CATALINA
C ATALINA
Tras tres horas de viaje, Ramón tiró de las riendas de la yegua en una parcela de terreno que le pareció perfecta.
Quedaba lejos del mar, tal como le había pedido Catalina, lo que también la apartaba de las carreteras, trenes, tiendas y de la gente en general, pero estaba lo bastante cerca de doña Emilia para poder visitarla.
Al principio, a Catalina le pareció que el silencio era absoluto, pero pronto se dio cuenta de lo equivocada que estaba.
Oyó el zumbido de los mosquitos, el mugido de las vacas, algún trueno en la lejanía, gallos cantando, cascos de caballo acercándose por un terraplén y el inconfundible ruido de alguien que cortaba leña a machete resonando en el valle.
El caserío en que se encontraban se llamaba Sabanilla, pero nunca se molestó en averiguar el origen del nombre.
Para ella, aquello no era un pueblo, sino un montón de casas desperdigadas que no se veían las unas a las otras en esa tierra de extensas llanuras sin accidentes geográficos que marcaran algún tipo de frontera visible.
Ramón negoció la cesión de una cabaña a cambio de trabajo.
Catalina nunca había trabajado tan duro como lo hizo durante esos meses.
Siempre se había considerado una persona trabajadora, pero aquello era distinto.
Desde que se levantaban hasta que apoyaban la cabeza en la almohada por las noches, Ramón y ella luchaban contra los elementos para sobrevivir.
Su nueva casa era un típico bohío de madera con techo de hojas de palma.
Cuando llovía, el agua se colaba por todas partes.
Para no vivir entre barro, tenían cubos bajo cada gotera.
Por las noches, cuando terminaba de cocinar, extendían las cenizas de la cocina en el suelo para tratar de mantenerlo seco.
Era una labor ingrata, ya que daba igual cuánto limpiara Catalina, la casa siempre estaba sucia, igual que ellos.
La suciedad se aferraba a su ropa y a su pelo y se les colaba bajo las uñas.
A veces, Catalina incluso notaba que se le metía en la boca y formaba una película de arenilla sobre sus dientes.
No disponían de agua corriente, electricidad ni baño, hasta que Ramón construyó una letrina a unos metros de la casa.
Esa noche lo celebraron con una cena especial, y ella preparó ropa vieja, un plato canario a base de carne y patatas que se había convertido ya en parte de la dieta habitual cubana.
Catalina llegó a encariñarse de su bohío y de todo lo que lo rodeaba: la rareza de lo desconocido, los sonidos, el modo en que la luz parecía filtrarse por todas las rendijas a menos que cerraran bien los postigos de las ventanas, y el persistente olor de los mangos maduros durante los veranos.
Pero le llevó tiempo y nunca acabó de sentirse en casa.
Al poco tiempo, Ramón fue a visitar a su tía y se encontró la casita amarilla cerrada a cal y canto.
Preocupado, se dirigió a la iglesia, donde el párroco le dio la triste noticia de que doña Emilia había muerto mientras dormía.
El sacerdote, sorprendido al no haberla visto en misa un domingo, fue a comprobar si se encontraba bien y la halló en la cama, vestida y con las manos cruzadas sobre el pecho, como si hubiera estado esperando a la muerte.
Cuando Ramón se enteró, ya había sido enterrada.
Catalina rezó por ella, pero no sintió la necesidad de ir a presentarle sus respetos al cementerio.
Todo lo que doña Emilia había significado para ella durante el breve tiempo que convivieron lo llevaba en el corazón, y no tenía el menor deseo de compartirlo con nadie.
Nunca fue a visitarla desde que se marchó de su casa.
De hecho, no había salido de Sabanilla desde que llegó, por miedo a que algún emigrante recién llegado de La Palma la reconociera.
Tras una breve pausa justo después de la tragedia del Valbanera , los barcos habían seguido llegando a Cuba, cargados de emigrantes ansiosos por encontrar trabajo en las florecientes industrias del azúcar y el tabaco.
Entre 1919 y 1920 la cosecha había sido la más provechosa hasta ese momento, porque el precio del azúcar alcanzó su máximo.
Y allí donde abundaba el trabajo y el dinero, los emigrantes acudían para hacerse con un trozo del botín.
Catalina temblaba solo de pensar que alguien de El Paso la reconociera como la hija perdida de los Quintana o, aún peor, como la viuda de Antonio López.
Sabía que su familia y todo el mundo la darían por muerta y enterrada en las pantanosas aguas de Florida junto a su esposo y su hija, y le pareció que lo mejor sería dejar las cosas como estaban.
No fue una decisión meditada; el tiempo fue pasando y se dio cuenta de que todo sería más fácil así.
Ramón heredó la casita amarilla de doña Emilia, pero no se planteó volver a vivir allí.
