera un tentempié.

En los últimos tiempos, todo el mundo tenía tanto miedo de salir de casa cuando se ponía el sol que Ana se encerraba en la suya al atardecer y no volvía a salir a menos que su amiga la necesitara.

Aunque era un año mayor que Catalina, no había perdido fuerza ni agilidad.

Llamaba la atención su melena rizada, que permanecía negra como siempre, sin una sola cana.

Solo su rostro dejaba ver los estragos causados por el paso del tiempo y por los años vividos bajo un sol de justicia.

Rodeó a Catalina con un brazo y la condujo hacia la casa, donde prepararon algo para merendar.

Mientras su amiga hacía un poco de café, Ana cortó un trozo de dulce de guayaba en tiras, puso trozos de queso casero por encima y preparó unas timbitas.

Las sirvió en una bandejita azul y se sentó junto a Catalina en el comedor.

Por las ventanas abiertas vieron cómo el cielo se oscurecía.

Las palmeras dejaron de danzar al ritmo de la brisa y las hojas del resto de los árboles se quedaron inmóviles.

El ambiente se volvió denso y el aire, aunque en calma, ya no era invisible.

Todo adquirió una tonalidad amarillenta, como si estuvieran viendo el mundo a través de un filtro.

Un relámpago sacudió el cielo e hizo que a Ana se le cayera la timbita de guayaba y queso que tenía en la mano, pero la recuperó enseguida y se la comió antes de que lo hiciera el perro.

—Será mejor que me vaya a casa —dijo levantándose, y después de juntar la mejilla a la de Catalina a modo de despedida, salió corriendo mientras los primeros gotones de lluvia golpeaban el techo como si fueran canicas.

Ramón estaba llevando a los animales hacia el establo cuando empezó a llover. Al principio era una lluvia normal, como un aguacero de primavera, pero enseguida empezó a cobrar fuerza y Ramón corrió hacia la casa, donde Catalina lo ayudó a secarse con una toalla.

Había estado lloviendo a ratos desde hacía dos días. Cansada de estar encerrada en casa, Catalina abrió una ventana. La lluvia caía como un telón: gruesa, opaca y meciéndose con el viento. Sin soltar la toalla, Ramón se acercó y cerró la ventana.

—¿Qué haces? ¡Te vas a empapar! Aléjate de la ventana, mujer —le ordenó.

Catalina contemplaba la lluvia, fascinada.

El agua castigaba el tejado como si hubieran soltado una manada de caballos salvajes sobre la casa y taladraba el jardín con la fuerza de un pico, y el viento zarandeaba las puertas, como rogando que lo dejaran entrar.

El viejo Toby, asustado, se escondió debajo de la cama.

—Esto es demasiado —murmuró Ramón, que iba de un lado a otro en busca de alguna señal de goteras o filtraciones.

Aunque no había ninguna, Catalina empezó a sentir que se ahogaba y comenzó a toser, como si se le hubiera quedado algo atascado en la garganta. Alarmado, Ramón acudió en su ayuda y le masajeó la espalda.

—¿Has comido algo?

Ella negó con la cabeza y se sentó en su taburete favorito, el de las patas pintadas de naranja.

Era tan viejo que la piel de vaca que cubría el asiento se había recubierto de una pátina brillante y los pelos ya no se le clavaban ni le provocaban picor en las piernas, como los otros.

El corazón empezó a dolerle al latir, un dolor que conocía bien, y se sentía tan débil que, si hubiera tratado de levantarse, no lo habría conseguido. Ramón se arrodilló ante ella.

—¿Qué te pasa? Dímelo —le exigió Ramón al ver que ella se sostenía la cabeza con las manos.

Sentía un dolor punzante en las sienes y tenía la mandíbula trabada por el dolor.

Los labios se le estaban poniendo azules y le castañeteaban los dientes, como si tuviera frío o fiebre.

Le costaba respirar y enfocar la mirada al mismo tiempo, pero eligió enfocarla porque quería ver a Ramón por última vez.

Le tomó la cara entre las manos y le acercó los labios a la oreja, como si quisiera susurrarle un secreto, pero le faltaban las fuerzas.

Dejó caer las manos sobre sus hombros y la cabeza se le quedó colgando de lado.

Recordó lo que el doctor le había contado tantos años atrás, cuando le preguntó qué se sentía al ahogarse.

Ahora sabía que había acertado en todo, aunque lo que sintió al hundirse en las oscuras aguas de su muerte y sumergirse hasta las profundidades con el brazo extendido en busca de la manita de su hija no fue desesperación, sino paz.

—¡Catalina! —gritó Ramón, pero ella ya no podía oírlo.

Solo oía el latido desbocado de la sangre en los oídos y el sonido lejano de la sirena de un barco. Ramón hundió la cara en su regazo y sus lágrimas le empaparon los muslos. Fue lo último que Catalina sintió: algo húmedo y fresco como el agua que le corría entre las piernas.

El viento abrió una ventana y la lluvia empezó a entrar a raudales. El agua corrió como un río por los suelos de cemento agrietado hasta asentarse en la parte baja de la casa, el comedor, donde Ramón y Catalina permanecieron fundidos en un abrazo torpe mientras el agua iba empapando sus pies.