CATALINA
C ATALINA
Durante uno de los bailes de El Salón de la Alegría, Ana conoció a un «gallego» rubio y robusto llamado Aquilino Canal, siete años menor que ella.
Al igual que Ramón, trabajaba en un cañaveral durante la zafra.
El resto del año era carpintero, según le contó mientras le mostraba los cortes y cicatrices de las manos callosas.
Incluso el vello de sus brazos era dorado, como el sol.
Tenía la cara pecosa y unos ojos azules que centelleaban como estrellas.
Había huido de España después de que varios miembros de su familia hubieran sido asesinados durante la Guerra Civil.
Él también había luchado, y la contienda le había dejado una cicatriz, larga e irregular, que le recorría la pierna de arriba abajo y que lo hacía cojear.
Aquilino había logrado escapar de una muerte segura escondiéndose en un túnel que sus hermanos y él habían construido bajo la casa, antes de que estallara la guerra.
A Ana su historia le resultó fascinante; incluso la cojera le pareció entrañable.
Le daba un aire de vulnerabilidad, y Ana era de naturaleza cuidadora.
Aquilino se autodenominaba comunista, pero Ana no tenía ni idea de qué significaba eso.
A ella las únicas cosas que le interesaban eran su amplio torso, sus manos cálidas y su forma de besarla, que la derretía por completo.
Al mes de conocerse, anunciaron su boda.
Ana, que no tenía pelos en la lengua, les dijo a los suyos que llevaba ya demasiado tiempo esperando a que llegara su noche de bodas.
En aquel momento, acababa de cumplir los treinta y seis.
Era guapa, con las piernas bien torneadas y una cintura estrecha.
Tenía los ojos pardos, las pestañas oscuras y una mirada melancólica, pero antes de conocer a Aquilino se había dado cuenta de que los hombres que la miraban —los pocos que aún lo hacían— la descartaban por solterona.
La boda se celebró un sábado por la noche en El Salón de la Alegría.
La pareja no tardó en marcharse para iniciar su luna de miel en Playa Panchita, un pueblo costero.
Fueron a lomos de Candela, una yegua a la que habían llamado así por su pelaje cobrizo y su temperamento irascible, y que había sido el regalo de bodas de Ramón y Catalina.
La fiesta siguió sin ellos y, cuando al fin se marchó el último de los invitados, Catalina se percató de que llevaba todo el día sin pensar en ningún momento en la pérdida de su bebé y del hombre al que amó.
No supo determinar si era un síntoma de curación o una nueva maldición.
Por si acaso, antes de acostarse en las horas más oscuras justo antes del amanecer, se arrodilló a rezar con la mano sobre el pecho izquierdo, el lugar donde el dolor se había escondido a ojos del mundo, pero no de los suyos.
Un dolor al que temía, pero que la ayudaba a estar siempre alerta ante lo que pudiera pasar.
Nueve meses después de la boda, Ana dio a luz a un niño rubio y larguirucho que prácticamente no dejó de llorar desde que nació hasta los doce meses.
Al cumplir el año, pasaron varias cosas: dejó de mamar, empezó a hablar y a caminar y se convirtió en una personita jovial que apenas volvió a llorar y que no sabía cómo reaccionar cuando los demás lloraban delante de él.
Lo llamaron Aquilino, como su padre, pero para la familia siempre fue Linito.
Ana y Aquilino se construyeron una pequeña cabaña de madera al lado de Ramón y Catalina, porque Ana no podía concebir vivir lejos y ellos tampoco querían que se alejara.
Catalina se había acostumbrado a su presencia, a su risa y a sus platos, sobre todo cuando preparaba la especialidad de su tierra, que siempre elaboraba con cariño: el gofio tibio con leche y plátanos.
Para ella, Ana ya no era un recordatorio de todo lo que había perdido, sino una hermana que había llenado el hueco que había dejado su familia.
Aquella fue la mejor etapa en la vida de Catalina. Ana y ella trabajaban más duro que nunca, ocupándose de las casas, los animales, la granja, el huerto, la bodega y El Salón de la Alegría, todo al mismo tiempo y sin quejarse nunca.
Carmen las ayudaba a regañadientes. Prefería pasar el rato leyendo bajo un guayabo o soñando con estar en cualquier otra parte; le daba igual dónde fuera, mientras estuviera lejos de casa.
De niña, Carmen solía decirle a su madre que estaba segura de que la cigüeña se había equivocado de casa y decidió rectificar el error tan pronto como pudiera.
Catalina se culpaba de ello. Tal vez si no le hubiera contado tantos cuentos fantasiosos de castillos rodeados de nieve, ciudades donde mujeres sofisticadas llevaban sombreros y guantes, lugares lejanos cubiertos de flores silvestres, donde había volcanes gestándose bajo la superficie, a Carmen le habría costado menos aceptar sus circunstancias.
