La memoria de las olas MARA
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MARA

M ARA

Nunca había visto La Habana desde el aire.

Había visto muchísimas otras ciudades, sobre todo Nueva York, pero seguía sintiendo una punzada de emoción cada vez que la silueta de un lugar querido empezaba a divisarse desde la ventanilla del avión e iba tomando forma a medida que nos acercábamos al aeropuerto, hasta que desaparecía y ya solo se veía la pista de aterrizaje o, dependiendo del aeropuerto, una valla, árboles, montañas en la lejanía o algún paisaje con tan poca personalidad que el aterrizaje perdía buena parte de la gracia.

Pero no fue el caso en Cuba. Debería haber sabido que todo en este viaje, el primero desde que me marché cuatro décadas atrás, sería distinto y especial.

Desde el cielo, Cuba era como una colcha hecha de retazos verdes y marrones, rodeada de una franja de distintos tonos de azul.

Una vez en tierra, sentí como si todos mis órganos ocuparan por fin su lugar.

Y al parecer no fui la única que lo notó, porque los pasajeros, casi todos cubanos que viajaban desde España para visitar a sus parientes, saltaron de sus asientos sin hacer caso de los ruegos de los asistentes de vuelo y aplaudieron entusiasmados.

En general, no me gustaba esa tradición, pero esta vez me hizo sonreír; comprendía y compartía su entusiasmo.

No estaban dándole las gracias al piloto por un aterrizaje perfecto; se estaban aplaudiendo a sí mismos por volver a estar en casa.

En cuanto salí del avión, sin embargo, las complejidades de Cuba me golpearon con saña.

El aeropuerto era caótico y faltaba personal.

El agente del control de fronteras que examinó mi pasaporte y mi visado tardó siglos en dejarme pasar, ya que quería asegurarse de que estaba allí en calidad de visitante y no como reportera.

También quería dejarme claro que, aunque viajara con pasaporte estadounidense, para él seguía siendo y siempre sería ciudadana de Cuba.

O, dicho de otro modo, si me pasara algo durante mi estancia, el Gobierno de Estados Unidos no tendría jurisdicción para hacer nada por mí.

Acababa de regresar a la boca del lobo.

Esta era la razón principal por la que no le había contado a mi madre que iba a venir.

Quería ahorrarle preocupaciones y, de paso, ahorrarme yo la culpa.

Solo había un lugar en el mundo que habría logrado preocupar a mi padre si se hubiera enterado de mi visita, y ese lugar era Cuba.

Nunca me prohibió venir de manera explícita, porque sabía que debía ir adonde me llevara mi trabajo, pero, por lo que fuera, el periodismo nunca me llevó de vuelta a mi isla natal.

Finalmente, sin embargo, la llamada de la sangre de mi familia había conseguido llevarme hasta allí. Estaba en medio de una cruzada personal, y confiaba en que mi padre, de seguir con vida, habría admitido que esta misión era incluso más importante que cualquier encargo de trabajo.

Volver a Cuba no había resultado fácil. Nunca habría imaginado que dejar atrás a Julián, a mis primos y, sobre todo, a la casa de La Peña, me resultaría tan desgarrador.

A lo largo de una semana regresé a la casa todos los días, con Julián, y dediqué ese tiempo a recabar información para escribir el reportaje que me había comprometido a entregar a mi editora.

Luego volví a mi vida y mis rutinas en Santander, mientras esperaba a que se tramitara el visado y el pasaporte cubano que todos los nacidos en Cuba deben obtener, aunque tengan la ciudadanía de otros países, como es mi caso.

Las gestiones me llevaron un par de meses, tiempo más que suficiente para lavar la ropa, escribir y entregar el artículo para la sección de viajes, y conseguir dinero en efectivo, ya que en Cuba no se aceptan las tarjetas de crédito de Estados Unidos.

Además, quería cargar pilas para la nueva etapa del viaje.

Sabía que la estancia en Cuba me iba a desgastar emocionalmente, y necesitaba prepararme.

Comí bien, dormí a pierna suelta, y traté —sin mucho éxito— de apartar cualquier imagen de Catalina y del Valbanera .

Pero ahora todo eso me resultaba muy lejano. Eso fue en España. Esto era Cuba.

Me senté al volante del coche de alquiler y puse rumbo a la habitación que había alquilado en una mansión del barrio residencial de Miramar.

Mantuve una conversación mental con mi padre, donde fuera que estuviese, y le di las gracias por habernos sacado de Cuba.

Me habría gustado poder darle las gracias en vida, para que supiera lo mucho que valoro su previsión y los sacrificios que hizo.

No me resultaba fácil concentrarme en conducir.

En la plaza de la Revolución, me salté una salida y seguí recto.

Iba perdida, pero me daba igual, porque estaba ansiosa por verlo todo y comprender al país que había dejado atrás.

