MARA
M ARA
—Eres Marita, la hija de Lila, ¿verdad?
Al oír el diminutivo de mi infancia, lo reconocí de inmediato.
Este anciano era el primo de mi madre, Linito, el hijo de su querida Liana, el niño rubio al que había querido como si fuera su hermano mayor; el que nunca se fue.
Era la única persona a la que mi madre desearía poder visitar, si se viera con fuerzas para realizar el viaje que yo había emprendido en nombre de las dos.
—Sí, sí —respondí entre sollozos.
Los bueyes resoplaron y patearon el suelo, pero Linito tiró de las riendas y apartó la mirada mientras yo lloraba junto al coche y el sol estallaba en un desenfrenado despliegue de amarillos, naranjas, lilas y rosas al ponerse tras las lomas de Sabanilla.
Linito entró renqueando en lo que quedaba de su casa, poco más que una cabaña.
La mitad de la vivienda estaba en un estado tan ruinoso que ya no se podía habitar.
Vivía en dos habitaciones, una que usaba para cocinar y otra en la que dormía.
No vi dónde estaba el baño y no me pareció prudente preguntar.
La pobreza que se respiraba en esa choza me entristeció.
¿Había sido siempre así y no me había dado cuenta?
No tenía recuerdos del interior de la casa, pero sin duda había estado allí.
Estaba segura de que Linito debía de haber vivido en mejores circunstancias.
A pesar de su aspecto avejentado, seguía fuerte. Sabía que no era mucho mayor que mi madre, pero se veía achacoso. Me contó que un nervio de la pierna izquierda lo tenía casi lisiado.
—¿Qué te trae por aquí después de tanto tiempo?
Con un gruñido de dolor, se sentó en un taburete casero, forrado de piel de vaca, y se echó hacia atrás para apoyarse en la pared.
No podía contarle lo que había venido a hacer en realidad, al menos de momento, pero tampoco quería mentirle al primo de mi madre.
—He venido a ver la casa; lo que queda de ella.
—Trato de cuidarla, pero lleva tanto tiempo vacía que no es fácil —se excusó, aunque no era necesario, sabía que tenía razón—. Resulta que esos «isleños» sabían lo que se hacían al construir sus casas con piedra. Esas duran para siempre.
No dije nada, porque no sabía qué decir, y tampoco sabía qué hacer con mi cuerpo. Me había ofrecido un asiento, pero estaba demasiado tensa para sentarme.
—Deberíamos sentarnos fuera, antes de que anochezca del todo. —Se levantó de nuevo—. Voy a buscar una linterna. Aquí todavía no nos han puesto la luz.
Ese detalle no me sorprendió. Recordaba perfectamente los veranos pasados aquí y lo oscuro que estaba todo por las noches, tanto que no te veías ni las manos.
En la cama, me sentía tan desorientada que en una ocasión desperté a mi padre para preguntarle cuál era la «dirección correcta» para dormir, porque no sabía en qué sentido estaba orientado mi cuerpo.
Linito entró en su habitación y yo permanecí en el umbral, con un pie en la sala y otro fuera, hasta que me decidí a entrar.
La sala era pequeña, pero estaba limpia.
En la pared, junto a la puerta abierta que daba al dormitorio, había una foto en blanco y negro de una mujer alta, morena, de ojos claros y sonrisa relajada.
Llevaba un vestido camisero de manga corta y tenía un libro en las manos, como si la hubieran sorprendido mientras leía.
Debajo de la foto había un jarrón con flores de plástico amarillas.
Sentí como si una campana me resonara dentro del pecho, algo que suele ocurrirme cuando mi instinto olfatea una buena historia.
Me acerqué a la fotografía, despacio, y allí me encontró Linito.
—¿Quién es? —le pregunté en voz baja, tratando de que no se me notara el entusiasmo porque, ya antes de que pronunciara las palabras, conocía la respuesta.
—Oh, es mi madre. —Su voz adquirió un tono más suave al hablar de ella—. No llegaste a conocerla. Se llamaba Ana. Ana Cruz Cruz.
Cogí uno de los taburetes que había alrededor de la mesa y lo planté con fuerza junto al de Linito. Quería escuchar todo lo que pudiera contarme; la casa podía esperar.