La memoria de las olas MARA
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MARA

M ARA

Permanecí sentada a la sombra del mango durante horas con las libretas desparramadas a mi alrededor.

Una cabra se acercó y empezó a mordisquear la hierba.

Oí el relincho de un caballo, el cloquear de las gallinas, el crujido de las hojas del banano sacudiéndose al viento, el zumbido de los insectos y el insoportable estruendo de las cigarras, chirriante como carne en aceite hirviendo.

Por fin sentí que me encontraba en Cuba y me di permiso para sentir, solo sentir, sin que los pensamientos se interpusieran entre las emociones y yo, porque todo a mi alrededor me resultaba familiar. Esta seguía siendo mi casa.

Algo que llevaba mucho tiempo atascado en mi pecho pareció liberarse y desplazarse hacia la garganta, que se estrechó.

Luego siguió subiendo hasta llegar a mis ojos, colmados de lágrimas.

Tenía muchas razones por las que guardar luto, muchísimas, pero también otras tantas por las que estar agradecida.

Di las gracias por la fortaleza de esas mujeres, en particular de Catalina, por haberse atrevido a volver a vivir, por haber sobrevivido a lo inimaginable para seguir creando vida, para vivir enamorada y rodeada de amor; para criar con cariño a una hija y luego a una nieta, mi madre.

Mi madre, que había sabido elegir a un hombre extraordinario y que me había enseñado cómo ser una buena madre para un hijo maravilloso.

Porque al final de la cadena se encontraba Dylan, y no podía sentirme más agradecida por el modo en que las cosas habían sucedido para que yo acabara teniendo precisamente a este hijo, mi Dylan.

Oí acercarse a Linito antes de que él me llamara y me preguntara si tenía hambre.

No se dio cuenta de que estaba llorando o, si lo hizo, prefirió no mencionarlo.

Me eché a reír, porque eso era lo que me habría preguntado mi padre si me hubiera visto triste.

Los cubanos lo arreglan todo con comida.

Y el caso era que, sí, estaba hambrienta; famélica, de hecho.

Por eso extendí los brazos y Linito me ayudó a levantarme con esfuerzo, pero fingiendo —Dios se lo pague— que seguía siendo tan liviana como la niña a la que solía llevar a caballito.

Tras volver a guardar los diarios en la bolsa entramos en la casa, donde Linito me ofreció un auténtico banquete, con los mejores frijoles con arroz y carne de cerdo que he comido nunca, todo acompañado de unos buenos tostones de plátano.

Aunque tenía mil preguntas que hacerle, permanecí en silencio y dejé que me hablara de su familia.

Después de la muerte de su madre, Ana, su padre se había sentido perdido sin la compañía de la única mujer a la que había amado, pero, como suele pasar con los hombres que tienen una gran dependencia de sus esposas, Aquilino no tardó en encontrar sustituta.

Se casó con una viuda de otro pueblo y vivió feliz con ella hasta que murió en la cama, de viejo.

Linito, sin embargo, se había quedado. Consideraba que su lugar estaba allí, cuidando de Ramón, de las dos casas, los animales y, aunque no lo mencionó, de los recuerdos de las dos mujeres que lo habían criado: su madre y Catalina.

Se casó, tuvo dos hijas y era abuelo de cinco nietos a los que nunca había visto, ya que sus hijas hicieron uso de su ascendencia española y emigraron al pueblo de Galicia del que su padre había escapado años atrás.

Después de comer, mientras él lavaba los platos con delicadeza y yo los secaba, Linito me contó cómo había muerto su madre.

Dos meses después de la muerte de Catalina, Ana fue a visitar su tumba y le pidió a Aquilino que la dejara allí, a solas, mientras él iba a hacer recados.

Se tumbó en el suelo junto a la tumba y, al parecer, se quedó dormida.

Al despertar, Ana no sabía quién era ni dónde estaba.

Después de aquello tuvo algunos momentos de lucidez, pero breves y cada vez menos frecuentes.

Preguntaba por Catalina y, cuando le decían que había muerto, lloraba sin consuelo.

Al cabo de unas horas, volvía a preguntar y el ciclo se repetía.

Al final, Linito y su padre decidieron que la única solución era mentir.

Le decían que Catalina estaba en su casa, o en el guayabal, o que se había ido a hacer un recado con Ramón.

Cualquier cosa con tal de evitarle la tortura de recordar que Catalina estaba muerta.

En enero de 1965, Ana murió en su cama, con el cuerpo atrofiado y encogido como el de un feto en un vientre.

—Creo que quería estar con su hermana —concluyó Linito.

