CATALINA
C ATALINA
Saciado, Ramón la soltó y se acostó de lado para dormir. Catalina buscó a ciegas el camisón y se sentó antes de ponérselo. Ramón la agarró del brazo y murmuró algo que ella no entendió.
—Solo voy a buscar un poco de agua; ahora vengo.
Él retiró la mano y mostró su aprobación con un gruñido un instante antes de dormirse profundamente.
Para ella, en cambio, el sueño era tan escurridizo como el placer.
Ramón la deseaba de un modo que a ella le parecía antinatural.
Daba igual lo agotado que estuviese, la buscaba todas las noches que pasaban juntos, como si tuviera miedo de que se marchara o, más bien, como si temiera que ya se hubiera ido y quisiera devolverle el alma a base de besos y caricias.
Ella se dejaba y, a veces, como esa noche, fingía que disfrutaba, aunque no era cierto. Nunca estaba presente.
Durante años, sintió que su alma se había perdido en algún rincón del mar y que trataba de reunirse con ella, pero no lo lograba.
Daba igual el amor o la pasión que recibiera de Ramón, no era capaz de perdonarse.
La culpabilidad y el amor perdido le habían dejado el alma lisiada, pero a su lado tenía a un hombre que, al igual que su padre, nunca se rendía, y que noche tras noche se esforzaba en rescatarla del abismo.
En la oscuridad, Catalina se dirigió a la cocina, donde encontró las cerillas con las que encendió la lámpara de queroseno.
Fuera llovía, y la lluvia siempre la ponía nerviosa.
Fue a ver cómo estaba su hija, que dormía en su cama.
Luego se paseó por la casa habitación por habitación en busca de goteras.
Al encontrar una, colocó un cubo debajo.
El ploc-ploc de las gotas interrumpió el silencio de la noche hasta que, poco a poco, al irse llenando el cubo, el sonido se fue apagando.
Durante los últimos cinco años, Catalina había aprendido a amar a Ramón, aunque no del modo en que amaba a Juan.
Aquel primer amor había sido inmaduro y apasionado, y había estado a punto de destruirla.
Lo que sentía por Ramón no se parecía en nada a esa pasión.
Y tampoco podía compararlo con la relación con su esposo; por Antonio nunca llegó a sentir nada.
Había sido su primer amante y se había limitado a dejar que él la amara.
Con Ramón las cosas eran distintas; era su marido y su guía en un país desconocido, un auténtico padre para Carmen y esperaba que fuera también el padre de los otros hijos que tendrían algún día. Ramón lo era todo para ella.
No estaba segura de cómo había sucedido. No recordaba que Ramón le hubiera declarado su amor y, por supuesto, ella tampoco se lo había confesado nunca, pero sí sabía en qué momento se había dado cuenta de que lo suyo sería un amor duradero.
Sucedió poco después del nacimiento de Carmen.
El bebé, que mamaba a sus horas y dormía durante el día, empezó a llorar todas las noches después de la cena.
El llanto de su hija, tan parecido al del bebé que había abandonado en el mar, le provocaba un gran rechazo.
Una noche, en vez de ocuparse de las necesidades de su hija, se tapó los oídos y, tras suplicarle ayuda a Ramón con la mirada, salió corriendo de la casa para no tener que oír lo que, en su cabeza, era un grito de auxilio de su hija desaparecida.
El primer impulso de Ramón fue detenerla, pero se contuvo y la dejó marchar.
Tomó a la pequeña Carmen en brazos, la acunó y dejó que succionara su dedo meñique hasta que se calmó y se quedó dormida, con la carita escondida en el hueco que formaba su codo.
Se acercó a la ventana y buscó a Catalina en la oscuridad.
No podía verla, pero sí podía oír sus silenciosos sollozos y, con lágrimas en los ojos, se fue a la cama sin esperarla.
Cuando Catalina regresó a la casa, todo estaba en silencio.
Se acercó a la habitación de puntillas y, a la luz del candil, vio que el bebé dormía sobre el torso desnudo de Ramón, chupándose el dedo y satisfecha con el colchón de amor que le proporcionaba su padre.
Él estaba despierto, y Catalina le tomó la mano y se la besó.
Esa noche los tres durmieron formando un nido de amor, con Carmen en medio de los dos, separándolos pero uniéndolos al mismo tiempo.
Su historia de amor floreció a partir de entonces.
Catalina volvió a la cocina y hundió el cazo de hojalata en el tinajón de barro, donde mantenían limpia y fresca el agua del pozo.
Se sirvió un jarro de agua y se la bebió de un solo trago.
Lo hizo con tanta ansiedad que se le formaron dos riachuelos en las comisuras de los labios y el agua se posó en su camisón blanco como flores frescas.
Se pasó la lengua por los labios mientras miraba a su alrededor.
En la mesa de la cocina, que servía también como comedor, había mazorcas de maíz.
Tenía previsto pelarlas al día siguiente, una tarea pesada que solía realizar una vez por semana, porque a Ramón le encantaban las frituras que la tía Emilia le había enseñado a preparar.
