La memoria de las olas MARA
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MARA

M ARA

Julián se adelantó y estaba ya abriendo la puerta con una de las llaves de su llavero. Ese sencillo gesto me provocó envidia. No se daba cuenta de lo afortunado que era por poder llevar en el bolsillo la llave de la casa de sus ancestros.

Cuando nos marchamos de nuestra casa en La Habana, mi padre se llevó la llave, que se perdió en el mar.

Aún puedo sentir su peso exacto en la mano, la suavidad del cordel de cuero del que colgaba, su color cobrizo algo desteñido y los bordes un poco gastados, que encajaban a la perfección en la cerradura.

Desde entonces he tenido muchas llaves, tanto de viviendas en propiedad como alquiladas, pero ninguna igual que aquella, que no necesitaba un empujoncito especial para que funcionara, que no era temperamental ni caprichosa, que se limitaba a hacer el trabajo para el que fue creada y lo hacía de manera eficiente, día tras día, año tras año.

Algunas noches en las que me despierto preguntándome dónde está mi lugar en el mundo, pienso en esa llave.

Tras diecisiete traslados en cuarenta años de exilio, ¿dónde estaba mi hogar?

Julián me esperaba junto a la puerta, aunque tuvo el tacto de no apurarme. La casa era vieja, pero, sin duda alguna, un siglo atrás debió de haber sido una buena casa. De hecho, aún lo era.

Los muros eran gruesos, de piedra. La puerta era una tabla de madera oscura que empezaba a pudrirse por la parte inferior, pero que alguien había pintado del color favorito de mi madre: azul celeste.

A ambos lados de la puerta, dos ventanas montaban guardia como dos centinelas.

Mientras yo contemplaba la casa por fuera, Julián abrió una de las ventanas y las cortinas de lino blanco se agitaron con la brisa.

La oscuridad del interior me atrajo de inmediato.

Imaginé que sería fresco y tranquilo, como solía ser la casa donde creció mi madre, incluso durante los días más calurosos de mis veranos en Cuba.

Frente a la entrada había un jardín de flores silvestres, donde palomas blancas y negras se fueron agrupando, expectantes.

Julián les estaba lanzando migas de pan desde la ventana.

Empecé a pasear alrededor de la casa, porque todavía no me atrevía a entrar.

Encontré un lavadero de piedra pulida bajo un mirto, y una cuerda para tender la ropa que iba desde el árbol a un poste.

Una fuente seca que parecía haber servido para regar el jardín antes de que se instalaran tuberías modernas estaba cerca de la cocina, al lado de la puerta de un corral donde, sin duda, habían criado animales.

Un murete bajo de piedras desiguales rodeaba el perímetro de la finca, y en un rincón se amontonaban cinco cruces antiguas, casi tapadas por los arbustos.

Me agaché para enderezar una que se había caído. ¿Sería un cementerio de mascotas?

El lugar era muy tranquilo. Los pocos ruidos que se oían llegaban desde el interior de la casa, donde Julián iba de un lado a otro abriendo ventanas y, al parecer, moviendo algunos muebles.

Detrás de la casa, se extendían varias hileras de exuberantes árboles que llegaban hasta una gran roca, y allí la vista quedaba cortada en seco.

Era imposible ver nada al otro lado de esa gigantesca roca.

Solo podías mirar hacia arriba. Imaginé que contemplar las estrellas desde un lugar como ese, sin polución ni vecinos cerca, debía de ser un espectáculo, aunque creí haber visto una casita no muy lejos de la carretera, poco antes de llegar aquí.

Parecía muy vieja y sin duda estaba abandonada.

Un poco más lejos, hacia la izquierda, se distinguía un bosque de pinos.

No había visto unos pinos tan formidables en toda mi vida.

Julián había abierto la puerta trasera. Me recibió ese olor a moho tan típico de los hogares deshabitados, aunque quedó mitigado enseguida por el aroma del café que Julián había puesto a hacer en una cocina de aspecto antiguo pero elegante, que se alzaba sola, sin estar empotrada en los armarios, sobre patas curvadas.

La cocina era el único electrodoméstico antiguo de esa estancia, donde también se había conservado el suelo original, pero el resto había sido renovado en tiempos recientes.

Había una nevera reluciente y un microondas encastrado.

Los armarios y la encimera eran de madera maciza y clara, y las paredes estaban decoradas con toques de verde de distintas tonalidades, como las hojas de los árboles que se veían desde la ventana.

Se notaba que aquí cocinaba alguien que se tomaba el arte culinario con mucho respeto.

Julián parecía ensimismado, como siempre.

—¿En qué piensas? —me preguntó sin levantar la vista.

—Es curioso. Estaba a punto de preguntarte lo mismo.

Él me dirigió una sonrisa discreta.

