La memoria de las olas CATALINA
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CATALINA

C ATALINA

La llegada de Ana, casi cinco años después del naufragio, hizo que Catalina comprendiera el daño que le había causado a su familia al no contarles que había sobrevivido.

Aun así, incluso entonces fue incapaz de ponerse en contacto con ellos, en buena parte porque estaba convencida de que la persona que era antes había muerto en el mar.

Otra persona, más fuerte, más sabia, distinta, había ocupado su lugar.

Regresar a casa ahora, aunque solo fuera de visita, o escribirles una carta a sus hermanas y a su madre sería reabrir una vieja herida.

Lo mejor para todos era asumir que había muerto junto a su hija y su marido, porque saber que había sobrevivido solo porque había intentado escapar con otro hombre, dejando atrás a su hija, sería mucho más doloroso.

Catalina estaba convencida de que la mujer que había sido capaz de hacer algo tan insensato estaba muerta y enterrada en lo más hondo del océano, junto a las otras víctimas del naufragio.

Fue fácil encontrarle un sitio a Ana en sus vidas.

Las dos mujeres, unidas por su historia en común y su carácter parecido, vivieron juntas a partir de ese día, como si ese hubiera sido el plan inicial.

Cuando Ana lavaba la ropa, Catalina barría la cocina.

Juntas, recolectaban mangos en cubos para preparar mermelada, y mientras Catalina cocinaba o atendía a los enfermos que llamaban a la puerta, Ana cuidaba de Carmen, que toda la vida la llamó Liana, el nombre que le puso el día en que la conoció y que Ana adoptó como propio.

Ana solía buscar en Catalina signos de tristeza, pero solo encontraba una fortaleza y un estoicismo que la dejaban maravillada.

—¿No echas de menos La Palma? ¿Ni a tu gente? —le preguntó un día mientras las dos pelaban patatas para la cena.

—Echo de menos a mis hermanas —admitió en voz baja—, y a mi madre.

Ana se limitó a asentir y Catalina no dijo nada más.

En realidad, no hacía falta contarle a Ana lo mucho que añoraba a su familia.

Pensaba en su madre mientras pelaba ajos o podaba las ramas de un arbusto; cuando el canto de los pájaros la despertaba por las mañanas o cuando cambiaba el viento...

Su madre tenía la habilidad de detectar el cambio de las estaciones en los detalles más pequeños, sobre todo en otoño y primavera.

Podía olisquear un deje de otoño en el aire, incluso en medio de una tardía ola de calor estival, y se ponía nerviosa cuando los alisios empezaban a arremolinarse sobre las montañas que rodeaban la casa.

También pensaba en su madre mientras le bordaba un vestido a Carmen, le cosía el bajo de los pantalones a Ramón o recogía flores.

Y cuando le añadía leche condensada a un plátano, cuando se tomaba el gofio con leche por las mañanas y cuando, antes de acostarse, se negaba a rezar como le habían enseñado.

Sentía una constante necesidad de contarle que seguía viva, aunque sabía que no podía hacerlo.

Una de esas noches en que Ramón estaba fuera trabajando y Carmen ya se había ido a dormir, mientras las dos mujeres bordaban a la luz de un farol, Ana sorprendió a Catalina con una pregunta que ella se había hecho miles de veces hasta que había dejado de buscar la respuesta.

—¿Qué crees que les pasó?

Catalina no necesitó preguntarle a qué se refería.

Para ella, el dolor que le causaba el no saber ya era viejo, había tenido tiempo de acostumbrarse; sin embargo, para Ana la herida era todavía muy reciente.

Durante los últimos años había creído que su hermano seguía con vida.

Tener que enterrarlo en su mente, sin un cuerpo sobre el que rezar, era algo difícil de sobrellevar, Catalina lo sabía muy bien.

Dejó sobre la mesa la manta que estaba bordando, se levantó y se dirigió hacia la ventana, como si la oscuridad pudiera proporcionarles las respuestas que ambas anhelaban.

A Catalina se le empezaba a notar el embarazo.

Seguía tan delgada como siempre, con un poco de tripita, pero todavía no había encontrado el momento de compartir la noticia con Ramón.

Sospechaba que Ana conocía su secreto, aunque no había hecho ningún comentario al respecto.

El aire fresco de la noche primaveral iba cargado de la fragancia de las gardenias que había plantado el verano anterior. Por fin habían florecido.

—No lo sé —respondió de espaldas a Ana, que también se había levantado, expectante—, pero he pensado mucho en ello.

Catalina volvió a la mesa, se sentó y se recogió la falda por encima de las rodillas para estar más cómoda.