En vez de regresar a la cama, Catalina se sentó en un taburete, se colocó un balde entre los pies y se arremangó el camisón por encima de las rodillas.
A la luz del candil, arrancó las hojas de las mazorcas y los hilos sedosos que se aferraban, obstinados, a los granos.
«Ya basta», se dijo.
Por la mañana desgranaría el maíz, lo molería y lo transformaría en gachas. Limpió los restos que habían quedado en la mesa y después barrió el suelo con la escoba nueva que le había hecho Ramón con hojas de palma.
Sintiendo de repente el cansancio acumulado, Catalina suspiró. Era absurdo meterse en la cama a esas horas.
La vida de Catalina dio un vuelco cuando descubrió que tenía el don de la sanación. Fue algo accidental que sucedió el día en que cumplía veinticuatro años, cuando una vecina llamada Teresa llamó a la puerta y se quejó de un empacho.
—¿No tendrás algún remedio? —le pidió con el rostro contraído en una mueca de dolor—. Lo he probado todo; no sé qué hacer.
Catalina buscó en su improvisado botiquín.
Tenía tinturas para el dolor de cabeza, las uñas encarnadas y la congestión de nariz, y también algún que otro ungüento para piojos y otros parásitos, pero no vio nada para el dolor de estómago.
Y, sin embargo, sentía la necesidad de ayudar a esa mujer; como si al hacerlo fuera a ayudarse a sí misma.
Recordó a su abuela Elena, que de niña le había curado todos los males con una oración a Catalina de Siena, la santa en cuyo honor la habían bautizado.
—¿Por qué no te tumbas un rato? —le propuso mientras se quitaba el delantal sucio y la invitaba a entrar en un dormitorio—. Tal vez pueda ayudarte.
Teresa, que apenas podía hablar debido al dolor, hizo lo que Catalina le indicaba y se levantó la camisa para mostrarle el vientre distendido.
—Ahora vuelvo.
Catalina se dirigió a la cocina y cogió un bote de manteca de cerdo, una vela y una caja de cerillas. Luego regresó al dormitorio donde Teresa se aferraba a las sábanas con los puños apretados.
Encendió la vela, se untó las manos en manteca y se frotó las palmas para calentarlas y que quedaran bien suaves. Entonces colocó las manos sobre el vientre pálido de la mujer y empezó a murmurar las palabras que doña Elena recitaba cuando alguien tenía algún problema de salud:
—Mi poder no se ha debilitado ni puede debilitarse porque proviene del todopoderoso. Puedo, quiero y sé cómo ayudar a los que me necesitan. Puedo, quiero y sé. Soy poderosa pero humilde. Te imploro que guíes mis manos para poder hacer tu trabajo. Puedo, quiero y sé.
Con los ojos cerrados y concentrada en sus manos, Catalina empezó a masajearle el estómago con delicadeza.
Teresa gimió de dolor, pero Catalina siguió con el masaje, presionando con más firmeza y sin dejar de repetir las palabras alzando la voz poco a poco.
Ya no pensaba en lo que decía. Dejaba que la plegaria circulara por su cuerpo y manifestara el milagro a través de sus manos.
—Dios nos ha dado un puente para remediar muchos males. Cruza el puente, Teresa, para no ahogarte en el río o el mar embravecido que es la vida.
—¡Para! —gritó la mujer antes de levantarse y salir corriendo hacia la ventana, donde vomitó apoyada en el alféizar.
Catalina la esperaba con una toalla y un vaso de agua.
—Muchas gracias, querida amiga. —Teresa tiró de su camisa para volver a cubrirse el estómago—. Me encuentro mucho mejor.
Catalina le dijo que se quedara en la cama tanto rato como quisiera y, mientras su vecina descansaba, le preparó una infusión de clavo y orégano de su propio huerto.
Cuando fue a llevarle una taza humeante minutos más tarde, se la encontró dormida, con las rodillas dobladas casi hasta el pecho.
Dejó la taza en la mesilla de noche, se alejó de puntillas y fue a ocuparse de Carmen, que desde la puerta había estado observando cómo su madre se transformaba en una sanadora.
Tres horas después, Teresa —que era madre de seis hijos—, muy recuperada gracias a la siesta y agradecida por la cura, abrazó a Catalina y proclamó que tenía el «don».
A partir de ese día, Teresa volvió a menudo a visitarse, y trajo a otras personas con ella, como a su hija mayor, que sufría menstruaciones dolorosas.
Para tratarla, Catalina usó manzanilla y jengibre.
Para los dolores y espasmos musculares no había nada como la ruda y la lavanda.
Para prevenir que los resfriados bajaran al pecho, empleaba una tintura de orégano y miel.
Cuantas más combinaciones probaba, más fuerte y segura se sentía.
Su jardín florecía al mismo tiempo que ella, que sentía como si el nubarrón que la seguía a todas partes estuviera escampando al fin.
