La memoria de las olas MARA #4
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MARA #4

Conduje durante horas, sin tener que preocuparme por el tráfico.

De vez en cuando una vaca se cruzaba en mi camino, pero siempre logré frenar a tiempo, consciente de que era yo la que irrumpía en su terreno y no al revés.

No puse música en ningún momento, y tampoco el aire acondicionado.

Prefería circular con las ventanillas abiertas, empapándome de los ruidos y olores de Cuba.

Los sonidos me llegaban amortiguados: niños persiguiendo a un perro, un camión que pasaba, un muchacho silbando, un niño que vendía queso, un hombre que ofrecía cebollas y una mujer que vendía abanicos de papel, el chirrido de las ruedas de un tren lejano sobre las vías...

Entre los olores que me llegaban distinguí el de la leche cruda, el de los ajos y el del estiércol de vaca.

Y aunque estuve tentada de detenerme y empaparme del momento, seguí adelante.

Avanzada la tarde llegué a Central Ramona, donde tenía previsto dejar el coche y seguir a caballo hasta la casa donde nació mi madre y donde pasé los veranos de mi infancia.

Solíamos salir de La Habana en autobús y luego tomábamos un tren viejo y destartalado al que todo el mundo llamaba «el tren lechero».

Al final, ni siquiera el tren era capaz de seguir penetrando en la espesa vegetación de la jungla que llevaba a casa de mis abuelos.

A partir de ahí, seguíamos a pie o a caballo, y si el atajo estaba intransitable por la crecida del río, alguien nos esperaba para abrirnos camino, machete en mano.

Para mi sorpresa, habían construido una estación de autobuses y, al preguntar, todo el mundo me aseguró que ya no hacía falta ir andando hasta Sabanilla, que podía llegar en coche.

La carretera que llevaba hasta allí no era ninguna maravilla, pero era una carretera, y yo había viajado en peores circunstancias.

Recordaba muy bien el viaje que había hecho en la parte trasera de una camioneta —cuando me dirigía a un santuario situado en lo alto de una montaña en Ecuador—, que me dejó orinando sangre durante un día. Esto no podía ser peor.

—¿Va usted a la vieja granja de los Fernández? —me preguntó uno de los hombres a los que pedí información sobre la carretera.

Respondí que sí, algo sorprendida, ya que no esperaba que fuera un lugar conocido, y él me contó que sus padres se habían conocido allí, durante un baile, hacía muchos años.

—Pero la casa está vacía, están todos muertos.

Sentí su franqueza como un puñetazo que me hizo tragar saliva. Le dije que ya lo sabía, pero que quería visitarla.

—Hay un vigilante. Igual lo encuentra todavía, a menos que haya muerto y no nos hayamos enterado.

Me habría gustado preguntarle quién era el vigilante, pero su autobús llegó justo en aquel momento y el hombre se marchó. Al mirar qué hora era, vi que no tardaría en hacerse de noche.

Tal como me habían advertido, la carretera era peligrosa y estaba llena de charcos traicioneros que en realidad eran baches profundos, de raíces anchas como troncos y de piedras puntiagudas y animales muertos. Pero era transitable, y yo quería llegar antes de que se hiciera de noche.

Unos veinte minutos más tarde, empecé a reconocer ciertas cosas.

El suelo cambió de color y ya no era de un marrón terroso, sino rojizo como la arcilla.

Los árboles crecían más juntos y formaban una barrera contra la luz y el sonido.

En el cielo, los cúmulos se desplazaban con rapidez, como si tomaran impulso para dejarse caer en forma de tormenta o de cualquier otro fenómeno atmosférico, y el ambiente era tranquilo y gris, tal como lo recordaba cuando, por las mañanas, la niebla parecía brotar de la tierra y se aferraba a las hojas de los árboles, haciéndolas brillar como estrellas cuando el sol finalmente aparecía.

De pronto oí una voz, clara como un trueno, que llamaba desde los arbustos que quedaban a mi derecha.

—¡Azabache! ¡Villanueva!

Y entonces apareció un chirriante carro de madera con dos ruedas enormes de caucho que aplastaban el suelo reseco a su paso.

Iba tirado por dos bueyes que se cruzaron en mi camino.

El buey que me quedaba más cerca era negro y tenía unos cuernos afilados de unos treinta centímetros de largo.

El otro era de color marrón claro, como el del tofe, con los cuernos más cortos.

Detuve el coche y bajé despacio, apoyando el brazo en la portezuela tanto para mantener el equilibrio como para contener mis emociones.

Azabache me clavó un ojo negro como la tinta, y yo le devolví la mirada a ese ojo, que parecía un vórtice, exhausto y ancestral.

¿Cómo era posible? ¿Cuántos años habían pasado?

¿Cuarenta? Era muy improbable que estos fueran los bueyes de mi abuelo, por mucho que se llamaran igual.

La carreta se detuvo en seco, los dos bidones de agua que acarreaba se sacudieron y derramaron parte de su contenido.

El hombre que llevaba las riendas del carro pareció tan sorprendido al verme como yo al verlo a él.

Iba desnudo de cintura para arriba, llevaba un viejo sombrero de paja, pantalones marrones sujetos con un cinturón de cuero desgastado y unas botas también viejas, sin cordones.

Tras dirigirme una sonrisa desdentada, me dijo lo último que esperaba oír:

—Eres igualita a tu madre.