La memoria de las olas MARA #2
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MARA #2

A diferencia de la mayoría de las mansiones de Miramar, que se encontraban en la Quinta Avenida, la casa de Al se alzaba en la Primera, pegadita al mar.

Las paredes exteriores pintadas de color rosa palo, con molduras blancas alrededor de las ventanas y de la azotea, le daban un aspecto bonito y ornamentado, como si se tratara de un pastel de varios pisos cubierto de merengue.

Tenía seis dormitorios —dos en la planta baja y cuatro en la primera— y siete cuartos de baño.

Los suelos estaban revestidos con las típicas baldosas hidráulicas.

Aunque ya no estaban muy de moda, eran tan típicas de Cuba que, cuando vivía allí, ni me daba cuenta de que estaban bajo mis pies.

Sin embargo, esta vez les presté atención.

Las baldosas de esa casa eran cuadradas, mates, con arabescos de color azul cielo; se veían espectaculares, iluminadas por la luz que emanaba de las lámparas relucientes que colgaban, como lágrimas de diamante, de los techos altos.

Al comentó que su primo era arquitecto, como si eso explicara por qué esta casa se mantenía impecable mientras el resto del país se caía a trozos.

No me creí ni una palabra de lo que me contó esa noche.

Era evidente que Al vivía en una realidad alternativa, pero yo estaba buscando la mía.

Aun así, teníamos algo en común: ambos vivíamos de espaldas al presente.

No vi a ninguno de los demás huéspedes y luego, mientras trataba de reconstruir los detalles de mi estancia en Cuba, llegué a preguntarme si Al y su casa habían existido o habían sido fruto de mi imaginación.

La noche de mi llegada, sin embargo, estaba encantada pero exhausta.

En otras circunstancias habría agradecido una visita detallada de la casa para conocer hasta el último rincón.

Adoro las casas antiguas y me gusta que me cuenten historias, pero estaba cansada y abrumada, y el rugido del océano que llegaba desde la oscuridad del jardín trasero me disparó los nervios.

Me dolía la cabeza y lo único que quería era una ducha y una copa de vino, a solas, con los pies en alto o en remojo, en un baño de sales de Epsom.

Noté que también se avecinaba el dolor de espalda, que me avisaba siempre con un cosquilleo en la nuca, justo donde empezaba a crecer el pelo.

Me llevé las manos al cuello y me sostuve la zona formando un andamiaje de carne y hueso alrededor de la cabeza. Al se dio cuenta.

—¿Qué pasa?

—No es nada, un dolor que me viene a veces.

Al permaneció pensativo unos instantes, me examinó de arriba abajo y se acercó tanto a mí que me hizo sentir incómoda. Cuando al fin se apartó, dictaminó que mi problema quizá se debía a Yemayá, la diosa que representa al mar en la religión afrocubana.

—Debes de haberla hecho enfadar —concluyó mientras alzaba una ceja depilada.

Yo me eché a reír.

—No creo, debe de ser cosa de la edad.

Él volvió a acercarse.

—¿Me permites?

Sin darme tiempo a responder, me colocó una mano fría sobre la frente y otra en el cuello, encima de la mía.

La piel, suave, le olía a plátano frito, y el aliento, a frijoles.

Debía de haber comido hacía poco. Susurró una oración que no retuve, aunque recuerdo que terminaba con las palabras «purifícame, nútreme, sostenme».

La oración me pareció inofensiva, por lo que no protesté.

Con eso y un vaso de vino tal vez mejorara.

—Debes de haberla hecho enfadar —insistió él.

—¿Yo? Lo dudo. En todo caso, soy yo la que debería estar enfadada con ella. —Pensé en mi miedo al mar, heredado de mi madre, y en el destino de Catalina.

Antes de acostarme, me acordé de mi hijo Dylan y me di cuenta de que hacía casi tres semanas que no hablaba con él.

Por si fuera cierto que Yemayá estaba enfadada conmigo, me arrodillé en el suelo y recé, algo que no había hecho desde hacía muchos años y, para asegurarme de que mi rezo llegara a sus oídos, repetí las palabras de Al: «Purifícame, nútreme, sostenme».

Por la mañana, el mar se veía glorioso y en calma desde mi ventana abierta.

El rugido enfurecido que había oído al anochecer había desaparecido por completo, y bajo el sol de la mañana el agua brillaba como si alguien hubiera desplegado rollos y más rollos de lamé plateado.

La nuca ya no me dolía y me sentía fuerte, con la cabeza despejada, tal como había llegado al aeropuerto.

Estaba lista para emprender la misión que me había traído al fin de vuelta a casa: desentrañar la historia de Catalina, una mujer que sin duda era real porque mi madre y yo existíamos, aunque para el resto del mundo no era más que un recuerdo lejano... o un fantasma.

