La memoria de las olas MARA
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MARA

M ARA

Al oír ruido en alguna parte de la casa, me di cuenta de que no estaba sola.

Quería seguir durmiendo, pero el olor del café —intenso y delicioso— me obligó a abrir los ojos.

Por un momento, me sentí desorientada; como si hubiera viajado hacia atrás en el tiempo y el abuelo Ramón estuviera en la cocina preparando el pan tostado con mantequilla y el café con leche para el desayuno.

Mi padre estaría fuera, afeitándose con cuidado frente al espejo roto clavado en el tronco de un árbol, como hacía todos los días cuando veraneábamos aquí.

Pero no, era Linito; reconocí cómo arrastraba la pierna mientras se movía de un lado a otro.

Lo encontré en la cocina, donde estaba preparando el desayuno con su sonrisa ladeada de siempre.

Señaló hacia el retrete exterior y el viejo aguamanil con la palangana de metal esmaltado en el que de pequeña me lavaba la cara cada mañana bajo la mirada de los bueyes, Azabache y Villanueva, la primera pareja que llevó esos nombres.

Volví a hacer lo mismo esta vez, mientras los bueyes actuales pateaban el polvo con las pezuñas, igual que hacían los demás.

El agua estaba bastante fría. Linito me ofreció una toalla limpia.

Solo eran las seis de la mañana. Una fina neblina flotaba sobre el suelo y el rocío se aferraba todavía a la hierba.

Di una vuelta alrededor de la casa, familiarizándome de nuevo con un terreno que en otro tiempo me resultaba tan mío.

Sabanilla no podía ser más distinto a La Peña.

En La Palma los bosques frondosos enmarcan un cielo cambiante, que pasa del azul celeste en los días claros a un gris plomizo las mañanas de niebla.

Aquí, las palmeras perforaban una tierra llana como una sábana, como si fueran velas en un pastel de cumpleaños.

Colinas bajas punteaban la monotonía del horizonte y me recordaban a cascos militares, un revoltijo de verdes y marrones que contrastaba con el cielo, de un azul difícil de igualar.

El suelo de esta parte de la isla siempre ha sido caótico, lleno de arbustos, malas hierbas y enormes enredaderas que crecían a lo loco y solo perdían terreno a golpe de los machetes que los hombres llevaban siempre colgados de los cinturones.

A lo lejos, vi las lomas que mi abuelo había transformado en terrazas con su esfuerzo, donde cultivaba el arroz y los frijoles que nos enviaba cada año tras la cosecha.

Para nosotros ese trozo de terreno era «la loma», sin más.

—¿Qué pasó con la loma? —le pregunté a Linito al volver a entrar en la cocina.

Eran las primeras palabras que pronunciaba esa mañana, y noté la garganta áspera y dolorida, como cuando murió Nelson y lloraba incluso mientras dormía.

—Ahora es del Gobierno —contestó él—. Ramón no tuvo herederos y la confiscaron.

—Pero tú seguías aquí.

—Sí, pero no soy familiar directo. Al menos, no de manera oficial.

—¿Qué quieres decir?

—¿Leíste los cuadernos?

—No todos, ¿por qué?

—Vamos, desayuna un poco. Se te va a enfriar —fue lo que respondió antes de marcharse.

Tras acabarme los deliciosos huevos fritos y el café con leche que me había preparado, regresé a la habitación en busca de la bolsa roja con los cuadernos y me dispuse a leer en el patio, bajo el mango.

Despejé el terreno con la bota, me senté donde me pareció que el suelo estaba seco y cogí el cuaderno con fecha de 1959.

Sin contar al padre de Linito, Aquilino, en esta familia nadie había aguardado con ansia el triunfo de la revolución cubana, como había sido el caso de tantas familias de la isla.

Y, a excepción de Ana, tampoco nadie había apoyado a Fulgencio Batista, el dictador que huyó de la noche a la mañana, dejando el terreno abonado para que los rebeldes encabezados por Fidel Castro declararan la victoria el 1 de enero de 1959.

Gracias al diario de Ana, sé que todos se acostaron temprano la última noche de 1958, como de costumbre, y que por la mañana oyeron los gritos de alegría de algunos vecinos.

Uno de ellos se acercó a su casa a caballo para anunciarles que Batista había huido y que los rebeldes se habían impuesto.

Esto es lo que Ana escribió ese día:

Ramón se sentó, dio un puñetazo en la mesa de la cocina y dijo: «Esto es el comunismo.

Ya veréis». Nos dijo que escondiéramos los objetos de valor y, aunque no teníamos gran cosa, también escondimos el dinero.

Aquilino pensó que estábamos exagerando, se enfadó y luego desapareció.

La verdad es que no sé adónde va cuando sale de casa, pero creo que esta vez se ha ido a celebrarlo, y sabe que eso no lo voy a consentir.

Ana no volvió a hacer comentarios sobre el nuevo gobierno, pero, en agosto, anotó que Ramón había llevado a mi madre a La Habana.

