La memoria de las olas MARA
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MARA

M ARA

Me quedé leyendo hasta la madrugada, hasta que las palabras de Ana se volvieron borrosas y se me durmieron las manos de sostener el cuaderno con tanta fuerza.

Al darme cuenta de que mi madre nunca me había contado las circunstancias exactas de la muerte de la suya, fui incapaz de seguir leyendo. El corazón me dolía y los ojos se me llenaron de lágrimas. De repente, me embargó una inmensa ola de amor hacia mi madre y una gran necesidad de protegerla.

El año en que yo cumplí los dieciséis, mi madre estaba convencida de que iba a morirse. Recuerdo que me desperté el día de mi cumpleaños sintiendo que alguien me acariciaba el brazo. Abrí los ojos y me la encontré sentada a mi lado, llorando en silencio.

—¿Qué pasa? —le pregunté mientras me incorporaba de un salto con el corazón acelerado.

Fue la primera vez que noté que el corazón me latía como un caballo desbocado.

—Nada, Mara, nada. No te preocupes. —Apartó la mano de mi brazo.

—No, cuéntamelo.

«Bum-bum-bum-bum».

Me llevé las manos al pecho y me eché hacia delante.

Debió de notar que estaba afectada, porque me respondió enseguida.

Lo que me contó me dejó helada. Era lo último que esperaba oír:

—Es solo que mi madre murió el día después de que yo cumpliera dieciséis años, y hoy es tu cumpleaños.

Aparté la sábana de una patada y me levanté.

Eché a andar de un lado a otro de la habitación, masajeándome la zona del corazón para que se calmara.

No podía creer que mi madre me hubiera estropeado el cumpleaños de esta manera.

Era yo la que cumplía dieciséis años, ¡pero ella solo podía pensar en su dolor!

Preocupada, me trajo un vaso de agua e hizo que me sentara.

Se sentó a mi lado y permaneció en silencio, esperando a que se me pasara el ataque de pánico.

No volvimos a hablar del tema nunca más, pero ese día mi corazón aprendió una cosa: a partir de entonces, siempre reaccionaría así cuando me faltaran las palabras.

Cumplí los dieciséis en 1980, el año después de que nos marcháramos de Cuba.

Durante la travesía, mi madre me abrazó todo el rato.

Tenía miedo de perderme arrastrada por las olas que se colaban en nuestra pequeña embarcación, dejando un rastro de agua, salada como las lágrimas.

Aunque ahora pienso que tal vez tenía miedo de ser ella la arrastrada por las olas; miedo de morir y dejarme huérfana en una tierra extraña.

De hecho, mi madre tenía tanto miedo que una de las primeras cosas que hicieron mis padres al llegar a Miami fue comprar una parcela en un cementerio.

Fue ella la que insistió, y mi padre aceptó.

Aunque ninguno de los dos había cumplido aún los cuarenta, querían controlar su destino final.

Ahora sé que mi marido Nelson tenía razón cuando me decía que tras el carácter fuerte y brusco de mi madre se escondía una niña asustada.

Dentro de poco, Mima iba a cumplir los ochenta, y le pedí a la vida que me concediera tiempo para ayudarla a superar sus viejos traumas.

Tal vez leer los cuadernos de Ana la ayudaría.

Ojalá pudiera leerlos como lo había hecho yo, con curiosidad, pero manteniendo una cierta distancia, aunque suponía que eso sería pedir mucho.

A fin de cuentas, para mí las historias en esos cuadernos eran anécdotas sobre gente que no llegué a conocer, pero para mi madre era la historia de su vida.

A su manera, Mima me había estado protegiendo del pasado.

Empezaba a entender que muchos de los «defectos» de su carácter eran fruto de una infancia vivida a la sombra de los secretos, la vergüenza y el miedo a la enfermedad y a la muerte.

Ahora entendía mejor por qué se había opuesto con tanta firmeza cada vez que había tomado una decisión que reafirmaba mi independencia.

Si mudarme a Nueva York había sido una batalla, el traslado a España había supuesto una guerra.

Esperaba con impaciencia a que se hiciera de día para poder llamarla o, mejor aún, volar a Miami, hablar con ella en persona y abrazarla.

Dejé los cuadernos a un lado, me quité las gafas de leer y me cubrí la cabeza con la almohada, tal como hacía de niña.

Me quedé dormida casi al instante, pero, antes de dejarme vencer por el sueño, me acordé de que lo único que se había llevado mi madre de Cuba cuando nos marchamos había sido una polvera dorada, gastada.

En la tapa, todavía se leían claramente las iniciales de su madre: CFQ.