Fui directa a la piscina, situada en el jardín trasero, donde Al me había asegurado que podría desayunar hasta las once.

Eran las diez, se me habían pegado las sábanas, pero por desgracia eso no significaba que hubiera disfrutado de un sueño reparador.

Había tenido pesadillas durante buena parte de la noche.

De la mayoría no me acordaba, pero una había sido tan vívida que la anoté al despertarme.

Una vez más, había soñado que estaba buscando a mi hija, una niña pequeña.

Estaba en un túnel, o tal vez fuera un pasillo, no podía estar segura.

Todo estaba oscuro y yo corría. Al final conseguía encontrarla, aunque estaba atrapada en un hueco de la pared.

Le colgaban las piernas, pero el resto del cuerpo quedaba al otro lado, de modo que yo no podía verla bien.

La agarré de las piernas y tiré de ella hacia mí, pero la niña empezó a llorar y a gritar porque alguien tiraba también desde el otro lado.

Y cuanto más fuerte tiraba yo, más lo hacía también la persona del otro lado.

Al final me detuve, consciente de que, si seguíamos tirando de ella, la acabaríamos matando.

El dolor de dejarla ir fue tan devastador que me desperté de un brinco.

Me quedé sentada en la cama, y estuve llorando un buen rato.

En noches como esas, echo mucho de menos a mi marido.

Si él hubiese estado conmigo me habría arropado entre sus brazos y me habría calmado hasta que me hubiera vuelto a dormir.

Es una falacia afirmar que no necesitamos a nadie más en nuestras vidas para sentirnos completos.

Podemos querernos a nosotros mismos; yo me quiero, pero no puedo envolverme entre mis brazos cuando tiemblo de miedo.

El desayuno me esperaba en un imponente jardín que llevaba a la piscina y, un poco más allá, al mar.

Mientras me dirigía a la mesa de hierro forjado engalanada con un mantel blanco, me llegó el aroma de las flores de un rosal que quedaba a mi izquierda.

Fue el propio Al quien me sirvió el desayuno saludable que me había prometido: zumo verde, huevos, jamón, un brioche delicioso y frutas tropicales.

Con la escasez y limitaciones de Cuba, no pude imaginarme de dónde habría sacado semejante botín, y preferí no preguntar.

Seguro que tenía un primo chef. Además, el café era excelente.

Me pregunté de dónde... No, no pensaba ir por ese camino.

Limítate a disfrutarlo, me dije, y seguí desayunando de espaldas al mar.

El móvil me avisó de que acababa de entrarme un mensaje de texto y lo abrí enseguida, con la esperanza de que fueran noticias de mi hijo.

¡Sí! ¡Era Dylan! El texto que me había enviado era un mensaje en su mínima expresión, pero suficiente para dibujar una sonrisa en mi rostro y calmar mi inquietud.

Me había escrito simplemente un número uno.

En nuestro lenguaje taquigráfico, que habíamos ideado en la época en que empecé a dejarlo salir solo por Nueva York, un uno significaba que todo iba bien, pero que no podía hablar en ese momento.

Aunque no era supersticiosa, elegí creer que el mensaje de Dylan había sido un regalo de Yemayá, una especie de ofrenda de paz. No necesitaba más.

Terminé de desayunar, subí al coche y fui a visitar mi antiguo barrio de Santos Suárez, donde viví con mis padres durante quince años en un piso de una sola habitación hasta que nos fuimos de Cuba.

No tenía ni idea de quién vivía allí ahora, pero esperaba que me dejaran entrar a echar un vistazo.

Anhelaba tocar esas paredes y salir al balcón, donde pasé buena parte de mi infancia soñando con estar en cualquier otra parte.

Me perdí varias veces por las estrechas callejas de La Habana antes de llegar a la calle sin salida en la que me crie.

Me costó reconocerla. En algunos callejones el asfalto se había roto, creando lo que parecían heridas mal curadas que soltaban nubes de polvo y dejaban un ambiente neblinoso, opaco, de un color pardo que se oscurecía a medida que se acercaba el atardecer.

La acera estaba tan desmenuzada que me parecía que pisaba cristales machacados.

Casi todos los árboles, arbustos y matas de flores que habíamos plantado de manera comunitaria en 1976 habían desaparecido, y los pocos árboles que quedaban estaban secos, quebradizos y sin hojas.

Las casas y los edificios estaban sin pintar y, los que tuvieron pintura en su día, la habían perdido.

En algunos faltaban trozos de yeso de la fachada, o tenían agujeros que dejaban a la vista las entrañas del edificio.

Una permanente nube de polvo se posaba sobre todo.