MARA
M ARA
Al día siguiente fui a casa de Gladys y Claude para pagar la estancia y recuperar mi mochila.
No tenía sentido seguir albergándome allí cuando mi nueva familia me había acogido con los brazos abiertos y quería tenerme cerca.
Además, Julián me había tentado con mostrarme la casa donde habían nacido Catalina y sus hermanas...
y también mi abuela Carmen. O eso parecía.
Tras dejar mis cosas en el Bar Alegre, salí a la calle, donde Julián me esperaba junto al coche.
En el asiento de atrás había una cesta de pícnic, y una servilleta de cuadros azules cubría el cuello de la botella de vino que asomaba del canasto.
Aunque no hice ningún comentario, sin duda se dio cuenta de que estaba sorprendida y encantada.
—Por si acaso nos entra hambre... O sed —comentó con timidez, como un niño al que han pillado siendo amable—. Es un lugar precioso. Siempre busco excusas para ir, pero todo el mundo está siempre ocupado. Desde que murió la abuela, suelo ir solo.
Sus palabras fueron perdiendo intensidad hasta apagarse, como si se avergonzara de sus explicaciones.
—Bueno, pues hoy has encontrado la excusa perfecta. Me muero de ganas de verlo y, como siempre tengo hambre, las cestas de pícnic son mis mejores amigas.
Julián me sonrió antes de entrar en el coche, un viejo Peugeot cuyo color me recordaba al de los tomates maduros.
Lo puso en marcha y partimos en dirección a La Peña, dejando atrás las casas y negocios de El Paso.
Pronto llegamos a una carretera que parecía una cinta negra que rodeaba las montañas.
En esta parte de la isla, el suelo era seco y tenía un color gris apagado, a diferencia de los ricos tonos marrones y verdes que había visto en la capital.
Julián me explicó que lo que estaba viendo eran cenizas volcánicas.
Nunca había estado en un lugar donde los cambios de paisaje fueran tan bruscos como en La Palma.
En media hora, más o menos, se pasaba de una preciosa playa llena de gente a una árida carretera que rodeaba cumbres imponentes y antiguos monolitos.
Al tomar una curva, podías encontrarte con un torrente impetuoso, una cascada o un frondoso bosque de pinos.
Las lazadas de la carretera estaban bordeadas de flores silvestres y arbustos como el laurel, que creaban coronas multicolores sobre las que se alzaban caprichosas formaciones rocosas y montañas tan altas y empinadas que parecían formar una barrera infranqueable entre la carretera y el mundo que quedaba al otro lado.
Debe de haber sido tan glorioso como claustrofóbico crecer aquí, rodeada por estos picos.
Mis marcos de referencia eran muy distintos, campo abierto o mar abierto.
Las barreras con las que crecí no las imponía la naturaleza, sino el hombre.
Eran más fáciles de conquistar: o las derrumbabas o te ibas a otra parte.
Nosotros nos fuimos a otra parte y dejamos Cuba, pero estas montañas eran otra cosa.
No lograba decidir si inspiraban o encerraban el alma.
Al final, Catalina también se había marchado.
Tal vez las montañas habían sido demasiado para ella; tal vez también había querido ampliar horizontes en otra isla.
Deseaba que hubiera encontrado lo que buscaba en Cuba, que hubiera vivido la vida que escogió y que nunca hubiera añorado estas montañas tanto como yo añoraba mi isla natal.
Últimamente daba igual lo que pensara: siempre terminaba en Cuba. Hacía tiempo que había dejado de obsesionarme con mi isla, pero parecía inevitable en estos momentos en que me sentía vulnerable y cansada, lejos de casa y de mi hijo, al que echaba mucho de menos.
Bajé la ventanilla a la manera antigua, dándole vueltas a la manivela, e inspiré hondo.
Me asaltaron aromas de laurel, pino y lavanda, pero echaba algo de menos, algo que no lograba definir.
Sentía la nariz seca, como si necesitara algo, y olfateaba el aire en busca de ese olor tan especial que había notado en otras zonas de la isla.
—No, aquí no lo olerás.
Julián pareció leer mis pensamientos, lo que provocó que se me escapara una carcajada.
—¿Qué es lo que echo de menos?
—El mar. Desde aquí arriba no se ve ni se huele, pero volverás a olerlo desde la casa. Ya verás, queda un poco más abajo, más cerca de la costa.
Mantuve la ventanilla bajada para poder contemplar las montañas sin el filtro del cristal.
El día era cálido y yo llevaba mi atuendo habitual: pantalones negros, camiseta gris y un fular que combinaba dos tonos de verde y que esperaba que me aportara un toque de color y de glamur en este tercer día de mi visita.
Pasamos el resto del trayecto en silencio.
A pesar de ser un tipo jovial, de carácter alegre —como atestiguaba el nombre de su negocio—, Julián era un hombre callado.
Tenía la sensación de que estaba tan acostumbrado al ruido que disfrutaba de los momentos de silencio.
Y yo estaba encantada, aunque, al mismo tiempo, las preguntas se iban acumulando en mi interior.
Quería saber más sobre su vida y sobre las de todos los integrantes de su familia, que ya era la mía.
Me habían acogido con los brazos abiertos solo porque me había presentado un día ante ellos y había afirmado ser la bisnieta de una pariente suya fallecida hacía tiempo.
Un brusco frenazo me sacó de mi ensimismamiento.
—Ya hemos llegado. —Julián sonreía, mirando hacia la casa como si la viera por primera vez.
La contemplé a través del parabrisas y abrí la puerta del coche sumida en una especie de trance.
Ante mí se alzaba una réplica casi exacta de la casa donde pasé todos los veranos de mi infancia, en Cuba.
Sentí un cosquilleo en la nariz y se me contrajo la garganta, como siempre me pasa cuando las lágrimas amenazan con escaparse, y un escalofrío me recorrió la espalda al ser consciente de que, sin ningún tipo de duda, había encontrado el clan de mi madre y, por lo tanto, el mío.