CATALINA #2
Catalina levantó la vista, desesperada. En su cara flácida y pálida destacaban los ojos oscuros y enfebrecidos.
Pepa no perdió el tiempo. Murmurando una oración en un idioma que Catalina no entendió, cortó el cordón con un cuchillo que llevaba en el bolsillo del delantal, le indicó a Catalina que se apartara, cogió al bebé, lo puso boca abajo y le dio una palmada en la espalda.
El bebé tosió antes de echarse a llorar.
A Catalina le pareció que ese llanto desgarrador era el sonido más dulce que había oído nunca.
—¡Oh! ¡Gracias a Dios, las vírgenes y los santos! ¡Gracias, gracias, gracias!
Sin dejar de llorar, Catalina tomó en sus brazos al bebé que Pepa le ofrecía como si fuera un premio.
Era una niña, pequeña y con la piel de alabastro, como la de Catalina, y el pelo negro como el azabache, rizado en las puntas.
Cerraba los ojos con fuerza, igual que los puños, que parecían higos maduros.
Catalina abrazó a su bebé desnudo y envuelto en una vieja toalla azul y lo mantuvo pegado a su pecho.
Le olfateó el pelo e inspiró su olor, húmedo y cobrizo por la sangre, pero en él detectó algo más, un olor salobre y tormentoso como el mar.
Cerró los ojos y pensó en su Carmen. Esta vez no hizo ninguna promesa y se limitó a abrazarla.
—Cuídala bien —dijo Pepa—, esta niña es un regalo de los santos.
La única palabra que Catalina distinguió fue «regalo».
Sí, lo sabía, su preciosa hija era un regalo.
Cuando Pepa se dirigió a la cocina a preparar caldo de gallina para la parturienta, como mandaba la costumbre, Ramón entró en la habitación.
Catalina le dirigió una mirada tan cargada de alivio y gratitud que él se inclinó y le dio un beso en la boca, profundo y hambriento, por primera vez en sus vidas.
Ella sintió que el centro de su cuerpo se abría a él como una flor en una mañana de primavera.
Al verse aceptado, Ramón se tensó de deseo, pero, en vez de abrazarla después del beso, alargó las manos hacia el bebé, que seguía arropado en brazos de su madre.
Con delicadeza, se inclinó sobre la cabecita y le susurró al diminuto oído las palabras que su madre no había querido volver a pronunciar: «Siempre te querré y te protegeré».
La pequeña dormía y su pecho subía y bajaba deprisa con cada bocanada de aire, como si quisiera compensar el que se le había negado tras el corto pero difícil parto, mientras que Catalina estaba bien despierta y lo oyó todo.
Sintió que el pecho se le expandía de amor y, tras apoyarle la cabeza en el hombro, susurró:
—Gracias, Ramón.
Como respuesta, él volvió a besarla, pero esta vez con suavidad, en la mejilla. Fue lo más cerca que estuvieron de una mutua declaración de amor, pero nunca necesitaron nada más.
Catalina decidió bautizar a su hija con el nombre de Carmen C.
Fernández Quintana. Carmen, en honor a su hija fallecida.
La inicial «C» sería siempre un secreto.
A todos los que le preguntaban, les decía que era por su devoción a la Virgen de la Candelaria, pero en realidad significaba Cruz, el apellido que hubiera llevado si su padre no hubiera perdido la vida.
El apellido Fernández nunca necesitó explicarlo, porque era obvio.
A ojos de la ley y de todos sus conocidos, Carmen fue siempre la hija de Ramón, quien mantuvo su palabra hasta que no quedó nadie a quien amar o proteger.
Un día, cuando Carmen tenía ya tres años, Ramón volvió a casa con una carta.
Más o menos una vez al mes regresaba al pueblo donde había vivido con su tía para recoger el correo y enterarse de las últimas novedades, tanto de casa como de Cuba.
Viviendo tan apartados de todo, les costaba mantenerse al día de lo que sucedía en la isla, más allá de las fluctuaciones del precio del azúcar y de los fenómenos atmosféricos, los únicos temas que les afectaban.
La carta iba dirigida a Juan Cruz y a Ramón Fernández, y la habían enviado a la dirección de la casita amarilla.
La oficina de correos se la había guardado, igual que le guardaba el resto de las cartas que recibía.
El nombre del remitente le resultó familiar, pero no estaba seguro de quién se trataba, por lo que decidió no abrirla hasta llegar a casa.
La carta era de Ana, la hermana de Juan y amiga de la infancia que Catalina recordaba como una persona leal y cariñosa, que siempre apoyó a su hermano en todo, incluso en su amor clandestino.
Abrió el sobre con las manos temblorosas.
Era la primera comunicación que le llegaba desde La Palma, aunque no fuera dirigida a ella.
5 de agosto de 1923
Querido hermano:
A pesar de que nunca has respondido a las numerosas cartas que te he escrito, sigo convencida de que el problema es que no llegan adonde tú estás. Sé que estás vivo; mi corazón me dice que sigues con vida.
A lo largo de estos años, algunas personas malintencionadas han tratado de convencerme de que estás muerto, pero creo que, si lo estuvieras, lo sabría.
Me dijiste que ibas a seguir a Catalina en el Valbanera , y sé bien que ese barco se hundió, mi hermano querido.
Sé lo mucho que debes de haber sufrido al enterarte de su muerte.
Por aquí, su familia sigue llorándola, a ella, a su hija y a su marido.
He leído la lista de los fallecidos en el naufragio y tu nombre no aparece entre ellos.
Mantengo la esperanza de que sigues con vida y que, por alguna razón, no puedes o no quieres ponerte en contacto conmigo.
Lo que no entiendo es por qué. Sé que hay otros que no saben escribir, pero tú sí sabes.
¿Te avergüenzas de algo? ¿Tienes miedo? No hace falta que me respondas; solo quiero que sepas que sigues contando con la lealtad de tu hermana.
Te escribo para contarte que tengo un plan. He ahorrado para el pasaje y voy a ir a Cuba a buscarte. Te encontraré.
Te mando todo mi amor, como siempre.
Tu hermana que nunca te olvida
Ana
P. D. Ojalá Catalina y tú pudierais ver la granja de su familia. Está tan bonita como antes o tal vez más. Las moreras han rebrotado.
Catalina se llevó la carta de Ana al pecho y se tambaleó un poco cuando su corazón se desbocó.
Oyó que Ramón le preguntaba qué decía la carta, pero no pudo responderle.
Sentía el corazón como un pájaro atrapado que batía las alas para escapar de la jaula, y temía que saliera volando en cuanto abriera la boca.
Ramón la había visto sufrir episodios como ese en el pasado, por lo que se dirigió a la cocina en busca de un vaso de agua.
La acompañó a una silla para que se sentara y la abanicó con su sombrero.
Después, le cogió la carta de las manos y la leyó.
Su contenido no era nuevo para él, pero sí para ella, que acababa de descubrir que la habían dado por muerta, mientras que Juan podría estar vivo.
Y si ese era el caso, ¿seguiría su hija también con vida?
Fue en ese momento cuando Catalina descubrió que la esperanza podía ser mucho más cruel y despiadada que el dolor.