Mientras Ramón trabajaba lejos de casa durante la cosecha de la caña de azúcar entre junio y diciembre, Catalina se fue ganando la fama de ser la curandera del pueblo.
Curaba dolores —especialmente los de estómago—, y era capaz de ayudar incluso a los aquejados de mal de ojo.
Para las insolaciones, colocaba un vaso boca abajo sobre la cabeza febril; tenía una oración especial que hacía desaparecer los sarpullidos, y a los que sufrían de insomnio y pesadillas les daba un vaso de agua bendecida por ella para ponerlo debajo de la cama.
La oración que utilizaba para combatir el mal de ojo era secreta y nunca la pronunció ante nadie.
Esas curas, sin embargo, casi siempre la hacían llorar, y acababa hecha un mar de lágrimas.
Era como si absorbiera todos los males que aquejaban a los que habían sufrido una maldición.
El llanto la dejaba agotada y asustaba a Carmen, que se abrazaba a su madre como si quisiera hacerla volver a su antigua versión a pura fuerza de voluntad.
Aunque la Catalina de antes apenas sonreía, se desvivía por su hija, que le devolvía su amor con todo su corazón.
En esos momentos, solo las lágrimas de Carmen rescataban a Catalina de las suyas.
Aunque Catalina se negaba a cobrar, casi todo el mundo insistía en pagarle algo en la medida de sus posibilidades.
Uno le traía una gallina, otro un lechón, otro un saco de arroz o un quintal de frijoles de sus campos...
En una ocasión, un vecino le regaló una mula de color chocolate que Carmen reclamó enseguida y a la que llamó Nieve por el color blanco de sus patas.
A veces, Catalina se preguntaba qué dirían su madre y sus hermanas si pudieran verla ahora.
Estaba segura de que su madre se llevaría un gran disgusto si se enterara de las condiciones tan duras en las que vivía, pero al mismo tiempo se habría alegrado de que hubiera encontrado su vocación.
Cuando se agachaba para realizar tareas que su madre y su abuela habrían considerado un «trabajo de hombres», a Catalina se le escapaba una sonrisa.
Estaba convencida de que esto no era lo que su padre tenía en la cabeza al asegurarle que tendría una vida mejor en Cuba.
Siempre había cosas que hacer y nunca faltaban molestias y dificultades a las que enfrentarse: mosquitos, lluvia, barro, calor insoportable, repentinas tormentas eléctricas y lluvias torrenciales cada verano.
Por las mañanas, antes de que el sol asomara sobre las colinas que rodeaban la casa, daba de comer a las gallinas moviendo el brazo de lado a lado, como formando un arco, para esparcir los granos de maíz y las migas de pan en el patio, frente a la puerta de la cocina.
Luego le daba la vuelta a un cubo y se sentaba en él para ordeñar a la vaca y poder llevarle leche recién ordeñada a su hija a la cama, y entonces volvía a salir para alimentar a los cerdos con las sobras de la cena y conducía a las vacas y a las cabras hacia una zona donde la hierba estuviera más fresca, tirando de las cuerdas que llevaban atadas al cuello.
Después de desayunar, empezaba a preparar la comida del día.
Ella misma se encargaba de arrancar las patatas o los boniatos de la tierra, y de matar a alguna gallina o incluso a una cabra de vez en cuando.
Antes de comer, arrancaba malas hierbas del jardín junto a Carmen, cuyas manitas eran ideales para sacar los brotes más pequeños.
La pequeña trabajaba con delicadeza y orgullo, al igual que lo había hecho su madre cuando era una niña encargada de cuidar y alimentar a los gusanos de seda.
Las tardes las dedicaba a los que acudían a verla en busca de ayuda, que cada vez eran más a medida que se extendía la fama de sus manos milagrosas y su talento con las hierbas.
Si no tenía visitas, cosía o bordaba mientras contemplaba a Carmen, que jugaba en el jardín o cazaba mariposas con un bote de cristal.
Solo se permitía un rato de descanso después de cenar y de haber recogido la cocina.
En esos momentos, se sentaba a la luz del farol y le contaba cuentos a Carmen, acurrucada en su regazo.
Cuanto más fantasiosas eran las historias, más le gustaban.
Su vida era dura, pero agradecía las dificultades como castigos.
Gracias al dolor de espalda, le parecía que le dolía menos el corazón.
Tenía las piernas hinchadas, llenas de marcas de picaduras y de arañazos de los animales o de la afilada valla del potrero donde guardaban el ganado.
Sus manos, llenas de callos, se habían vuelto más fuertes gracias al duro trabajo de la granja.
Todo lo agradecía como si fuera una bendición.
Su cuerpo, que aumentaba de volumen día tras día, era capaz de todo. Se sentía fuerte y poderosa.
Porque en su vida había algo más: un secreto que había empezado a iluminar sus días como el suave brillo de una vela en la oscuridad. Quería conservar ese brillo y esa calidez para ella sola antes de compartirlo con Ramón.
Lo único que pedía era que, en esta nueva vida que había creado junto a Ramón, nada ni nadie le arrebatara a Carmen.