Pero no fue el caso. A los dieciséis años, Carmen se había convertido en una hermosa mujercita.
Su pelo color azabache se había aclarado hasta convertirse en cobrizo y, según le diera la luz, se distinguían mechones pelirrojos.
Era alta y tenía el porte de una reina. Había heredado el carácter indómito de Juan, y por mucho que Catalina tratara de domarlo, nunca lo consiguió.
Tendría unos doce o trece años cuando les pidió a sus padres que la dejaran ir a la escuela de secundaria, lo que habría significado tener que mudarse a una ciudad con otra familia, pero Catalina no se podía imaginar la vida lejos de su hija.
Luego se arrepintió, porque le quedó claro desde el primer día que Carmen se había enamorado de Macho a primera vista.
El joven acudía todos los fines de semana al salón para bailar con ella, y Catalina se esforzó en no criticarlo al recordar su historia de amor prohibido con Juan, pero había algo en ese chico —que aún no terminaba de ser un hombre— que la repelía.
Estaba convencida de que su hija se había equivocado en su elección.
Y tenía razón.
Una mañana, Carmen no apareció en la cocina a la hora del desayuno. Catalina supo enseguida que algo no iba bien. Al entrar en la habitación de su hija, vio que la cama estaba sin deshacer, tal como la había dejado el día anterior.
—¡Carmen!
Aunque sabía que su hija no la oía, siguió llamándola mientras la buscaba, primero por toda la casa y después por toda la finca. Haciendo visera con la mano, inspeccionó los campos hasta donde alcanzaba la vista. Al no encontrar ni rastro de ella, corrió hasta la casa de Ana.
—¿Has visto a Carmen? —le preguntó, frenética.
Ana, que había acudido a la puerta al oír los pasos de Catalina, bajó la vista.
—¿La has visto? ¡Por favor, dímelo, dímelo!
—No —respondió al fin—. No la he visto, pero cálmate, por favor. Te vas a poner mala.
—No te preocupes por mí y dime la verdad. Sé que sabes algo que no me estás contando.
—Candela no está —dijo Ana.
—¿La yegua? ¿Y eso qué tiene que ver con Carmen?
—No estoy segura, pero sospecho que se la ha llevado. —Se sacó algo pequeño del bolsillo del delantal y se lo puso a Catalina en la mano—. Encontramos esto cerca de donde guardamos el caballo de Aquilino. Esta mañana lo ha visto en el suelo.
Catalina se miró la palma de la mano. El objeto perdido era una peineta, la favorita de Carmen, que Ramón le había hecho usando un cuerno de toro.
—¡Por Dios, la Virgen y todos los santos!
Catalina apretó el puño con fuerza y, aunque la peineta le pinchó la palma de la mano, no lo sintió, porque el dolor real estaba en su corazón. Mareada, la asaltaron las náuseas.
Al darse cuenta, Ana entró a buscar un vaso de agua. Cuando volvió a salir, se encontró a Catalina sentada en un taburete, con la cabeza agachada entre las piernas.
—Solo tiene dieciséis años... —murmuró.
Ana se arrodilló a su lado.
—Tú también te casaste joven, no lo olvides —dijo Ana, que se arrepintió al instante de haberlo dicho.
—¡Exacto! —replicó furiosa Catalina, levantando la cabeza con brusquedad y fulminando con la mirada a Ana, que ahora quedaba a sus pies—. Yo me casé; ella se ha ido con el primero que le ha hecho caso.
—Tal vez sea amor, verdadero amor —insistió Ana. Sentía lástima por Catalina, pero también una gran lealtad hacia su sobrina.
Catalina se quedó callada unos segundos antes de hablar.
—Ya veremos, pero lo dudo mucho; les doy un mes.
Tardó mucho más de un mes, pero al final Carmen regresó a lomos de Candela, sola y embarazada de cinco meses. Les contó que Macho no quería un bebé y, al parecer, tampoco la quería a ella. Y eso fue lo último que dijo sobre el hombre al que había amado con tanta pasión.
Volvió con un hombro lastimado y un rastro de tristeza en la mirada, pero sana y salva. La suya era una historia muy habitual en el campo, aunque Catalina había confiado en que su hija quedara al margen de esas cosas.
El 21 de octubre de 1939, Carmen dio a luz a una diminuta niña prematura.
La comadrona pensó que no llegaría con vida al día siguiente, pero Catalina era una mujer testaruda y había decidido que la muerte no les arrebataría a ese bebé.
Luchó por su nieta día y noche, calentándola con su cuerpo y alimentándola como a un pajarillo cuando quedó claro que Carmen, destrozada por la soledad y un embarazo difícil, no producía suficiente leche.
Catalina recordó que su madre había hecho lo mismo con su primera hija, y sintió que, de algún modo, el círculo se cerraba.
Esta era su redención; su oportunidad de retribuir el milagro de la maternidad que se le había concedido dos veces.
No deseaba otra cosa: una vida por otra.