CATALINA #3
Una noche, mientras sazonaban la carne picada para el relleno de las empanadas y las patatas, Catalina se puso a recordar la vida en La Palma.
Ya no caía en la nostalgia a menudo, pero esa noche lo hizo, tal vez porque la luz del fanal iluminaba menos de lo habitual y Catalina echó de menos una luz más brillante, como la que tenían en casa.
Su padre había hecho instalar electricidad en cuanto llegó a la isla, años antes de que ella naciera.
—¿Lo sabías? —le preguntó a Ana, como si su amiga tuviera la capacidad de leerle los pensamientos.
—No, pero cuéntamelo —respondió Ana, sorprendida, ya que Catalina no era muy dada a charlar por las noches.
—La Palma fue la primera de las islas en tener electricidad.
—Ah, ¿sí?
—Sí, mi padre no se cansaba de repetirlo. Recuerdo lo orgulloso que se sentía.
—Tu padre decía muchas cosas —replicó Ana en tono desdeñoso.
—Sí. —Catalina guardó silencio, pensativa, pero poco después, movida por una sensación que se parecía a la felicidad, le contó a Ana que su padre siempre comparaba la felicidad con un jardín.
—¿Y eso? —Ana alzó una ceja.
—Pues porque hay que trabajarla.
—Es verdad —dijo Ana para animarla a seguir hablando, porque notó que Catalina le estaba dando vueltas a algo en la cabeza.
Y así era. Catalina le contó que llevaba días pensando en expandir el negocio abriendo un salón de baile en la terraza que había junto a la bodega.
Lo llamarían «El Salón de la Alegría». A Catalina le brillaban los ojos mientras le contaba su plan, y Ana tuvo que darle la razón, tanto en que era una buena idea de negocio como en que no les vendría nada mal un poco de felicidad.
Y ya que no parecía dispuesta a llegar por propia iniciativa, ¿por qué no crearla ellas mismas?
En un par de días, tenían listo el folleto en que se anunciaba la noche de la inauguración.
Ana lo llevó a una imprenta para que hiciera copias, que el hijo de unos vecinos se encargó de repartir por todo el valle.
Mientras tanto, barrieron y fregaron la terraza hasta que quedó reluciente y el cemento pulido parecía agua bajo sus pies.
También idearon un menú. A sus productos habituales añadieron arroz con pollo a la chorrera y tostones, lo que era delicado de preparar porque tenían que freír los plátanos al momento para que no se pusieran duros.
En la noche de la inauguración acudieron unos cuantos vecinos, pero pocos se atrevieron a bailar.
Había más hombres que mujeres, y más niños y ancianos que parejas jóvenes.
No se parecía en nada a lo que Catalina y Ana se habían imaginado.
Algunos de los hombres ni siquiera se molestaron en descabalgar.
El ambiente era incómodo y más bien tristón, justo lo contrario de lo que pretendían conseguir.
Ramón regresó tras un nuevo intento fallido de encontrar trabajo en la recogida de la caña, y las mujeres le contaron lo que habían hecho.
Aunque no le gustó que se hubieran embarcado en algo así sin él, Catalina le explicó en detalle la oportunidad de negocio.
Si les salía bien, Ramón ya no tendría que volver a buscar trabajo fuera.
Podría olvidarse de los campos de caña, quedarse en casa y centrarse en la granja.
Los dos se estaban haciendo viejos, y ella no podía seguir cuidando de los animales si también tenía que ocuparse de la bodega y del salón de baile los fines de semana.
Ramón, que llevaba tiempo queriendo dejar el trabajo de jornalero, dedicó un rato a pensar en ello y, al final, le dio la bendición al proyecto.
También aportó sus ideas. Si querían que el negocio funcionara, tenían que traer chicas.
Los hombres jóvenes vendrían a gastarse el dinero solo si sabían que podrían bailar con chicas.
En el valle no había sitios donde hombres y mujeres pudieran conocerse y bailar.
El Salón de la Alegría ofrecería esa posibilidad en un ambiente familiar.
Ramón insistió en que debía ser un lugar limpio y decente; no quería borrachos en su casa.
Y así fue como, a los treinta y cuatro años, Catalina se convirtió en la dueña y anfitriona de su propio salón de baile.
Su hija, que ya había cumplido los catorce, adornaba la terraza bailando sola con sus nuevos zapatos blancos y el vestido amarillo bordado con flores blancas que Catalina le había hecho.
Aunque no bailó sola por mucho rato. Desde lo alto de su caballo, un mozo de granja de dieciocho años con la nariz torcida a causa de una coz se había fijado en ella y la estaba observando con atención.
Antes de que acabara el baile, se acercó y anotó su nombre en el carnet de baile de Carmen a cambio de cincuenta centavos.
Le contó que se llamaba Orlando Martín, pero que todo el mundo lo llamaba Macho.
Tras echarle un vistazo a los ojos grises de párpados caídos y a los labios carnosos de ese muchacho, Carmen guardó el carnet de baile y no volvió a bailar con nadie más, ni esa noche ni nunca.