En vez de eso decidió venderla y, con el dinero que le dieron, compró el terreno que había arrendado.
El día en que firmó los papeles de su nueva propiedad, le regaló a Catalina un ramo de flores y la invitó a una copa.
Ella accedió. Sabía que Ramón quería hacerla feliz y ella, aunque no aspiraba a la felicidad, sí deseaba llevar una vida tranquila y productiva.
Pero su sufrimiento era tan atroz que casi todos los días llegaba a la noche exhausta.
A menudo contemplaba el vientre donde crecía su hija y se preguntaba cómo era posible que siguiera allí.
No dudaba de que se trataba de una niña, ya que solo una mujer podía aferrarse a la vida con esa tenacidad.
El 2 de junio de 1920, seis meses después de su llegada a Sabanilla, Catalina se encontraba sola en la improvisada cocina, echando leña al fuego para preparar el desayuno, cuando rompió aguas.
No la tomó del todo por sorpresa. La noche anterior había soñado que una paloma blanca salía de su vientre distendido y planeaba sobre ella antes de salir volando por la ventana.
Se despertó dolorida y tan segura de que el parto iba a ser inminente que mandó a Ramón a matar una gallina.
Él obedeció y le retorció el cuello a su mejor gallina, a una a la que llamaban Colorá por su plumaje brillante.
A lo largo de la madrugada, el bebé no había mostrado ninguna señal de querer abandonar el vientre de su madre... hasta ese momento.
A Catalina le lloraban los ojos por culpa del humo, como siempre que prendía fuego a la leña, y por unos instantes se quedó paralizada, medio ciega, notando la humedad entre las piernas, pero sin atreverse a agarrarse a ninguna parte por miedo a quemarse las manos.
Sabía que el dolor se volvería insoportable muy pronto; recordaba muy bien su primer parto, pero las cosas habían sido muy distintas entonces.
En aquella ocasión, poco más de un año atrás, su madre y sus hermanas estaban a su lado, en su casa y en su propia cama.
Además, la comadrona se había quedado a su lado desde la noche anterior.
Aquel parto había sido fácil... y sabía que este no lo sería.
Aun así, no tenía miedo. Había dejado de temer las cosas que se escapaban a su control.
Ramón no se encontraba en la casa, pero no podía estar muy lejos, de modo que se secó los ojos con el dobladillo del delantal y decidió que iría a buscarlo.
Justo en ese instante, la asaltó una oleada de dolor tan intensa que se le doblaron las rodillas y cayó sobre el suelo de tierra de la cocina. Sintió que el vientre se le desplazaba hacia abajo, provocándole una gran presión entre las piernas.
—No, no, no, no... —iba repitiendo como un mantra, entre gemidos. Apretó las piernas con fuerza y le rogó al bebé que aguantara un poco—. Ahora no, por favor. Aquí no...
Llamó a Ramón, pero no sirvió de nada; tal como imaginaba, él no podía oírla.
Catalina miró a su alrededor, horrorizada.
No podía traer a su bebé al mundo sobre un suelo de tierra.
Logró levantarse apoyando las manos en la pared y, entre contracción y contracción, salió al exterior.
Vio a Ramón, que estaba de espaldas a ella, ordeñando a la vaca negra a la que aún no habían puesto nombre.
Antes de que lo llamara, él se volvió, como si hubiera notado su presencia. Echó a correr hacia ella, haciendo que el cubo volcara y se derramara la leche por el suelo. La vaca, sobresaltada, apartó su corpachón de un brinco y se alejó caminando con parsimonia.
Sin palabras y blanco como la leche que acababa de derramar, Ramón cogió a Catalina en brazos y la llevó a la cama que compartían. Ella gemía mientras se mordía los labios para no gritar y apretaba las sábanas con fuerza.
—Voy a buscar a la comadrona... —murmuró Ramón.
—No hay tiempo —gritó Catalina entre contracciones—. Tráeme una toalla.
Él hizo lo que le pedía y colocó la toalla bajo su cuerpo mientras ella se retorcía de dolor.
—Voy de todas formas —insistió ya desde la puerta.
—Por favor, ¡no me dejes sola! —gritó Catalina, pero ya era tarde.
En medio de su agonía, oyó el ruido de los cascos de Panchita perforando la calma de la mañana mientras Ramón se alejaba al galope. Aunque estaba casi sin aliento, Catalina empezó a rezarle a la Virgen de la Candelaria.
Cuando Ramón regresó con Pepa, que era como todos llamaban a la comadrona, una niña yacía fría y ensangrentada entre las piernas de Catalina, que la miraba con los ojos velados por las lágrimas, la frente cubierta de sudor y las manos temblorosas.
El cordón morado, grueso como una cuerda y vibrante de vida, seguía conectando el vientre del bebé con el cuerpo de su madre.