Luego le tomó las manos a su amiga y se dispuso a expresar en palabras —por primera y última vez en su vida— cómo se imaginaba que habían sido los últimos momentos de Juan y de Antonio y, sobre todo, de su bebé.

—Tras darle muchas vueltas a lo largo de estos años, creo que esto es lo que ocurrió...

—Hablaba despacio, como si le costara formar las palabras—.

Antonio sabía o intuía lo que estábamos planeando.

Lo noté en su modo de mirarme la última vez que me besó.

Yo me había citado con Juan bajo la escalera en la que solíamos encontrarnos, pero esta vez era Antonio quien me esperaba allí.

Creo que la nodriza que él había contratado para el viaje me delató.

Probablemente estaban juntos, no lo sé. En aquella época yo era muy joven e ingenua, pero la insistencia de Antonio en que ella nos acompañara tal vez fue la manera que él encontró de seguir viendo a su amante.

Imagino que, si todo hubiera salido como él planeaba, ella habría acabado viviendo con nosotros en la casa y ellos habrían continuado con su relación.

Sé que esa joven tenía un hijo. Tal vez fuera de Antonio, pero no puedo estar segura y soy consciente de que ya nunca lo sabré.

Ana le presionó la mano, animándola a seguir hablando.

—Ella era la única que conocía mis rutinas.

Siempre estaba pendiente de mis horarios, y yo pensaba que era porque se tomaba en serio las horas de toma del bebé, pero ya no creo que fuera por eso.

Por aquel entonces, aunque ya empezaba a sospechar, estaba más preocupada por Antonio, por lo mucho que bebía y apostaba.

Jugaba todas las noches. Probablemente había acumulado deudas y seguía jugando, empeñado en recuperar el dinero.

Catalina se detuvo y soltó las manos de Ana para beber un poco de agua del vaso que tenía sobre la mesa.

Era la primera vez que compartía con alguien sus sospechas sobre el carácter de Antonio.

Aunque tenía la sensación de estar traicionándola una vez más, se sintió liberada al confesar al fin las dudas que llevaba tanto tiempo guardando en su interior.

Ana ni siquiera se atrevió a moverse. Llevaba años esperando una respuesta. No le importaba esperar un poco más, hasta que Catalina reuniera fuerzas para continuar.

—Creo que la mañana que llegamos a Santiago, Antonio le ordenó a María que se escondiera en alguna parte con el bebé para que yo no pudiera irme. Ni le pasó por la cabeza que yo fuera a marcharme sin mi hija. Y a mí tampoco, la verdad.

Catalina volvió a levantarse y se dirigió de nuevo a la ventana, aunque era como contemplar un rectángulo negro.

La luna todavía no había salido o, si lo había hecho, estaba escondida tras una nube.

Oía a los animales moverse mientras buscaban un sitio cómodo donde pasar la noche, pero no veía nada.

Una brisa fresca se coló en la casa y las hizo estremecer.

Catalina cerró la ventana y regresó a la mesa.

—Supongo que, en algún momento después de que el barco zarpara de nuevo, María regresó al camarote con el bebé.

O Antonio volvió antes que ella. O tal vez se habían escondido juntos...

Probablemente imaginaban que me encontrarían allí, esperándolos, pero se encontraron con Juan.

Tuvo que haber algún tipo de confrontación, una pelea.

No estoy segura, pero imagino que Antonio le pegó un tiro a Juan y lo mató o lo dejó malherido.

Antonio llevaba una pistola encima, a pesar de que, en teoría, debería habérsela dado al capitán al subir a bordo.

A estas alturas de la historia, Ana no pudo seguir conteniendo las lágrimas. Se cubrió la boca con una mano, pero Catalina ni siquiera se dio cuenta, porque tenía la vista perdida en algún punto mucho más allá del salón.

—Quizá estaban preguntándose qué hacer con el cadáver cuando notaron las primeras ráfagas de viento.

Supe que el viento había llegado de manera repentina e implacable, y que había levantado olas inmensas, altas como edificios.

Ni siquiera pudieron acercarse al puerto de La Habana.

El barco fue avistado por última vez no muy lejos de aquí, frente a la costa de Caibarién, el mismo lugar donde se suponía que Antonio y yo íbamos a formar un hogar.

La última comunicación llegó al anochecer del nueve de septiembre.

Con un foco del puente de mando, enviaron un mensaje en morse, avisando de que aguardarían en alta mar hasta que pasase la tormenta.

Las autoridades dijeron que otros barcos vieron al Valbanera virar, como si fuera un barco de juguete a merced de las olas.

Ana se encogió en la silla y se abrazó para protegerse de la crudeza de la narración. Sentía cada detalle como un nuevo asalto.

Catalina suspiró antes de continuar.