La memoria de las olas MARA #3
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MARA #3

Durante el camino de vuelta a la casa, dejé que Julián se adelantara.

Quería quedarme a solas para volver a llamar a mi madre.

En esta ocasión respondió al primer timbrazo e hizo lo que hacía siempre: tratar de hacerme sentir culpable por no llamarla todos los días.

Esta vez no se lo permití. Tomé la iniciativa en la conversación y le conté lo que había descubierto sobre el Valbanera , la reunión con los primos y el paseo por el bosque de moreras.

Al terminar, mi madre guardó silencio durante unos instantes.

—Di algo —le ordené, porque empezaba a preocuparme. No era normal en ella no tener una respuesta preparada para cualquier cosa.

—Estoy en shock, la verdad sea dicha —murmuró.

Aunque siempre había sabido que su abuela había llegado a Cuba en un barco, nunca había conocido los detalles, y nunca se le había ocurrido preguntar.

—En aquella época, la gente no hacía preguntas sobre el pasado —dijo mi madre—. Siempre había demasiadas cosas que hacer y los recuerdos no servían para nada; al contrario, eran una molestia.

En cualquier caso, el hecho de que su abuela pudiera haber sobrevivido a un naufragio y que pudiera haber estado casada con otro hombre antes de zarpar hacia Cuba era inaceptable para ella.

En su mundo, la gente llevaba vidas tranquilas y ordenadas.

No se reinventaban ni cortaban los lazos con sus familias por el simple hecho de cambiar de país.

Recordé el momento en que llegamos a Estados Unidos sin nada, ni siquiera un certificado de nacimiento o cualquier otro documento oficial, y los agentes de inmigración nos preguntaron cómo nos llamábamos.

Antes de que pudiéramos responder, un hombre que hablaba español fluido nos dijo que no teníamos por qué dar nuestro nombre auténtico, que podíamos elegir cualquier otro.

—Van a empezar una nueva vida y aquí pueden ser quienes quieran ser —declaró.

Mi padre lo miró primero a él y luego a nosotros. Al volverse de nuevo hacia el agente, le dio nuestros nombres completos, y se los deletreó para que no hubiera confusiones.

—Nos quedamos con nuestros nombres —dijo—. Es lo único que nos queda: los nombres y los recuerdos.

Al parecer, Catalina no pensaba como él. Aunque conservó el nombre, se olvidó de su vida anterior, o al menos de su familia, y decidió cambiarle el apellido a su hija.

—Me cuesta creer que la persona que aparece en ese certificado de nacimiento sea la misma, porque me consta que mi madre nació en Cuba —insistió Mima—.

Solo hay una Carmen Fernández Quintana y esa es mi madre, nacida en Sabanilla, en la antigua provincia de Las Villas, en la misma casa y la misma cama donde nací yo.

De hecho, siguió diciendo mi madre, le habían contado la historia del parto de mi abuela Carmen muchas veces: que estuvo a punto de morir, que la rapidez de reflejos de la comadrona le salvó la vida, que sacrificaron a la gallina favorita de Catalina para preparar un caldo.

Mi madre se negaba a creer que esa historia fuera falsa.

—Recuerdo el certificado de nacimiento de mi madre; estaba en casa, pero allí se quedó, con todo lo demás. No sé, la verdad, no lo entiendo.

Finalmente, se detuvo y respiró hondo. Seguía sonando insegura.

Yo mantuve el móvil pegado a la oreja. Me dolían los dedos, pero me resistía a colgar.

Sentía que estaba batallando con sus recuerdos, que se estaba preguntando por su identidad y la de su madre.

Me dio un poco de pena y se me despertó el instinto protector.

La llamada no estaba saliendo como esperaba.

Lo que quería era alegrarla con la noticia de la gran familia que había encontrado, pero lo único que había conseguido era convertir ese final feliz en una inquietante historia de identidades confusas.

Y entonces me acordé de la historia de amor. Esperando que le resultara bonita, le hablé de Juan Cruz y de su amor por Catalina.

—¡Ese es el nombre que aparecía en el sobre! —me interrumpió mi madre.

—¿Qué sobre? —pregunté. No entendía nada.

—¿Te acuerdas que te dije que había encontrado una carta?

—Sí, claro. La carta en la que se hablaba de las moreras.

—Iba dirigida a mi abuelo Ramón y a un tal Juan Cruz. Lo recuerdo porque era un nombre que no había oído nunca antes.

—¿En serio? ¿Y por qué iba tu abuela a tener una carta dirigida a Juan Cruz en Cuba si él vivía en La Palma?

—¿No me has dicho que la siguió a Cuba? —me recordó mi madre, siempre sensata.

—Es verdad.

Estaba cada vez más confundida.

Cuando entré en la casa, Julián había empezado ya a cerrar los postigos de las ventanas y lo ayudé a terminar.

El sol se estaba ocultando tras la inmensa peña que se alzaba en el campo de moreras.

Los bordes de la roca parecían brillar a la luz del crepúsculo y las hojas de los árboles se ondulaban como las olas del mar bajo la luz dorada.

Cerré el postigo y lo aseguré con una barra metálica, a la antigua usanza.

Al volverme hacia Julián, solté lo primero que me pasó por la cabeza.

—He tomado una decisión. La historia de Catalina ya no está en esta casa. Está en Cuba, y allí es donde debo seguir buscando.