Permanecí en silencio mientras procesaba lo que acababa de escuchar. Estuve a punto de pedirle que me lo repitiera, pero me di cuenta de que lo había oído bien y de que ese era el secreto al que se había estado refiriendo desde el día anterior.

—Con su hermana —repetí, para evitar hacerle una pregunta directa.

—Sí, eran hermanas, medio hermanas. Pero al final pasaron más tiempo juntas del que habían pasado con sus hermanos y hermanas; y estoy seguro de que se querían más de lo que quisieron a nadie más en el mundo.

—No lo entiendo.

El problema no era el habla guajira, es que lo que decía no tenía ningún sentido.

—El padre de Catalina era también el padre de mi madre —me aclaró con la mirada fija en las lomas lejanas, verdes y doradas bajo el sol del mediodía.

Por fin una frase enunciativa completa. Pero seguía confusa.

O tal vez no quería creer lo que había oído.

En La Palma me habían contado tantas cosas sobre el padre de Catalina —don José, que era como todos llamaban al patriarca de la familia— que me hice a la idea de que era un santo, un hombre sin vicios ni defectos, sabio, inteligente, con una paciencia y un optimismo inagotables.

La vida, y sobre todo mi trabajo, me habían enseñado que no existe el ser humano perfecto, pero seguía sintiendo que necesitaba alguna prueba.

¿Cómo lo sabía Linito? ¿Cómo podía estar seguro?

—¿Me perdí algo al leer los diarios? —le pregunté.

—No. Era su secreto mejor guardado. No lo sabía nadie, ni siquiera mi padre y mucho menos Catalina, pero mi madre me lo contó y me pidió que no lo compartiera con nadie —al terminar de hablar, se volvió para mirarme.

—Pero, entonces, ¿por qué me lo cuentas?

—No lo sé. Supongo que porque creo que ya no puede hacerle daño a nadie. Como te dije ayer, ya están todos muertos, y yo también lo estaré pronto. Creo que alguien debería saberlo.

De repente, empecé a ver las cosas mucho más claras.

—¿Juan también era hermanastro de Catalina? —pregunté horrorizada.

—No, solo mi madre.

Linito me explicó que Tomás y Juan tenían el mismo padre, un borracho cantamañanas que los abandonó, tal como me contó Julián en La Peña.

Al parecer, eso era verdad, pero el resto me sorprendió.

Por lo visto, cuando su madre se quedó sola, con dos niños pequeños, don José empezó a visitarla por las noches.

Nadie lo sabía y, en principio, nadie salía perjudicado por su arreglo, hasta que se quedó embarazada, sin marido, y poco después Ana llegó al mundo.

Nadie en el pueblo sabía quién era el padre, excepto José Ángel.

—Por eso se opuso tanto a la relación entre Juan y Catalina —siguió contando Linito—. Mi madre siempre se culpó de ello, como si su existencia fuera el motivo que impedía que ellos dos se amaran sin complicaciones. No fue un peso fácil de llevar.

—¿Crees que estaban enamorados?

—¿Quiénes?

—La madre de Juan y don José.

—No lo sé. Lo más probable es que fuera una de esas cosas... Una mujer sola, un hombre sin escrúpulos... El problema estuvo en que no tomaron precauciones, y mi madre cargó con el estigma de su pecado durante toda su vida.

—Pero no fue culpa suya. En todo caso, sería culpa de sus padres, sobre todo de don José, por aprovecharse de una mujer tan vulnerable.

—Ya, pero las cosas entonces eran distintas. Mi madre era una mujer muy religiosa y enfocó su devoción en Juan y Catalina. Pensó que era la manera de expiar y reparar su nacimiento.

Me sentía dividida entre el horror y el enfado, pero también un tanto aliviada por haber averiguado al fin la verdad.

Me marché poco después, con una bolsa llena de cuadernos, un buen dolor de cabeza y una profunda tristeza en el corazón.

Sabía que no volvería jamás a Sabanilla.

Linito me acompañó al coche y, de camino, me enseñó a acariciar el lomo de los bueyes sin asustarlos: con delicadeza y de costado, sin perder nunca el contacto visual.

En el último momento, cuando estaba ya a punto de entrar en el coche, Linito me dio un beso en la frente, como solía hacer mi abuelo Ramón.

Mientras me alejaba, miré por el espejo retrovisor y lo vi en medio de una nube de polvo, saludando con la mano, como la gente que se despide de los barcos que zarpan.

En ese momento me di cuenta de que no había sacado ninguna foto.

Todo lo que me llevaba de estos últimos días en Cuba lo guardaba en mi alma y en mi corazón.