CATALINA
C ATALINA
Catalina se dejó caer al suelo de rodillas y, al momento, se dio cuenta de que esta vez no iba a poder ayudar a su hija.
No había tintura ni poción, ninguna oración ni santo, que pudiera curar lo que la aquejaba.
No sabía con exactitud qué le pasaba, pero había tenido un presentimiento cuando vio que su hija se retorcía de dolor como si estuviera poseída por un demonio.
—¡Sácamelo! —gritó—. ¡Sácamelo!
Ramón corrió hacia ella, colocó los brazos, aún fuertes, bajo su cuerpo y la levantó del suelo.
Lila, que tenía casi dieciséis años, había apoyado la espalda en la pared del dormitorio, como si quisiera desaparecer.
La crisis de su madre no la había tomado del todo por sorpresa.
Dormían juntas y a menudo la oía gemir de dolor o pedir a Dios y a los santos que la aliviaran.
Un médico había venido a visitarla hacía poco y parecía preocupado, pero nadie le había contado nada.
De su abuela había aprendido a poner un vaso de agua debajo de la cama para purificar el tormento de su madre y permitirle dormir tranquila, pero el agua no había funcionado. Y ahora, esto.
Ramón llevó a su hija a la cama con delicadeza y regresó junto a Catalina, la ayudó a levantarse y sostuvo el peso de su cuerpo. Estaba pálida y tenía una película de sudor sobre el labio superior, como si ella también fuera presa del dolor.
—¿Qué está pasando? —le preguntó Ramón a Catalina, que siempre tenía respuesta para todo.
Pero esta vez ella frunció los labios y negó con la cabeza.
Despacio, se aproximó a la cama de su hija y le cogió la mano para tomarle el pulso.
Demasiado acelerado. Acercó la oreja a su nariz y le llegó el calor de su aliento y un olor agrio que la hizo retroceder.
Se armó de valor para tocar el bulto que había notado en el estómago de su hija antes de que se desplomara en el suelo.
Estaba en el lado derecho y parecía pulsar, duro, contra la piel distendida.
Se dio cuenta, una vez más, de que su hija había perdido una cantidad de peso considerable y de que su semblante había adquirido un tono amarillento.
—Ramón, ensilla el caballo. Tienes que llevarla al hospital ahora mismo —le ordenó.
—Será mejor que vaya a buscar al doctor... —dijo él.
—¡No! —insistió Catalina—. Ese médico no sabe nada. Te digo que esto es otra cosa. Tienes que llevarla al hospital.
En ese momento, Ana entró en la casa y se dio cuenta de la gravedad de la situación. Sabía que Catalina nunca salía de la granja y que Ramón no iba a ser capaz de afrontar solo el viacrucis que se les venía encima, por lo que se ofreció a ensillar su caballo y a acompañarlos a la ciudad.
—Todo irá bien —dijo mientras sostenía la cara de Catalina entre las manos.
Catalina tenía la frente fría, como si la sangre se le hubiera retirado de la cara y se le hubiera acumulado en las puntas de los dedos, con los que acariciaba el vientre de su hija mientras recitaba la oración de doña Elena: «Cruza el puente, querida hija mía, para que no te ahogues en el río ni en el mar tormentoso que es esta tenebrosa vida».
Aunque Catalina había oído a su abuela pronunciar esas palabras infinidad de veces y ella misma las había repetido otras tantas, nunca hasta ese momento había acabado de entender su significado: que la salvación está en ser capaz de caminar sobre las aguas en vez de hundirse en ellas.
Pero ¿quién podía caminar sobre las aguas, aparte de Jesús?
Comprendió que ese era su castigo. Finalmente, el agua que debería habérsela llevado tiempo atrás junto a su primera hija había acudido en su búsqueda.
Pero en vez de llevársela a ella como debería, le estaba arrancando a su otra hija de las manos.
¿Por qué? ¿Acaso no había sufrido bastante?
¿Su jardín lleno de bebés muertos no era suficiente prueba de las cruces que había tenido que cargar?
¿Qué más quería Dios de ella? Catalina levantó las manos del cuerpo de su hija y se las llevó al pecho formando un puño, como si estuviera invocando el sagrado corazón de Jesús.
Alzó los ojos al cielo y rezó en silencio, con fervor: «Por favor, por favor, por favor...
No te lleves a esta Carmen también. Por favor, por favor, llévame a mí...
». Al darse cuenta de que estaba cuestionando la voluntad de Dios, retiró sus palabras al instante.
La vida le había enseñado que era mejor no provocarlo.
Se postró en el suelo con las piernas cerradas y los brazos abiertos, formando una cruz, y con la cabeza agachada declaró: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo».
Justo en ese momento, Carmen gimió y vomitó.
Catalina se puso de rodillas para limpiarla, pero Ramón entró en la habitación y la levantó de la cama en volandas.
Catalina corrió tras ellos, y él colocó a su hija en la parte delantera de la silla de montar para poder sujetarla a ella y a las riendas al mismo tiempo.
Ana ya estaba montada en su caballo. Se volvió hacia Catalina y trató de dirigirle una sonrisa de ánimo, pero, por primera vez en su vida, fue incapaz de hacerlo.
Ya le había pedido a su hijo que fuera a buscar a su padre, dondequiera que estuviera.
Catalina, con Lila a su espalda, permaneció en la puerta de la cocina mientras se alejaban.
