La memoria de las olas MARA
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MARA

M ARA

Al principio, el zumbido de los mosquitos me resultaba muy molesto y no paraba de ahuyentarlos a manotazos, pero al cabo de un rato, sentada junto a Linito a la puerta de la casa, dejé de oírlos y de notar las picaduras.

Me abracé y me incliné hacia delante, como hago siempre que quiero escuchar con atención, e ignoré todo lo que no fueran sus palabras.

Me fascinaba la cadencia de su voz, alta y apresurada.

Se tragaba el final de algunas palabras y otras las pronunciaba mal, al estilo típico de los guajiros, pero pronto comprendí que Linito era un gran narrador, con una vida llena de experiencias remarcables que, aunque a él le parecían normales, para mí eran mágicas y muy reveladoras.

En algún punto de la narración, empecé a darme cuenta de que lo que me estaba contando iba a cambiar todo lo que sabía de mi familia hasta ese momento y, por lo tanto, el modo de percibirme a mí misma.

Varias veces estuve a punto de pedirle que se detuviera, pero, por supuesto, no lo hice.

Tenía miedo hasta de moverme y mucho más de interrumpirle, por si cambiaba de opinión y dejaba de hablar.

Cuando terminó, ambos permanecimos en silencio durante un buen rato.

Abrumada por todas aquellas revelaciones, llevaba tanto tiempo inmóvil sobre el taburete que se me habían dormido las piernas.

Esa noche me enteré de que Ramón, el amable anciano que pensaba que era mi abuelo, no lo era; ni siquiera era mi bisabuelo.

Mi auténtico abuelo era un hombre al que apodaban Macho, que no ocupaba ningún lugar en la familia ni en la historia.

Lo que ya no me sorprendió tanto después de haber hablado con Julián en La Palma fue que mi bisabuelo hubiera sido Juan Cruz Cruz, quien no llegó a enterarse de que había engendrado una hija junto a la única mujer a la que amó.

—Mi madre siempre me lo contaba todo. De niño era tan callado que me decía que era el oyente perfecto —confesó Linito medio avergonzado—. Además, ella lo escribía todo. Tenía una caligrafía muy bonita. En otra vida podría haber sido una mujer instruida y tal vez habría llegado a ser escritora.

Se levantó y fue a su habitación, de donde regresó con una enorme bolsa roja de plástico de El Corte Inglés. La bolsa, que para él era como un tesoro porque había llegado desde España con un regalo de una de sus hijas, contenía docenas de viejos cuadernos.

—Yo no los he leído, pero tú deberías hacerlo —me dijo al entregármelos.

Acepté la bolsa con las dos manos, como si se tratara de un objeto delicado y valioso.

—¿Nunca habías hablado de esto con nadie?

—No, de todo no. Nadie me lo había preguntado. No es que fuera un secreto, pero nunca hablábamos de ello. ¿Qué sentido tendría?

Se me ocurrían un montón de respuestas para esa pregunta.

Estuve a punto de decirle que el sentido podría ser tan sencillo como decir siempre la verdad, pero ¿lo creía en serio?

Ya no estaba tan segura. La vida de mi abuela Carmen fue relativamente corta.

¿Qué habría ganado si se hubiera enterado de quién había sido su verdadero padre?

Y el amor que mi madre sentía por Ramón, el hombre que había sido para ella como un padre además de un abuelo, ¿habría cambiado si hubiera sabido que no había sido él quien había plantado la semilla, por decirlo de alguna manera?

Él había hecho todo lo demás. Había estado allí desde el principio, incluso antes del parto.

Había cuidado de una joven viuda embarazada que, en cuestión de horas, perdió no solo a su marido y al amor de su vida, sino también a su hija de pocos meses.

Resultaba difícil imaginar lo destrozada que debió de quedarse y lo mucho que tuvo que trabajar para reconstruirse juntando las piezas de su vida.

Aunque, en realidad, lo que hizo fue desprenderse de esa vida rota y empezar una nueva, lejos de todos los que la conocían y la querían.

Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Estaba cansada y tenía la nuca rígida. Eché la cabeza hacia atrás y me di un breve masaje que me alivió un poco, pero no conseguí mitigar el dolor de cabeza que me seguía como un nubarrón.

