La memoria de las olas CATALINA #2
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CATALINA #2

Catalina se aisló del mundo para centrarse en su batalla personal contra el destino.

Un mes antes se había preocupado por las noticias de una guerra lejana, al recordar los desoladores días de su juventud, por culpa de la Primera Guerra Mundial, pero ahora lo único que le importaba era este bebé.

Declaró que El Salón de la Alegría cerraba para que ella pudiera dedicar todas sus energías y oraciones a su diminuta nieta, a la que cargaba pegada a su cuerpo hasta que empezó a notar los pechos pesados, como si se estuvieran preparando para producir leche para un bebé que no había nacido en su vientre.

Pasaron seis semanas hasta que Catalina tuvo claro que había ganado la batalla. La pequeña empezó a ganar peso, y parecía tener un carácter fuerte y decidido. Carmen comprendió que ya era hora de buscarle nombre, pero Catalina se le había adelantado, porque, ¿cómo criar algo que no puedes nombrar?

—Se llama Lila —dijo Catalina, y a Carmen le gustó cómo sonaba.

Pero como la vida de su hija había sido una sorpresa y un milagro, decidió llamarla así de segundo nombre: Milagro.

En cuanto al apellido, no hubo discusión: llevaría el de su madre.

La pequeña era idéntica a Carmen, excepto en una imperfección que la acompañaría toda la vida: tenía el dedo meñique de la mano izquierda doblado y casi formando un ángulo recto, igual que los meñiques del abuelo que nunca conoció.

Carmen siempre se preguntó por qué habría nacido con un dedo deformado, pero el resto de la familia tuvo claro que Juan se estaba manifestando a través de la pequeña.

La llegada al mundo de Lila hizo que Carmen madurara y se convirtiera en una mujer de golpe.

Al principio se mostró reacia a demostrar afecto; en parte porque se sentía muy débil después del parto, pero también porque no estaba segura de que aquella criatura diminuta que se aferraba al pecho de su abuela como si fuera un murciélago fuera a sobrevivir.

El día en que Lila cumplió un año, Ana le preparó un pastel y Catalina le cosió un vestido usando una pieza de encaje amarillo que había guardado. Mientras Carmen sostenía a su hija para que soplara la vela, la pequeña acarició la cara de su madre con su manita gordezuela y dijo:

—Mamá.

Carmen se quedó sin aliento. Los demás aplaudieron entusiasmados y declararon que Lila era el bebé más listo del mundo, pero Carmen supo que Lila había reconocido la herida que llevaba por dentro y había tratado de sanarla.

En ese momento, empezó a amar a su hija con locura, un amor que duró hasta el día de su muerte.

Fue un amor correspondido. Lila siguió adorando a su madre toda su vida.

Los Fernández y los Canal criaron juntos a sus hijos, como dos familias españolas lejos de sus casas que criaban a sus niños cubanos en terreno fértil de su propiedad e incrementaban sus ingresos con la bodega y el salón de baile que reabrieron. Entre los siete lo hacían todo y no necesitaban más.

Catalina, que todavía no había visitado las tumbas en las que Ana había enterrado a sus bebés muertos, plantó rosas donde debería haber habido lápidas, y el lugar se convirtió en su refugio secreto, el santuario al que acudía para cultivar su dolor, cuidándolo con ternura.

También se convirtió en el lugar al que acudía para dar las gracias.

Lila y Linito habían traído tanta alegría a su vida y a las de los demás que costaba recordar lo que había pasado antes de su llegada.

Las tumbas servían para mantenerla en alerta, con los pies en el suelo.

Cuando tenían cinco y siete años, Lila y Linito iban cada día a pie hasta la escuela de Sabanilla, un edificio de una sola sala donde los niños aprendían a leer, recitar poesía y a hacer operaciones matemáticas básicas.

Con suerte, terminaban educación primaria.

Lila tuvo suerte, pero Linito lo dejó en tercero, alegando que no tenía cabeza para las letras y que los números no le interesaban a menos que pudiera contarlos con los dedos de las manos y de los pies.

Los dos primos pasaban las largas tardes de verano persiguiendo gallinas y perros, buscando ranas en los bananeros, o leyendo con los vientres desnudos apoyados en el cemento del portal para buscar algo de frescor. Lila leía libros; Linito hojeaba tebeos.

Las familias —ligadas por recuerdos que no se mencionaban y por un camino pavimentado con piedras de río y bordeado por matas de orégano, ají cachucha y hierbas medicinales— vivían en una especie de vacío, aislados del resto del mundo.

Fuera, gobiernos, presidentes, caudillos y revoluciones iban y venían, pero para sus vidas tenían muy poca relevancia.

Mientras lloviera para que las plantas crecieran y pudieran engordar a los cerdos, eran felices en su aislamiento, desconectados del resto de la isla.

Pero su relativa paz no duró demasiado. Todo empezó a cambiar el 26 de julio de 1953, día de la festividad de Santa Ana, la madre de la Virgen María, y el día en que Ana cumplía cincuenta y cuatro años.

—¡Pon la radio! —gritó en cuanto asomó un pie en la cocina de Catalina, jadeando por la breve carrera desde su casa—. Hombres armados se han sublevado contra el Gobierno y están atacando Santiago.

Catalina se apartó de los fogones, donde estaba hirviendo leche y friendo trozos de pan para el desayuno.

Se limpió las manos en el delantal y se plantó frente a Ana, sin saber cómo reaccionar.

Una palabra se había quedado resonando en su cerebro: «Santiago», la ciudad donde, treinta y cuatro años atrás, su primera vida había terminado.

Ana se dirigió a la esquina del salón donde se encontraba el gran receptor de radio a pilas, casi sin usar desde que Ramón lo llevó un día a la casa, hacía ya varios años.

Catalina la había cubierto con un mantel y había colocado encima un jarrón con flores; no se fiaba de las voces de hombres a los que no podía ver.

Ana lo apartó todo y trasteó con los botones, pasando de largo las interferencias y el ruido estático hasta encontrar una voz que pudieran entender.

La información era confusa al principio, pero poco a poco la historia fue tomando forma.

Un grupo de hombres, en su mayoría estudiantes universitarios de La Habana, habían atacado un cuartel militar en Santiago de Cuba.

Era imposible determinar el número de muertos y heridos de bando y bando, pero una cosa estaba clara: veinte años después de la última revolución, el pueblo cubano volvía a alzarse contra el Gobierno.

—¿Qué va a pasar ahora? —le preguntó Catalina a Ana, que permanecía de rodillas frente a la radio.

—No lo sé, pero nada bueno.

Catalina volvió corriendo a la cocina al oler a leche quemada. El desayuno se había estropeado. En ese momento recordó que era el cumpleaños de Ana.

—¡Feliz cumpleaños! —exclamó y se acercó a Ana para ayudarla a levantarse.

Las dos mujeres se abrazaron con devoción y temor.

—Gracias, mi querida Catalina... —Su voz no sonó demasiado convencida.

—¿Qué pasa? —Catalina dio un paso atrás para mirarla a la cara. Ana parecía preocupada.

—Creo que esto va a ser el principio del fin.

—¿El fin de qué?

—De la vida tal como la conocemos. Los rebeldes no se conformarán con esto, ya lo verás.

A pesar de la revuelta y de las preocupaciones de Ana sobre el futuro, la vida siguió su curso en Sabanilla: los hombres trabajaban los campos, las mujeres hacían todo lo demás, los niños crecían.

La vida se encargó del resto.