CATALINA
C ATALINA
Catalina estaba lavando la ropa bajo un mango tan frondoso y cargado de flores que tenía que irlas apartando del barreño, pero le gustaba ese lugar, tanto por la sombra como por la vista que tenía del valle, que se extendía sin obstáculos hasta donde alcanzaba la mirada.
Había puesto a remojar en agua jabonosa las camisas más sucias de Ramón, que se había pasado por casa la noche anterior para dejar la ropa sucia y verlas antes de volver al cañaveral.
Se había vuelto a marchar antes del alba porque no podía quedarse mucho tiempo, y ellas lo habían acompañado hasta el límite de la propiedad, Ramón y Catalina abrazados por la cintura, y Carmen de la mano de su padre.
Prometió que regresaría en cuanto tuviera ocasión y se despidió de Catalina con un beso detrás de la oreja, un lugar que le parecía muy sensible y que había reclamado como propio.
Justo antes de que se apartara, Catalina estuvo a punto de compartir con él su secreto, pero algo hizo que se contuviera.
—¿Qué pasa, mujer? —preguntó Ramón, sin soltar su cintura.
En vez de responderle, ella lo besó.
—Cuídate —le pidió, apartándose de él—. Y vuelve pronto a casa.
El trabajo de Ramón era agotador. Cortaba y cargaba cañas hasta el ingenio azucarero, donde las transformaban en los preciados granos de azúcar, pero el sueldo era bueno y, gracias a eso, podían ir realizando reformas en la casa poco a poco.
El dinero de doña Emilia se había acabado poco después de que compraran la tierra.
Durante los últimos meses, habían reemplazado las hojas de palmera del techo y ya no tenían goteras.
El suelo de tierra prensada había sido sustituido por otro de cemento, tan pulido que relucía, y también habían conseguido reforzar las paredes gracias a la fuerte madera de las palmeras.
Incluso habían levantado tabiques para dividir la vivienda en tres dormitorios, y ahora tenían una gran despensa donde colgaban la carne para curarla y guardaban las conservas que preparaba Catalina, junto con los sacos de arroz y de frijoles que producían en su propia finca.
Pero Catalina anhelaba que Ramón pudiera ganarse la vida de una manera menos dura.
A pesar de que las visitaba cada quince días, cuando llegaba estaba tan cansado y tenía la piel tan quemada por el sol y lastimada por los cortes de los machetes que su presencia, en vez de ser una ayuda, era un trabajo extra.
Catalina le curaba los cortes y heridas, le calmaba las quemaduras con bálsamo de aloe que elaboraba ella misma, le preparaba sus platos favoritos de Canarias y se acostaba con él.
Pero las visitas eran escasas y ella se sentía sola sin él.
Estaba pensando en lo tierna que había sido su última visita cuando oyó que los perros se echaban a ladrar, frenéticos, como siempre que se acercaba alguien.
Se quedó inmóvil, a medio golpear la camisa contra la tabla de lavar.
Carmen jugaba con un gatito cerca de ella, pero la pequeña también levantó la mirada, preocupada.
Por aquel camino no venían más que extraños; los vecinos que buscaban sanar a manos de Catalina se acercaban por la parte trasera de la casa, no por delante.
Catalina aguzó el oído y ladeó la cabeza en dirección al camino.
A lo lejos vio acercarse una figura solitaria.
Dejó caer la camisa en el barreño y se aferró el corazón con las manos mojadas, sin atreverse a esperar un milagro.
Caminó unos pasos con Carmen agarrada a su falda, pero al ajustar la mirada se dio cuenta de que la figura no correspondía a un hombre, sino a una mujer, que llevaba un vestido azul marino y un sombrerito que no lograba ocultar su abundante cabellera.
Portaba una maleta color burdeos en la mano y caminaba despacio, con precaución, como si no estuviera segura de dónde se encontraba o no supiera si quería estar allí.
Tras secarse las manos en el delantal con movimientos apresurados, Catalina se dirigió hacia la mujer, que le resultaba un tanto familiar. Era alta y esbelta, y tenía el pelo moreno, igual que...