Como siempre que empiezo un reportaje, necesito distanciarme para procesar la información antes de ponerme a escribir.

Y eso fue lo que el cuerpo me pedía, aunque sabía que no era justo para Linito ni para el resto de la familia que estuviera llevando a cabo la investigación como si se tratara de un encargo periodístico.

Pero no sabía hacerlo de otra manera. Si mantenía una cierta distancia, podía pensar con más claridad.

Si me implicaba en la historia, mi mente funcionaba desde lo emocional, y eso no le resultaría útil a nadie.

Estaba llegando al final de la investigación y había encontrado lo que había venido a buscar.

Además, ahora tenía una bolsa llena de cuadernos, y esperaba que me revelaran todavía más información sobre Catalina y sobre Ana Cruz, una mujer a la que no llegué a conocer, pero a la que mi madre se refería como Liana, la esposa del «gallego», famoso por ser el único comunista en una familia de «gusanos».

Nunca se me pasó por la cabeza que Liana no fuera su auténtico nombre ni que se hubiera criado junto a la abuela Catalina en las Canarias.

Y estaba segura de que mi madre tampoco lo sabía.

Era demasiado tarde para regresar a la ciudad.

Estiré el cuello y distinguí la silueta de la casa de mi abuelo, separada de la cabaña de Linito por un camino de piedras que solía estar bordeado por un huerto de plantas medicinales muy bien cuidado.

Aunque las malas hierbas se habían apoderado del terreno, el camino seguía en su sitio.

Siempre la había llamado «la casa del abuelo», como si nunca hubiera vivido nadie más allí.

El abuelo Ramón —que murió seis meses después de que nos marcháramos de Cuba— llevaba ya mucho tiempo viviendo solo en esa casa cuando yo era pequeña.

En aquella época me había parecido suficiente, pero ahora ya no.

Esa noche quería recuperar a todos los fantasmas de la familia que habían quedado atrás.

—¿Hay alguna cama en la casa? —me oí preguntar, lo que me hizo darme cuenta de que estaba planeando quedarme a dormir.

—Sí. Siempre tengo una cama preparada. Mi madre me pidió que lo hiciera, por si algún día volvía alguien del otro lado.

Me quedé unos instantes pensando en sus últimas palabras: «El otro lado».

Los cubanos viven con tanto miedo del Gobierno que han desarrollado su propio vocabulario para evitar que alguien los denuncie a las autoridades por antirrevolucionarios.

Costaba saber a qué se refería. ¿A La Palma?

¿A Miami? ¿El más allá? Preferí no preguntar.

Linito me acompañó a la casa con la linterna.

Llevaba también un farol y un vaso de agua, que dejó en el dormitorio antes de retirarse.

Me sentí tentada de explorar la casa a la que llevaba tanto tiempo sin volver, pero lo descarté.

Mi madre solía decir que todo se ve mejor por la mañana, y quería que el reencuentro con la casa después de cuatro décadas fuera agradable.

Me senté en la cama y contemplé las sombras amorfas que la tenue llama del farol proyectaba en la pared de enfrente.

La última vez que estuvimos aquí fue en el verano de 1978.

Mis padres todavía no habían cumplido los cuarenta y yo debía de tener catorce, porque fue un año antes de que nos fuéramos de Cuba.

Esta era la habitación donde solían dormir mis padres.

Recordaba la cama en la que estaba sentada, con su armazón de hierro y su colcha de chenilla azul.

Sobre el cabecero colgaba una imagen de la Virgen María y en otra pared había un calendario de 1983, abierto por la página de septiembre.

Me pregunté quién habría sido la última persona que durmió aquí.

La habitación olía a cerrado, pero estaba limpia.

Sobre la cómoda de madera oscura había un jarrón de cristal verde con rosas secas.

A su lado, una muñeca desnuda me miraba con el único ojo que le quedaba, hasta que la guardé en uno de los cajones.

Sabía que no iba a ser capaz de dormir, así que me quité las botas, me apoyé en las almohadas y me cubrí las piernas con la colcha. Abrí la bolsa, saqué uno de los cuadernos y me puse a leer.