MARA
M ARA
Los cuadernos que leí durante toda la noche eran las típicas libretas de colegio, parecidas a las que usaba yo en Cuba, pero con las cubiertas verdes y de cartón grueso.
«Lila es una niña curiosa que ha heredado los rasgos de su madre y los rizos pelirrojos de su abuela», empezaba diciendo.
Entre otras cosas, mencionaba que mi madre siempre se encariñaba con los animales de la granja y que lloraba cada vez que su abuelo mataba un cerdo.
Supongo que, si en la década de los cuarenta las chicas hubieran podido declararse vegetarianas, mi madre lo habría hecho.
Por lo que leí en ese y otros cuadernos, llegué a la conclusión de que la infancia de mi madre estuvo marcada por las constantes dolencias de su propia madre.
«Carmen tiene un dolor constante, a menudo se la ve doblada sobre sí misma. Ella dice que es el estómago, pero Catalina no lo ve claro», escribió Ana.
De su relato se desprende que la opinión de Catalina tenía mucho peso en la familia por su condición de sanadora, capaz de curar a la gente con una oración y una toalla caliente sobre el estómago.
Era un detalle que me parecía interesante, aunque difícil de creer.
Sus vecinos, sin embargo, le llevaban regalos como pago a sus servicios.
Una vez le ofrecieron una preciosa gallina colorada, que a Catalina le recordó a la que había matado Ramón cuando nació Carmen.
Declaró que, si Colorá había regresado en forma de regalo después de tantos años, debía de ser por algo.
En vez de matarla para preparar la cena, dejó que procreara.
Llegaron a tener sesenta pollos de esa gallina, y Lila trató de ponerles nombre a todos ellos por orden alfabético, pero cuando llegó a Zoila, se rindió.
Eran demasiados y tuvieron que venderlos, empezando por la «A».
Me enteré de que habían usado el dinero de la venta de los pollos para llevar a mi madre al dentista por primera vez, a los trece años.
Se le había astillado uno de los incisivos delanteros, y estaba tan desconsolada que su abuelo la llevó a Quemado de Güines, el lugar más cercano donde había un dentista.
El tratamiento duraba más de un día, de modo que Ramón la dejó en casa de unos conocidos.
Al parecer Ana no sabía sus nombres, porque se refería a ellos como «los chinos de Quemado».
Esa familia chino-cubana llevó a mi madre a ver el mar por primera vez.
Y aunque se limitó a contemplarlo, la impresionó mucho.
Al regresar a la granja, mi madre se lo contó todo a Ana con detalle.
Le habló del mar y de lo bonito y calmado que estaba, verde y azul al mismo tiempo.
Le habría gustado bañarse, pero no tenía bañador y ahora quería uno.
«La agarré por los hombros y la miré —escribió Ana—.
Lila era casi tan alta como yo. Le dije que no se le ocurriera mencionar el mar delante de su abuela.
Cuando me preguntó por qué, no le di una explicación.
Le dije que el mar era muy peligroso y que jamás debía entrar en él.
Hice que me lo prometiera. Ella temblaba, con los ojos como platos.
Creo que la asusté lo suficiente como para que no volviera a sacar el tema nunca más».
Tras leer esas palabras, tuve que soltar el cuaderno.
Mi madre nunca me había contado nada de eso.
Sabía que le daba miedo el mar, claro, y me había explicado muchas veces que esa era la razón por la que había decidido llamarme Mara.
«Tienes que ponerles nombre a tus miedos para poder conquistarlos», solía repetir.
Lo que no sabía era que sus miedos provenían de viejos traumas familiares, heridas del pasado que mi madre desconocía.
Recibir un mensaje así siendo tan joven debió de afectarla mucho.
En sus escritos, Ana también relataba chismes jugosos sobre los vecinos de la zona.
Su don para la escritura me hacía sonreír.
Escribía, por ejemplo, sobre el borracho del pueblo, un hombre llamado Emilio que frecuentaba El Salón de la Alegría.
Pedía una cerveza tras otra y no permitía que nadie retirara los botellines vacíos. Una vez, Ana contó dieciséis cascos.
También escribió sobre una mujer llamada Hortensia, que amaba a un hombre pero se casó con otro después de que su cuñado, que estaba enamorado de ella en secreto, apuñalara a su novio y lo dejara al borde de la muerte.
«Y eso que Hortensia ni siquiera es guapa», añadía Ana.
Más adelante hablaba de Teresa, una vecina que se prendió fuego cuando su marido se fue con otra, y de un hombre que se amancebó con su cuñada tras la muerte de su esposa.
Sus hijos, horrorizados, se fueron de casa.
Años más tarde, encontraron a la pareja desnuda y muerta en la cama.
Las ratas, que habían sido las primeras en descubrir sus cuerpos, habían empezado a mordisquearles los pies.
¡Cuántos dramas y cuántos horrores! No por primera vez, pensé que si la gente idealizaba la vida rural era porque nunca había vivido en el campo. La vida en estos lugares era difícil, despiadada.
Tenía sueño y la tristeza empezaba a abrumarme, pero abrí un nuevo cuaderno. En la cubierta de este había una sola fecha: 1955.
El doctor vino ayer. Estaba muy pálido, pero no dijo nada, al menos a Lila, que me confesó que a veces siente que vive en una casa llena de secretos y susurros.
A veces yo me siento igual, pero sé que Catalina solo trata de protegerla, igual que yo protejo a Catalina. Yo también guardo mis propios secretos.
—¿Cómo? ¿Qué secretos? —exclamé, acercándome el cuaderno a la cara para hojearlo con detenimiento, como si así pudiera lograr que los secretos cayeran en mi regazo como frutas de un árbol.