MARA #3
Me crucé con varias personas, pero no reconocí a ninguna.
Tenía la sensación de estar atrapada en una pesadilla.
Acababa de pasar la noche en una mansión de ensueño y, en poco más de media hora, me encontraba en otro mundo, un vecindario dejado de la mano de Dios.
¿Cómo era posible? Pasé horas caminando, ausente y como en trance.
Busqué la sala de cine donde vi mis primeras películas, pero no la encontré.
Alguien me dijo que se había derrumbado.
El colegio también había desaparecido. La pescadería estaba cerrada y no se planteaba volver a abrir.
José, que en otro tiempo fue el dueño de la bodega de la esquina y que siguió trabajando en ella como empleado cuando el Gobierno le arrebató la propiedad, había muerto.
La mayoría de los vecinos con los que había convivido se habían marchado; algunos a España, otros a Miami.
Una niña con la que había ido al colegio era ahora doctora, y trabajaba en Venezuela como parte de un programa de intercambio entre gobiernos que canjeaban médicos por petróleo y otros productos.
Los referentes de mi infancia habían desaparecido. Era desolador.
Llamé a la puerta del piso donde vivíamos. Me abrió una anciana de aspecto frágil, que me dijo que se llamaba Rita y me reconoció al instante, aunque noté que era ciega. Tenía los dos ojos cubiertos por una capa blanca que le había borrado el color de los iris. No fui capaz de sostenerle la mirada.
—Sabía que algún día volverías —me dijo, y añadió que se notaba que venía de otro país por el olor.
Cuando le pregunté cómo era ese olor, respondió:
—A limpio, como el de un día de invierno.
Tras asegurarle a Rita que no venía a pedirle nada ni a llevarme nada de la casa, le pregunté si podía entrar para echar un vistazo al lugar en el que había pasado la infancia.
Ella se mostró hospitalaria y me ofreció café, pero lo rechacé.
Tres tazas en una mañana eran mi nuevo límite.
Para mi sorpresa, el piso estaba bastante bien conservado y había cambiado poco respecto a lo que recordaba.
Sobre el sofá había un cuadro de hibiscos blancos y amarillos que un primo de mi madre le regaló el día de su boda.
A los tres años dejé de dormir en la cuna, en la habitación de mis padres, y pasaba las noches en el sofá, bajo ese cuadro.
Era lo primero que veía al abrir los ojos por las mañanas y lo último antes de cerrarlos por las noches.
Me lo sabía de memoria, incluso la extraña curvatura de la «W» de la firma del pintor, Wilfredo.
—¿Te gusta el cuadro? —me preguntó al intuir dónde estaba.
—Sí, mucho —respondí conteniendo las lágrimas.
—Mi hijo lo pintó para mí antes de irse.
No sabía qué decir. Estaba claro que no podíamos estar hablando del mismo cuadro.
—¿Su hijo?
—Sí, se marchó en una balsa hace años, rumbo a Miami.
Le hice unas cuantas preguntas más, que me bastaron para comprobar que la mujer había perdido el juicio.
Al parecer, su hijo se había marchado en una balsa en 1994, cuando tenía diecisiete años, y no había vuelto a saber de él.
Al igual que yo, solía dormir en el sofá y le decía a su madre que soñaba con ser artista.
Tal vez algún día mencionó que pintaría un cuadro como ese para ella y que se lo enviaría desde Miami. Tal vez.
De repente, sentí que no podía permanecer allí ni un segundo más.
Ni siquiera quise ver la cocina ni el patio diminuto con el lavadero de cemento, ni la habitación de mis padres ni el baño donde solía pasar horas encerrada y leyendo.
Pasaba tantas horas allí que un día mi padre se hartó y quitó el pestillo.
Dejé un billete de cien dólares sobre la mesa del comedor, bajo su vaso de agua, y me despedí a toda prisa de la pobre anciana ciega, como si temiera contagiarme de su tristeza y desesperación.
Fui a buscar el coche y me alejé a toda prisa, con el cuerpo tenso por una mezcla de tristeza, rabia y remordimientos.
Los conos de luz débil de color naranja que iluminaban todas las esquinas de La Habana me guiaron durante el camino de regreso a la casa de Miramar.
A la mañana siguiente, temprano, le dejé una nota de agradecimiento a Al y me marché sin despedirme en persona.
