La memoria de las olas CATALINA #2
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CATALINA #2

—Fue un huracán devastador. Dicen que alguien trató de lanzar un mensaje desde el Valbanera , el doce de septiembre, pero nadie lo recibió.

No sé qué creer. Lo que se sabe seguro es que, cuando el temporal amainó, la Guardia Costera de Estados Unidos salió a buscarlos.

Durante días no encontraron nada, pero al final descubrieron el mástil que asomaba sobre la superficie, más cerca de Florida que del puerto de La Habana.

Buscaron supervivientes, pero no encontraron a nadie, y tampoco vieron ningún cadáver.

Ni uno. Fue como si el barco hubiera viajado sin pasajeros y sin tripulación.

—Como un barco fantasma —susurró Ana.

—Como un barco fantasma —repitió Catalina.

La luz del candil parpadeó antes de que la mecha se apagara y dejara a las dos mujeres sumidas en la oscuridad.

Mejor así, pensó Catalina. No quería tener que mirar a Ana a los ojos esa noche, justo después de haber descargado el peso de sus miedos y remordimientos ante esa mujer que podría haber sido su cuñada.

Aunque ya no lloraba, Ana también agradeció la oscuridad, aferrada a la esperanza de que Catalina tuviera razón.

Prefería creer que Juan ya estaba muerto en el momento en que el océano se tragó el barco, que nunca supiera que había quedado enterrado en un lugar tan profundo y oscuro que nadie había podido llegar hasta él.

Mejor así, pensó.

Se levantó, fue a buscar una vela y la encendió para acompañar a Catalina a su habitación. La ayudó a meterse en la cama y la arropó, como si fuera una niña o una madre afligida. Luego le dio un beso en la frente y le apoyó una mano en el vientre.

—Debemos seguir adelante —le dijo—, y no hace falta que volvamos a hablar de esto nunca más.

Ahora Ana sabía que ya no podría regresar a La Palma sin su sobrina.

La pequeña le recordaba mucho a Juan, y había empezado a quererla tanto que sintió que había encontrado su lugar en el mundo.

Carmen era alta para su edad. Tenía el pelo negro y rebelde, y una expresión pícara que la hacía parecer más mayor y más traviesa de lo que era en realidad.

De hecho, Carmen era una niñita dócil que pasaba los días jugando con una botella envuelta en un trapo, como si fuera su bebé, igual que Catalina y Ana cuando eran niñas en La Palma.

Allá donde iba Ana, Carmen la seguía, como Ana solía hacer con su hermano Juan.

Catalina empezó a sufrir pérdidas de sangre y tuvo que guardar cama durante el cuarto mes de un embarazo que todavía no había tenido la oportunidad de anunciar a su marido.

Ana se ocupó de la casa y del cuidado de Carmen.

Fue Ana quien la ayudó a dar a luz a los gemelos, que nacieron muertos.

Y también fue ella la que les puso nombre —Mariano y Mario— porque, como le dijo a Catalina, todas las almas necesitan un nombre para ser reconocidas y recordadas.

Guardó la ropita que habían cosido entre las dos y enterró los cuerpecitos, envueltos en tela blanca, detrás de la casa, en un lugar sombreado donde nunca dejaban que se acercaran los animales.

En menos de una semana, las tumbas estaban cubiertas de flores silvestres blancas y amarillas.

Ana ayudó a Catalina a levantarse de la cama, apuntalándola con su propio cuerpo, y la llevó al jardín para que le diera el sol y el aire, procurando que no se acercara a las tumbas.

Sin prisa pero con decisión, rescató a Catalina de la tristeza a base de calditos calientes y la promesa de que la vida seguía.

El proceso se repitió una y otra vez, ya que Catalina, igual que su madre, perdió tres de los bebés que esperaba en menos de dos años. Finalmente, su cuerpo, exhausto por el dolor y la decepción, dejó de sangrar todos los meses antes de los treinta años. De todo esto, Ramón nunca se enteró.

Ramón y Catalina se sentían agradecidos por la presencia de Ana, que hacía que se sintieran como una auténtica familia.

Era un nexo que los unía a su pasado en común y una luz que iluminaba su futuro.

Su presencia los liberó del miedo a que Carmen se quedara sola si a alguno de los dos les pasaba algo.

Sabían que la pequeña siempre tendría una madre en Ana, pasara lo que pasase.

Durante esos años, y con la ayuda de Ana, se habían centrado en mejorar sus condiciones de vida.