Lila se ha ido hoy a La Habana para pasar unos meses con unos parientes lejanos de Ramón.

No me enteré de que tenía parientes en Cuba hasta que los vi en el funeral de Carmen.

Ramón cree que será bueno para Lila conocer la capital.

Yo también lo creo, aunque todos la vamos a echar de menos, sobre todo Linito.

Es mucho más que mi sobrina; es como una hija para mí.

Unas páginas más adelante, aparece el nombre de mi padre por primera vez:

Hoy he recibido una carta de Lila. Ha conocido a un joven.

Alto, dice, y muy delgado, como ella, con el pelo negro y ondulado, la nariz larga, ojos oscuros, pequeños pero penetrantes, y las manos grandes, con las uñas limpias.

Lo único que no le gusta de él es que sea un año menor que ella.

Aunque ella no lo menciona, yo sé que va a casarse con él.

Se llama Ernesto Denis y su familia no vive lejos de aquí.

A diferencia de la nuestra, su familia está completa.

Tiene seis hermanos. Yo, en cambio, perdí a mis dos hermanos hace tanto tiempo que a veces se me olvidan detalles de sus caras o el sonido de sus voces.

Y aunque Catalina nunca habla de ello, sé que ella también añora a sus hermanas.

En otro cuaderno, contaba que Ernesto Denis acudió a Sabanilla para pedir la mano de mi madre.

Ramón se mostró encantado. Catalina, aunque apenas abrió la boca, también se alegró por su nieta.

La fecha de la boda se fijó para el día 28 de octubre de 1962.

Mi madre comentaba a menudo que su luna de miel había quedado interrumpida por lo que los estadounidenses llamaron «La crisis de los misiles» y los cubanos bautizaron de manera eufemística como «La crisis de octubre», como si el mundo no hubiera estado al borde de una guerra nuclear.

Desde la ventana de su hotel en La Habana, vieron pasar una hilera de tanques mientras el país se preparaba para la guerra contra Estados Unidos.

Pero Ana no escribió nada sobre eso, ni sobre el anterior intento de derrocar el régimen castrista durante la invasión de Bahía de Cochinos en 1961.

Tal vez ese tipo de acontecimientos le resultaban difíciles de entender desde el aislamiento de su vida en el campo, alejada de los lugares donde se tomaban las decisiones que trastocaban la existencia de las personas.

En cuadernos posteriores, encontré referencias a lo duro que se había vuelto el día a día tras la revolución y, en especial, a lo mucho que le había cambiado el carácter a Aquilino, que siempre estaba enfadado y buscaba consuelo en sus «escapadas al monte».

«Aquilino estaba seguro de que el nuevo gobierno traería paz, prosperidad e igualdad al país, pero incluso él se da cuenta de que eso no está sucediendo», escribió Ana.

Me di cuenta de que sus textos se volvían cada vez más imprecisos y evasivos, por razones obvias, pero tuve la sensación de que su marido estaba involucrado en lo que en aquel tiempo llamaron «actividades contrarrevolucionarias».

Era un delito grave. Si te descubrían, el castigo era la cárcel o, dependiendo del grado de implicación, la pena de muerte frente al pelotón de fusilamiento.

No estaba del todo segura de qué implicaban esas «escapadas al monte» de las que hablaba Ana.

Parecía que estuviera refiriéndose a excursiones para relajarse en comunión con la naturaleza, pero me extrañaba mucho, ya que había leído bastante sobre el tema y sabía que, hasta 1965, había habido insurgentes en las montañas de Escambray, no muy lejos de aquí, que planeaban derrocar a Castro.

Esos conatos de revuelta fueron aplastados por el Gobierno, que no mostró compasión.

Si, tal como sospechaba, Aquilino se había involucrado, no podía negarse que había sido un hombre muy afortunado, capaz de esquivar a la muerte dos veces, primero a manos de los hombres de Franco y luego de los de Castro.

En el diario del año 1963 encontré lo siguiente:

Siento que Catalina se está apagando. Ramón no parece darse cuenta o prefiere no demostrarlo.

Fue su cumpleaños, pero, por supuesto, no quiso celebrarlo.

Dijo que, a los sesenta y tres años, era demasiado vieja para un pastel.

Traté de encontrar gofio para prepararle alguno de los platos que le gustan, pero es imposible encontrar gofio hoy en día. Ni gofio ni ninguna otra cosa.

Después de esto, había unas cuantas páginas en las que Ana empezaba a escribir, pero enseguida parecía perder el hilo o el interés.

«Hoy ha llovido», escribió el 15 de septiembre de 1963.

«Ramón ha dicho que podemos perder la cosecha de arroz. Que llueva es bueno, pero no si llueve tanto», añadió el día 20.

«Lleva una semana lloviendo sin parar...», ese texto ni siquiera estaba fechado.

Tras una página en blanco, llegaba esto: «Catalina murió anoche».

Fueron las últimas palabras que escribió. Y no encontré ninguna libreta con fecha posterior a 1963 en la bolsa roja.