La realidad de la isla me estaba calando con fuerza y, después de haber conocido a Rita y haberla tenido que dejar en ese piso, triste y sola en su desamparo, no me sentía capaz de lidiar con alguien como él, frívolo y privilegiado.
Era el primer día de octubre y el tiempo había cambiado.
El aire estaba cargado de humedad, y bandas de nubes bajas colgaban paralelas al horizonte, como si quisieran besar las agitadas aguas del océano.
Mientras conducía por el malecón, a lo largo del famoso rompeolas de La Habana, una ola inmensa se catapultó sobre el muro y se estrelló en medio de la avenida, lamiendo el asfalto con su lengua de espuma antes de retirarse de nuevo hacia el mar.
Al verlo, detuve el coche en seco. Con el corazón disparado y la respiración agitada, empecé a sudar.
Los coches que venían detrás de mí se pusieron a tocar el claxon, pero yo seguía paralizada.
Me temblaban las manos y apenas podía respirar. Estaba sufriendo un ataque de pánico.
En algún momento, los otros coches se dieron cuenta de que no tenía intención de moverme por mucho que pitaran, y empezaron a sortearme.
Traté de pensar en algo positivo, tal como me había aconsejado mi terapeuta en nuestras sesiones.
Una imagen que me aportara paz y que, por supuesto, no estuviera relacionada con el agua.
La mayoría de la gente piensa en el mar cuando quiere relajarse, pero yo pienso en colinas onduladas, en la cara de mi hijo o en la luz de una vela.
Pensar en agua —aunque sea en un vaso— en medio de un ataque de pánico, empeora las cosas.
Elegí pensar en el hermoso rostro de Dylan, con su pelo rizado y alborotado, aunque ahora, sin duda, debía de llevarlo muy corto.
Me lo imaginé tal como era antes de entrar en la Marina: como un adolescente que componía música en nuestro piso del Upper West Side, tocando el viejo piano de pared durante las frías tardes de invierno mientras yo leía.
Poco a poco, fui soltando el volante y sentí que volvía a respirar con normalidad.
Me puse en marcha, procurando no mirar hacia la izquierda.
Ya había visto bastante agua por ahora. Estaba claro que la terapia de exposición solo funcionaba si miraba el agua desde lejos; si a esta le daba por perseguirme, como acababa de suceder, la cosa se ponía fea.
No estaba preparada para algo así. Aún no.
Poco después entré en el túnel de La Habana. Antes de aterrizar en Cuba, había buscado la ruta que debería seguir para llegar a Sabanilla, que quedaba más al este. No había forma de evitar el túnel, y la idea me aterrorizaba.
Subí las ventanillas y pisé a fondo el acelerador.
Si hubiera podido cerrar los ojos, lo habría hecho.
Recordé una antigua película de Paul Newman en la que le dice a un niño que, para mantener el miedo a raya, tiene que ser valiente durante un minuto.
Me había acordado de esa frase en muchas ocasiones, cada vez que necesitaba armarme de valor.
Esta vez, confiaba en que solo tuviera que ser valiente durante treinta segundos.
Salí del túnel con los nudillos blancos de tanto apretar el volante.
Había dejado ya buena parte de la ciudad atrás.
Tras pasar junto a unos cuantos edificios feos, el paisaje se abrió a la izquierda y pude ver las playas a las que solía ir con mis padres de pequeña.
Estuve tentada de detenerme, pero seguí circulando hacia Santa María, Guanabo y, por último, Cojímar.
De pronto, alzándose como centinelas de los campos, vi varias palmeras altas y regias a mi derecha y se me llenaron los ojos de lágrimas.
Este era el paisaje que siempre me venía a la cabeza cada vez que soñaba con Cuba, extensiones infinitas salpicadas de palmeras de troncos anchos y colinas redondeadas.
Mis pensamientos se deslizaron, como solían hacer, hacia la tragedia del Valbanera .
Había estado leyendo sobre naufragios y huracanes, y sobre el modo en que los barcos interactúan con las olas y el viento.
Una tarea deprimente, pero también fascinante.
En un libro de historia de los naufragios, me enteré de que el primer barco que navegó por el Caribe fue la Santa María , una de las tres carabelas bajo el mando de Cristóbal Colón, en 1492.
Pronto los naufragios se volvieron frecuentes en esta parte del mundo azotada por los huracanes y con un clima imprevisible.
Descubrí que hay cientos de barcos hundidos alrededor de Cuba, como si fueran un collar de perlas.