En los años que viví aquí, era demasiado pequeña para aventurarme sola fuera del barrio, y mis padres eran muy protectores.

Ahora, con cincuenta y cinco años y mucha experiencia viajera en mi arsenal, lo observaba todo como si lo viera por primera vez.

Sin duda, La Habana era una ciudad bien diseñada y con una plétora de estilos arquitectónicos.

No se limitaba a los arcos y pórticos que suelen aparecer en tantas imágenes.

En un radio de unas cuantas manzanas, podías encontrar joyas del art déco y del art nouveau al lado de chalets con poca gracia de los años cincuenta y de imponentes edificios neoclásicos.

Algunas de las casas estaban tan bien conservadas y pintadas de colores pastel tan variados que parecían petits fours atrapados en el escaparate de una pastelería francesa, aunque muchas otras —la mayoría— estaban en un estado ruinoso.

Sesenta años de ineficiencia habían transformado esta elegante ciudad en una montaña de ruinas.

La vegetación asomaba por huecos en las fachadas de lo que habían sido hogares llenos de encanto.

Abundaban las grietas, que recorrían los muros de las casas como si fueran ríos secos, y había tantos tejados caídos que algunos edificios parecían bocas abiertas llenas de caries.

Perros abandonados deambulaban por las calles y sus excrementos se apilaban por doquier.

El estado de las personas no parecía mucho mejor que el de las calles.

Algunos colegiales de uniforme se perseguían corriendo por las avenidas cercanas al famoso malecón, como hacen los niños en cualquier parte del mundo, pero también vi a otras personas que parecían abrumadas por la vida.

Hombres y mujeres con zapatos viejos y ropa andrajosa caminaban con la espalda encorvada y una expresión de amargura en el rostro.

Parecían haber sido aplastados por las tribulaciones del día a día.

Casi todos ellos llevaban bolsas, como si esperaran encontrar algo por el camino que pudieran vender o llevarse a la boca; lo que fuera.

Otros, muy jóvenes, se vendían a sí mismos apoyados en poses sensuales contra los muros y vestidos con ropa que no costaba mucho de apartar para un encuentro apresurado.

Al detenerme en un semáforo, vi a un anciano montado en bicicleta que transportaba lo que parecía ser un pastel de bodas con una mano, mientras sujetaba el manillar con la otra.

Giré el volante para dejarle todo el espacio posible y, justo antes de entrar en el túnel que me llevaría a Miramar —el barrio donde iba a alojarme—, vi a un hombre sentado en la hierba, con aspecto perdido.

La imagen no me habría llamado la atención de no ser por las bolsas abarrotadas que mantenía cerca de él, con gesto protector.

Aparté la vista, frustrada. Sabía lo que iba a encontrarme al regresar a Cuba o, mejor dicho, pensaba que lo sabía, pero lo que estaba viendo era catastrófico, como si una bomba hubiera arrasado la ciudad, dejando a la población aturdida y demacrada.

Pestañeé con fuerza para mantener las lágrimas a raya al darme cuenta de que me estaba acercando a la casa.

Había memorizado las instrucciones que Airbnb me había enviado por correo electrónico.

Ojalá la habitación estuviera tan limpia y fuera tan acogedora como parecía en mi portátil.

Necesitaba un refugio donde escapar del agujero negro en que se había convertido La Habana.

No había investigación previa ni preparación emocional que pudiera haberme protegido contra lo que estaba viendo.

Aunque, en parte, lo prefería así; solo el horror que se extendía al otro lado del parabrisas me distraía de los pensamientos que me asediaban, tanto dormida como despierta, desde que aterricé en La Palma, hacía ya más de dos meses.

Llegué a la casa sin complicaciones. La habitación que había reservado tenía vistas al mar.

No fue una sorpresa, pero sí una coincidencia.

No tenía previsto continuar con mi terapia de exposición en Cuba.

Tenía claro que no sería muy prudente añadir una fobia a las emociones del regreso después de tantos años, pero cuando el dueño me escribió: «Está de suerte.

La única habitación que me queda es la que tiene mejores vistas», sentí que era cosa del destino y la reservé.

El dueño —que se llamaba Alberto, pero se hacía llamar Al, como Al Pacino, según me aclaró él mismo— no dejó de hablar mientras me enseñaba su precioso hogar.

Era una típica mansión de Miramar construida en los años cuarenta, un periodo de gran creatividad arquitectónica en Cuba.

Al me contó que había heredado la casa de su madre.

A ella se la había regalado Celia Sánchez, una de las fundadoras del movimiento que llevó a la revolución cubana, y de quien se rumoreaba que había sido amante de Fidel Castro.

No le pregunté a Al de qué modo su madre había arriesgado su alma para conseguir esta casa como regalo.

Me pareció imprudente y, total, solo pensaba pasar dos noches allí.