Con prudencia, compraron más animales, aumentaron las cosechas y empezaron a construir la casa de los sueños de Catalina: una casa de piedra igual que la que tenían en La Palma, pero de una sola planta y sin chimenea, porque el dinero era escaso, ¿y quién necesitaba chimenea en Cuba?

Al no haber moreras en la isla, Catalina las sustituyó por guayabos.

En Sabanilla encontraron un pequeño y solitario árbol de guayabas en la linde del terreno.

Ahora, filas de árboles florecidos formaban un guayabal, que le recordaba a las moreras alineadas de la casa de su infancia.

En época de cosecha, en julio y agosto, los frutos colgaban de las ramas como si fueran adornos navideños: amarillos, rojos y verdes, brillantes y abundantes.

Algunas tardes, cuando habían acabado de realizar las tareas básicas, Catalina, Ana y Carmen jugaban al escondite en el guayabal y volvían a casa con los bolsillos llenos de fruta, que convertirían en mermelada y cascos de guayaba.

Por primera vez en mucho tiempo, Catalina empezó a sentirse contenta.

El año en que Carmen cumplió los trece, el país se vio sumido en el caos.

De la noche a la mañana, los trabajadores perdieron sus empleos porque muchos ingenios cerraron.

El precio del azúcar se desplomó y el presidente, un déspota llamado Gerardo Machado, tuvo que huir del país con sus colaboradores más cercanos.

Tanto en La Habana como en otros lugares la gente salió a la calle pidiendo a gritos una revolución.

Saquearon tiendas y destrozaron edificios.

Pero a Catalina y a su familia todo eso les quedaba muy lejos.

Lo importante era la cosecha, el tiempo y la salud de los animales.

Lo que les preocupaba era saber si llovería lo suficiente para que creciera el arroz, que los animales no tuvieran parásitos, que la leche se mantuviera fresca y que el tejado estuviera bien sellado para protegerlos de los elementos.

En Sabanilla, la vida siguió adelante, tal como Ana había predicho.

Las gallinas se multiplicaban y las vacas daban buena leche.

A pesar de la crisis del azúcar, al principio Ramón logró conservar el empleo, que alternaba con el trabajo en la finca.

Se esforzaron en aumentar la producción de arroz y de frijoles, más allá de lo que sería estrictamente necesario para el consumo propio.

Mientras el resto de la isla sufría huelgas e incluso una revolución, la mayor preocupación de la familia era cómo lograr ser autosuficientes para no depender de las veleidades del precio del azúcar.

Un día, Catalina tuvo una idea. ¿Y si abrían una bodega en la parte de atrás de la casa?

No había nada parecido en Sabanilla. Si alguien necesitaba comprar algo, la única opción era un trayecto de dos horas a caballo.

Era engorroso y complicado. La mayoría de sus vecinos cultivaban la tierra y comían de lo que les daban el huerto y los animales, pero había otras necesidades.

No se podía vivir a base de arroz, cerdo, patatas y pollo.

Ana se entusiasmó enseguida con la idea.

Fue al pueblo a caballo y se llevó a Nieve, la mula de Carmen, para que la ayudara a cargar provisiones.

Compró harina, galletas dulces y saladas, cola, papel, lápices, libretas, azúcar, sal, especias, cerillas, velas y jabón.

Mientras Ana hacía los recados, Catalina se dedicó a despejar parte de la despensa.

Sacó una mesa alta al exterior y la colocó bajo una ventana, como si fuera un mostrador.

Poco después, las dos fueron de casa en casa para informar a sus vecinos de que habían abierto un nuevo negocio.

El primer día ganaron cincuenta centavos, insuficiente para compensar el esfuerzo realizado, así que pasaron un buen rato buscando la manera de atraer a más clientes.

Decidieron preparar empanadas de carne y venderlas a veinte centavos, con refresco incluido.

No tardaron ni una semana en recuperar la inversión inicial.

A finales de mes, habían ganado veinte pesos.

Esta vez enviaron al chico de unos vecinos a hacer la compra.

Cuando el ingenio en el que Ramón trabajaba cerró y él regresó a casa, el negocio de las dos mujeres iba viento en popa.

Lo pusieron a despachar con Carmen, mientras ellas preparaban empanadas, croquetas y patatas rellenas de picadillo.

El olor y el chisporroteo del aceite hirviendo impregnaba sus vidas, y muy pronto las horas pasadas en la cocina les dejaron marcas en las manos, los brazos e incluso el torso.

Pero Catalina y Ana no se conformaron con eso.