La memoria de las olas MARA #2
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MARA #2

Al final del pasillo había docenas de marcas en la pared, que me recordaban a las que hacía yo para señalar el crecimiento de mi hijo en cada uno de sus cumpleaños.

Sin darme oportunidad de preguntar, Julián me explicó que las señales correspondían a cada uno de los nietos y bisnietos.

Lucía había tomado medidas de cada uno de ellos, veinte en total, aunque las anotaciones que había junto a las marcas se habían borrado con el tiempo y ahora nadie sabía a quién pertenecía cada una.

Habían pintado la casa varias veces desde entonces, pero Julián era demasiado sentimental para borrar las marcas, y ahí seguían.

Le pedí que se colocara ante ellas y le hice una foto, pero había poca luz y quedó oscura.

Al regresar a la planta baja, acabé de visitar las partes que me había saltado antes.

Una estancia pequeña, con cómodos sillones colocados a ambos lados de una chimenea, conducía a una habitación más grande: el comedor, situado junto a la cocina.

Había otro saloncito, que Julián llamaba el cuarto de la costura, porque así era como lo denominaba Lucía.

En un rincón encontré un curioso cachivache de madera que parecía un telar manual de los que se usaban para tejer.

Julián me lo confirmó. La abuela Lucía le había contado que, en otro tiempo, su familia se había dedicado a la crianza de gusanos de seda, que guardaban en una cabaña, detrás de la casa, hasta que un incendio y los cambios en la economía de las islas pusieron fin a su lucrativo negocio.

—¿Gusanos? —Se me escapó la risa.

—¿Qué te hace tanta gracia?

No me vi capaz de explicarle el significado que tenía esa palabra en mi vida. Acaricié la madera gastada del telar y traté de imaginarme a mi bisabuela y a su madre en esta habitación, pasando las noches junto a un fuego mientras tejían seda.

—Nada —respondí mientras me acercaba a examinar los libros y las fotografías familiares que había en la estantería. Sentí que podría pasarme allí horas y horas descifrando caras, historias, estableciendo conexiones y tratando de entender a esta gran familia que acababa de heredar.

Los muebles del salón no eran tan antiguos como me habría gustado.

Parecían de mediados del siglo XX . Julián hizo que me fijara en una mesa de centro.

Me contó que era francesa, pero que había llegado de Cuba, regalo de un familiar.

Yo no tenía tan claro que la mesa fuera francesa, pero tampoco era experta en mobiliario.

Lo importante era el valor que le daba la familia.

Era evidente que la cuidaban como un tesoro, porque llevaba más de un siglo ocupando el mismo sitio.

Luego me mostró otro mueble que ya me había llamado la atención y que parecía una radio antigua encima de una caja cerrada, aunque en vez de botones para los diales tenía una especie de prismáticos.

—¿Qué es esto?

Cuando me incliné para echar un vistazo, me sorprendió ver una imagen de tres niñas con vestiditos idénticos de colores claros y faldas plisadas.

Unas amplias cintas de seda les mantenían las cabelleras rizadas apartadas de la cara.

Las tres estaban en la misma postura, con las piernas cruzadas, y se abrazaban por la cintura mientras miraban a la cámara con expresión franca y las barbillas alzadas en un gesto desafiante.

—Son Catalina, Simona y Lucía —comentó Julián.

En esa foto, que Julián dijo que la abuela Lucía siempre había guardado allí porque era su favorita, las niñas debían de tener seis, cinco y tres años.

Julián dijo que la caja de fotos también procedía de Francia.

El marido de Lucía se la había regalado con motivo de un aniversario de boda.

Las fotos se conservaban dentro de un cristal enmarcado en madera.

Era imposible recuperar la foto sin dañarla, por lo que podría considerarse que era el único álbum de fotos de la familia, y como tal era venerado.

Al conservarse con ese sistema, las fotos podían durar una eternidad.

En cierto modo, era una versión primitiva de la nube.

Me sentía abrumada y emocionada, y me debatía entre el deseo de sacarle fotos a todo lo que veía y la necesidad de vivir el momento.

Era consciente de que se trataba de una experiencia especial y mágica, y de que la historia se estaba revelando ante mí de un modo en que ni un libro ni un periódico podrían mostrar jamás.

—Quiero enseñarte otra cosa —dijo Julián—. Creo que te va a interesar.

Me tomó de la mano y me guio a través del comedor y la cocina hasta el huerto de moreras. No protesté porque no lo sentí como un gesto sexual ni intrusivo, sino como una muestra de afecto por parte de un amigo.

Recorrimos el terreno rocoso y cubierto de malas hierbas y me llevó hasta la imponente roca que antes me había llamado la atención.

Al llegar, me soltó la mano y empezó a examinar la roca como lo haría un arqueólogo, acariciando los contornos del antiguo monolito como si buscara un botón o una palanca que diera acceso a un pasadizo secreto.

—¿Qué buscas?

—Ya lo verás —respondió—. Es una historia de amor.

Oh, no necesitó más para captar mi atención. Julián era un hombre muy inteligente.

—Aquí está, lo encontré. ¡Mira!

Señaló unas marcas en la roca, apenas visibles. Distinguí una «C», pero Julián insistió en que la «C» no estaba sola; que había una «J» antes, pero que, al estar tan pegada, parecía el reflejo de la «C». Tras su explicación, lo vi: «JC».

—¿Qué significa?

—¿Recuerdas que te hablé de un chico que estaba muy enamorado de Catalina? La abuela Lucía nos contó que él grabó las iniciales de los dos nombres, aunque también podrían ser solo las suyas, como un regalo para Catalina.

—¿Cómo se llamaba? Se me ha olvidado.

—Juan. Juan Cruz Cruz —respondió Julián sin poder contener la risa—. Sin duda el nombre más común de las islas.

Era cierto. Había oído ese apellido unas cuantas veces desde que llegué a Tenerife unas semanas atrás. Algunas personas, como ese tal Juan, llevaban el mismo apellido por ambas ramas de la familia: Cruz Cruz. Era casi tan confuso como los nombres de las islas y sus capitales.

—¿Y ella? ¿Lo quería?

—No lo sé —respondió Julián unos segundos después, con la cabeza ladeada—. Creo que nunca se lo pregunté a la abuela Lucía. Solo sabíamos que él estaba enamorado de Catalina.

—¿Y qué fue de él?

Como ya me había contado, Juan había desaparecido más o menos al mismo tiempo que Catalina. Unos años después de la tragedia del Valbanera , su hermana viajó a Cuba para buscarlo y nadie había vuelto a saber nada más de ella.

—¿No vivirían los Cruz por casualidad en la casita que se veía desde la carretera? —le pregunté, aunque, por alguna razón que no sabía explicar, ya conocía la respuesta a esa pregunta.

—¡Sí! —exclamó él—. Me sorprende que te hayas dado cuenta.

La mayoría de la gente ni se fija. Ahora solo la usan los granjeros para escapar del sol cuando trabajan estos campos.

La familia de Juan era muy pobre. Su padre los abandonó, y el hijo mayor y la madre murieron en la epidemia de gripe de 1918.

—¿En serio?

—Bueno, al menos eso fue lo que nos contó la abuela Lucía. ¿Quién sabe? Ha pasado tanto tiempo.

—¿Cómo se llamaba la hermana? —Algo me impulsaba a preguntárselo, aunque ni siquiera sabía por qué.

—¿Qué hermana?

—La que se fue a Cuba en busca de Juan.

—Oh, creo que se llamaba Ana, no estoy seguro.