Catalina apresuró el paso cada vez más hasta que acabó corriendo hacia la visitante, que soltó la maleta y echó a correr hacia ella con los brazos abiertos.
En apenas unos segundos, las dos mujeres cubrieron la distancia que las separaba, levantando a su paso una nube de polvo.
Fundidas en un fuerte abrazo, lloraron la una en el hombro de la otra.
—¡Estás viva! ¡Estás viva! —exclamó Ana entre sollozos—. ¡Estás aquí!
Pero Catalina sujetó a su vieja amiga por los hombros y negó con la cabeza.
—No, no. No estoy aquí. Soy otra persona.
Ana pensó que no la había entendido bien.
Estaba contenta porque su viaje desde las Canarias no había sido en vano.
Había venido en busca de su hermano Juan y, de manera inesperada, había encontrado a Catalina, a la que había dado por muerta hacía años, igual que todo el mundo en La Palma.
Y aunque le parecía algo irreal, se dijo que, ahora que había encontrado a Catalina, pronto vería también a su hermano.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó Catalina, pero Ana sacudió la mano.
—¿Dónde está Juan?
Mientras se secaba las lágrimas, Ana se percató de la presencia de Carmen, que se había escondido tras las faldas de su madre mientras ellas dos se abrazaban.
La pequeña se aferraba a la pierna de Catalina y miraba a esa extraña que tenía unos enormes ojos pardos.
Unos ojos que, según la luz, se volvían del color del trigo, como los suyos o los de Juan.
Ana se arrodilló ante ella.
—Oh, ahí estás. —Abrió los brazos y la niña se lanzó hacia ella como si la conociera de toda la vida—. Soy tu tía Ana —se presentó, acariciándole los rizos oscuros.
Catalina se estremeció al oír la palabra «tía», pero no hizo ningún comentario.
Carmen era demasiado pequeña para entender lo que significaba y, además, no le haría ningún daño a una niña que vivía tan aislada tener a alguien que la quisiera como si fuera de la familia.
Por otro lado, Ana era su auténtica tía, aunque Catalina se había jurado que nunca le revelaría a su hija las circunstancias que acabaron por traerla al mundo.
Tampoco le había dicho nunca que no era su primera hija ni que su nombre había pertenecido a otro bebé antes que a ella, un bebé que se perdió en el mar.
De hecho, nunca le contó nada de su vida antes de llegar a Cuba.
Lo único que Carmen sabía era que su madre había llegado de España en barco y que había conocido a su esposo en una casita amarilla, junto a la costa.
Que ella supiera, en la vida de su madre nunca había existido un hombre llamado Juan. Ramón era su padre.
La pequeña frunció el ceño mientras intentaba pronunciar las nuevas palabras. Cuando trató de decir «tía Ana», lo que le salió fue «Liana».
Ana se echó a reír.
—Me gusta, me lo quedo.
Mirando hacia arriba por encima de los hombros de Carmen, Ana repitió la pregunta en un susurro.
—¿Dónde está Juan?
Parecía tan ansiosa y esperanzada al mismo tiempo que Catalina sintió que se le rompería el corazón si le contaba la verdad en ese momento. Antes de responder, se llevó la mano al corazón:
—Aquí, siempre aquí.
Se agachó para levantar a su hija y cargársela a la cadera. Las largas piernas de la niña le llegaban a las rodillas. Con la otra mano, cogió la maleta de Ana y la animó a seguirla en dirección a la casa.
—¿Cómo nos has encontrado? —volvió a preguntar.
—No ha sido fácil.
Ana le contó que su hermano le había dejado la dirección de Ramón en Cuba, pero que, al llegar allí, descubrió que no había nadie. Por suerte, los vecinos le dieron instrucciones para encontrar a Ramón en Sabanilla, y había venido para preguntarle si sabía algo de su hermano.
Catalina asintió, pensativa. A pesar de todas sus precauciones, no había logrado ser tan invisible e inaccesible como creía.
Mientras caminaban, Carmen alargó la manita y Ana, con el corazón roto pero esperanzada, la tomó y se la llevó a los labios, donde la mantuvo hasta que llegaron a la casa.