CATALINA
C ATALINA
Octubre siempre había sido su mes favorito en La Palma.
Los días eran templados, lo peor del verano había pasado ya y una brisa agradable solía agitar las hojas de los bananos que se veían desde la ventana de su habitación.
Al atardecer, los pinos del bosque parecían murmurar y la fragancia de las magnolias invadía toda la casa. Y apenas llovía.
Pero de eso hacía ya mucho tiempo; eso era antes de que octubre se convirtiera en el mensajero que traía los dolorosos recuerdos de la muerte de Carmen, de la que hacía ya ocho años, y antes de que su mundo cambiara de un modo que nadie habría podido imaginar.
Ahora todos los meses le parecían iguales; no eran más que una manera de marcar el tiempo que pasaba hasta que llegara lo inevitable.
Catalina hizo lo que pudo para permanecer aislada del mundo exterior, pero la vida se había vuelto tan dura para su familia durante los últimos cuatro años que le resultó imposible.
No había pilas que hicieran funcionar la vieja radio y, al no tener todavía electricidad, no les llegaban las noticias; solo las que traían los vecinos, que nunca eran buenas.
Desde que los rebeldes habían tomado el control, mucha gente había huido del país, y muchos otros habían perdido no solo los negocios y las casas, sino también a sus familias.
Era doloroso reconocer que un gobierno que había llegado al poder con tantas promesas hubiera resultado ser un auténtico fiasco.
La comida estaba racionada y era difícil encontrar incluso artículos de primera necesidad.
Catalina y Ana aprendieron a fabricar su propio jabón y a cocinar con los pocos ingredientes de los que disponían.
Pero Catalina estaba exhausta. Vivía atemorizada y temía a los «alzados», gente que se escondía en las colinas para luchar contra el Gobierno.
A veces, por la noche, oía disparos y veía sombras correr a lo lejos.
Otras veces desaparecía un animal, o dos.
Habían tenido que esconderlos y encerrarlos bajo llave en el cobertizo.
Nadie sabía quiénes eran los ladrones, pero habría sido inútil denunciarlos a las autoridades; solo habrían conseguido despertar sospechas sobre la granja, que sería sometida a un duro escrutinio.
Sola en casa, con la única compañía de Ramón, Catalina empezó a recordar el pasado cada vez con más frecuencia.
Se preguntaba qué habría sido de sus hermanas.
Lucía, que tanta prisa tenía por crecer, debía de ser ya una anciana, igual que ella.
¿Y Simona? ¿Habría sido feliz en su matrimonio? ¿Habría tenido hijos?
Este tipo de pensamientos y otros más oscuros empezaron a atormentarla.
Pensaba mucho en el mar y en cómo se había escapado de él de milagro.
Podría haber estado a bordo del Valbanera cuando se hundió, azotado por el viento, tan lejos de Cuba y tan profundamente que tardaron días en encontrarlo.
De hecho, debería haber estado allí, junto a sus seres queridos, pero no fue así.
De haber seguido a bordo, no habría conocido a Ramón, Carmen no habría nacido y Lila no existiría.
Era absurdo dejarse arrastrar por ese tipo de pensamientos.
Sobrevivir le había permitido ser útil de muchas maneras.
Había creado una nueva familia, aunque fuera sobre las cenizas de la antigua.
¿Quién podía culparla por haber vuelto a amar y por dejar que la vida siguiera su curso?
¿Quién iba a culparla por permitir que la gracia de Dios la bendijera con una nueva hija?
Era cierto que se la había llevado demasiado pronto, pero les había dejado a Lila, que había llenado sus vidas de alegría.
¿Quién sabía qué le tendría reservado Dios a su nieta?
Catalina no creía que llegara a conocer a sus bisnietos.
Deseaba verlos algún día, pero sabía que era pedir demasiado.
Era consciente de que no le quedaba mucho tiempo.
La muerte la andaba buscando. Llevaba más de cuatro décadas rondándola, cada vez más cerca.
Primero se llevó a su abuela y a su padre con pocas semanas de diferencia; luego a su marido, a su amante y a su bebé al mismo tiempo.
También a los gemelos, arrancándoselos del vientre cuando eran del tamaño de una patata...
Y aún hubo más pérdidas. Y, por supuesto, la más reciente, la de Carmen, tan joven, que dejó a su hija sin madre.
Ramón percibía que Catalina estaba triste.
Cada atardecer, se sentaban juntos después de cenar para terminar el día tal como lo empezaban: tomando café con leche, un ritual sagrado desde hacía años.
Él trataba de darle conversación, pero Catalina parecía estar muy lejos de allí, sumida en sus pensamientos.
Se imaginaba que estaba triste porque Lila ya no vivía con ellos.
Se había enamorado y se había ido a vivir a La Habana con su marido.
Cuando le preguntó si la apenaba la ausencia de Lila, ella asintió con la cabeza y le dirigió una sonrisa débil pero cómplice.
Ambos sabían que era más fácil dejar las cosas así.
Catalina se notaba el corazón cansado. A veces se daba cuenta de que se saltaba un latido o que latía más despacio de lo habitual, como si la avisara para que estuviera alerta.
En esas ocasiones se detenía y se apoyaba en la pared, el respaldo de una silla o el tronco de un árbol, porque se sentía débil y mareada.
Temía desmayarse, pero nunca lo hizo; no era más que un aviso.
Así que lo único que hizo fue escucharlo. ¿Cómo se prepara uno para la muerte? ¿Qué podía pedirle a Dios? ¿Otro año? ¿Seis meses? ¿Para qué? Cada noche se dormía entre los brazos de Ramón, con la esperanza de que, si llegaba durante la noche, la muerte no la encontrara sola.
Al amanecer, cuando oía el canto del gallo y olía el café que Ramón estaba preparando en la cocina, sentía una mezcla de sorpresa y decepción. Un día más.