—Pensaba en que todo es muy extraño —admitió—. Todavía me cuesta creer que Catalina no se hundiera con el barco. No tiene sentido. Has visto la fotografía; sabemos que embarcó.

Me limité a asentir, porque no sabía qué decir.

En mi interior se estaba llevando a cabo una lucha de emociones.

Por un lado, deseaba desentrañar la historia real de mi bisabuela, pero por otro me despertaba un fuerte instinto de protección.

Si tenía un secreto, ¿quién era yo para sacarlo a la luz?

Aun así, ¿qué me lo impedía en realidad?

Había pasado mucho tiempo. ¿A quién iba a perjudicar la revelación de ese secreto?

Al fin y al cabo, mi madre, mi hijo y yo éramos sus únicos descendientes.

Las otras ramas de la familia sabían de dónde y de quién provenían.

Mi madre y yo ya habíamos vivido el exilio una vez; sabíamos lo que era dejar atrás un país, una familia y un hogar.

Ahora, al parecer, volvíamos a ser exiliados a causa de los secretos.

Quizá si lograba desentrañar al menos una parte de esta historia encontraríamos algo de lo que habíamos perdido por el camino.

Pero a Julián no le mencioné nada de eso. Lo que hice fue señalar la cocina:

—No me puedo creer que ese viejo trasto todavía funcione.

—La cuido bien —dijo pasando una bayeta sobre la impoluta superficie negra, para eliminar una manchita de café—. Aprendí a cocinar aquí, junto a la abuela Lucía.

Julián me sirvió el café en una taza blanca de Ikea que, curiosamente, encajaba bien en ese entorno.

Siguió hablando y me contó que sus hermanos y él solían pasar los veranos ahí con la abuela Lucía, que vivió en la casa hasta su muerte.

Sus palabras me desconcertaron un poco. Había imaginado que la casa llevaba un siglo vacía, como si la partida de Catalina le hubiera arrebatado el alma. Pero ¿por qué iba a ser así?

—Hasta su último aliento, mi abuela mantuvo la esperanza de que Catalina regresara —dijo Julián—. Siempre insistía en dejar la luz de fuera encendida, para que encontrara el camino.

Al no haber cadáver ni entierro, nunca creyó que su hermana estuviera muerta.

—Y ahora sabemos que tenía razón. —Julián me miró a los ojos.

—Porque estoy aquí —dije, y él asintió.

Me pareció muy cruel que Lucía no hubiera podido hacer realidad su deseo de ver a su hermana con vida.

Si mi madre no hubiese tardado tanto en pedir el certificado de nacimiento, habría llegado a conocerla.

Y, aunque yo no era Catalina, al menos habría podido conocer a sus descendientes.

Cuando el silencio se alargó y cubrió la cocina como si fuera un manto, Julián se levantó para servir más café.

—¿Qué son esos árboles que hay detrás de la casa? —pregunté mientras él volvía a llenarme la taza.

—Son moreras. Solían criar...

—Las moreras han rebrotado —lo interrumpí.

—¿Qué?

—Nada, nada. —Busqué el móvil y lo saqué del bolsillo—. Tengo que hacer una llamada.

Salí a llamar a mi madre, pero no hubo manera. Se niega a activar el servicio de llamada en espera en el teléfono fijo y nunca responde al móvil. Frustrada, volví a entrar, pero la cocina estaba vacía.

—¡Julián! —exclamé genuinamente alterada, porque por un instante tuve la sensación de haberlo soñado todo.

—¡Aquí arriba! —gritó desde un punto indeterminado por encima de mi cabeza.

Seguí su voz hasta el piso superior. Los escalones de madera oscura crujían a mi paso, y tuve que agacharme para no darme un golpe en la cabeza. Estaba claro que un siglo atrás la gente era más bajita.

—¿De cuándo es esta casa?

—No hemos encontrado ningún registro —respondió Julián al salir de una habitación—, pero quizá sea de 1888, que fue cuando Inés María y José Ángel se casaron.

Eran los padres de las tres hermanas. Mira, ahí hay fotos.

—Señaló las fotografías que colgaban de las paredes del pasillo que llevaba a los tres dormitorios.

Había una foto de boda, amarillenta pero en perfecto estado, de Inés María y José Ángel, otra de las tres niñas juntas, y una tercera de Catalina y Antonio el día de su boda.

Las habitaciones estaban sin amueblar, excepto por las camas.

En dos de ellas había camas individuales, de hierro, y en la más grande una cama de matrimonio con un cabezal de madera tallada.

La cama estaba hecha y se veía muy pulcra, con las sábanas blancas, la almohada y un cobertor también blanco.

—A veces me quedo aquí —comentó Julián—. Solo —añadió para dejar las cosas claras.