Tras su partida, se preguntó cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de lo enferma que estaba su hija.
Lo cierto es que, cuando Carmen había regresado a casa por vez primera, avergonzada y embarazada, una parte de ella, la favorita de Catalina, se había evaporado como un charco al sol.
Su alegría, su curiosidad y su espíritu animoso habían desaparecido.
Catalina se había sentido decepcionada y Carmen debió de notarlo.
Ahora se percataba de que su mansedumbre se debía a la vergüenza.
Ni siquiera el inmenso amor que Catalina sentía por su hija podía repararla y lograr que volviera a ser la que fue.
En eso se parecían mucho, pensó. Deseó que hubieran podido conectar más gracias a sus pérdidas.
Debería haberse dado cuenta de que el corazón de su hija estaba tan roto como el suyo.
¿Cómo había podido estar tan ciega? ¿Cómo podía haber ignorado a su hija durante tanto tiempo?
Las dos se cruzaban por la casa como dos barcos en alta mar, siempre ocupadas, siempre haciendo algo o cuidando de otra persona, pero sin hablar de verdad.
Sin conectar como lo habían hecho antes de que Carmen se escapara de casa para estar con Macho.
El nacimiento de Lila las separó aún más.
Catalina había volcado todo su amor en el desvalido bebé y su hija había quedado en segundo plano, aunque eso no significaba que hubiera dejado de quererla.
Por supuesto que no. Pero ¿lo sabría Carmen?
¿Cuándo fue la última vez que le dijo a su hija que la quería?
Y ahora era demasiado tarde, ya solo podía rezar...
Ramón regresó a casa solo. Los médicos habían detectado una masa en el hígado de Carmen y le habían dicho que debía quedarse allí para recibir tratamiento urgente.
Para Catalina, aquello era como estar atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.
Fue a su habitación, cerró las ventanas y encendió velas.
Se puso de rodillas, le rogó a la Virgen de la Candelaria que la ayudara y empezó a rezar una novena.
En todos los años que llevaba en Cuba, apenas le había rezado a esa virgen que pertenecía a su vida de antaño, al viejo mundo.
Pero ahora no sabía qué más hacer. Aunque había dejado la vida de su hija en manos de Dios, no entendía por qué iba a querer Dios llevársela tan pronto.
Habría dado gustosa su vida a cambio de la de su hija si hubiera sabido cómo hacerlo.
Montaría a caballo y no se detendría hasta llegar al pueblo donde vivió cuando llegó a Cuba, hasta la casita amarilla que con tanto esmero cuidaba la tía de Ramón.
Buscaría la playa más cercana, la que olía desde su ventana pero que nunca había llegado a ver.
Estaba dispuesta a adentrarse en el océano hasta que el agua le cubriera el cuerpo y la cara.
Quería ofrecerse al mar. «Llévame a mí, en vez de a ella», le rogaría.
Entonces sus pulmones explotarían y llegaría al lugar del que había escapado hacía treinta y seis años.
Se haría justicia al fin. Pero estaba convencida de que ni siquiera eso lograría salvar a su hija.
Catalina permaneció en casa, pero al día siguiente Ana volvió para buscar ropa y otras cosas que necesitaba para su estancia en el hospital.
Fue ella la que animó a Lila, que cumplía años ese día, a visitar a su madre.
En menos de dos días, Ana regresó con Lila y le comunicó que Carmen había muerto, pero Catalina ya lo sabía.
Mientras su hija moría, el rugido del mar embravecido la había despertado en plena noche.
Catalina se negó a acudir al entierro de su hija.
Se quedó en casa, sentada en el porche trasero, acunándose el corazón y pensando en su madre.
Se preguntó si seguiría con vida y si habría sufrido tanto con su desaparición como estaba sufriendo ella ahora la ausencia de Carmen.
Pensaba que, a estas alturas, ya estaría acostumbrada, pero luego se dijo que no.
¿Cómo puede un corazón soportar tanto dolor?
Una vez más, sintió el impulso de echar a andar en dirección al océano, lanzarse al agua y sucumbir. Sí, eso era lo que tenía que hacer. Se levantó y fue en busca de una de las yeguas. ¿Se ponía las botas de montar? ¿Qué se pone uno para morir en el mar?
Justo en ese momento, vio aparecer en la distancia la procesión que regresaba del cementerio.
Abriendo la comitiva, distinguió la silueta inconfundible de su nieta, con la cabeza gacha y el andar desgarbado.
Y entonces supo que no podía marcharse; todavía no.
Tenía que quedarse un poco más, por Lila.
Y, lo que era más urgente, tenía que preparar la cena para todos.
Suspiró antes de agacharse y atrapar, en un movimiento rápido y armónico, a una de las gallinas que picoteaban por el suelo.
Acercó la cabeza del animal a su cara, lo suficiente para asegurarse de que no la picaría, y la miró a los ojos durante un par de segundos, como hacía siempre que mataba por la necesidad de alimentarse.
Luego agarró a la gallina por el cuello, extendió el brazo y trazó círculos abiertos en el aire, retorciéndole el pescuezo hasta que el ave quedó colgando sin vida y sus plumas revolotearon antes de asentarse en la tierra arcillosa.
Solo entonces entró en la cocina, se puso un delantal y echó agua a hervir para preparar una sopa.
Tenía los ojos secos, pero sus manos, ensangrentadas, no dejaban de temblar.